450. Pintura Antierótica De Rendón

A Manuel Rendón (París 1.984 Vilavicosa 1.980) aún no se lo ha comprendido en su total magnitud pues fue de extraordinaria profundidad en sus concepciones pictóricas, quizá como ningún otro lo ha sido en nuestro país en lo que va de este siglo XX.

Para Rendón pintar era un acto mágico y de plenitud religiosa y cuando comenzaba una obra no sabía ciertamente cómo la terminaría, por eso dejaba a la mano de Dios que guiara la suya en un lento pero moroso recorrido por la tela o cartulina hasta lograr «la obra perfecta, acabada, rica en matices, profunda en mensajes» Era parsimonioso, si se quiere, pues buscaba eternidades.

En alguna ocasión que lo visité en San Pablo me confesó: «Rodolfo, no sirvo para vender y hasta me da vergüenza dar los precios. Sé que no cobro caro, pero en mi casa y cuando era niño jamás se hablaba de dinero y nunca lo tuve porque no era costumbre entregarlo a los niños pues para eso estaba la educanda inglesa que nos acompañaba al parque Monseau, situado apocas cuadras de nuestro boulevard, donde mi abuelo Manuel Eusebio había tenido su domicilio y mi abuela Delfina, que también era pintora en ratos de ocios, dibujó esa linda niña vendedora de naranjas, cuadro que fuera premiado con Medalla de Oro en la Exposición Universal de París de 1.900 y que mi padre donó al Museo Municipal, donde aún se encuentra. Por eso jamás he dado importancia al dinero, ni siquiera cuando salí de la casa de mis padres a pintar por mi cuenta en Montparnasse, helándome en invierno y calentándome en una buhardilla en verano, solamente por seguir mi vocación; algo que llevaba dentro desde mis primeros años cuando me regaló mi padre una caja de lápices de colores grande y hermosa con la que pinté un caballito de juguete que había en mi dormitorio. Mi hermano Eduard también tenía mis inclinaciones, pero después se dedicó a la Filosofía y tiene escritas varias obras que no sé por qué aún siguen inéditas en París.»

«Mi papá era frugal en todo, solo nos daba lo necesario, odiaba el derroche, pero nunca nos faltó nada. Mi mayor orgullo todos los años era entregar el 24 de diciembre a los niños pobres del barrio mis juguetes recibidos el año anterior, enteramente nuevos por lo bien que los habíamos cuidado y mi padre me regalaba otros diferentes. Así sucedió siempre en cada Navidad durante mi infancia y adolescencia hasta que ingresé al colegio de secundaria. Un día estábamos a la mesa y ya tenía diez y seis años, mi padre había conversado a mi tío Aquiles Darnís, Coronel de Húsares del Segundo Imperio en la batalla de Sedán, que yo iba a ganarme la vida pintando. Mi tío, justamente sorprendido, me preguntó: Dime Manuel ¿serás pintor? Sí Tío. ¿Y firmarás tus cuadros? Claro tío ¡Qué horror! exclamó el pobre, porque entonces se consideraba entre las familias de la alta burguesía francesa que pintar por afición era un pasatiempo gracioso y hasta elegante, pero pintar por paga cosa muy diferente, digna solamente de artesanos, es decir, de gente sin clase social, pues en tonces no se le daba a los artistas la importancia que ahora tienen.

En Montparnase formé parte del grupo de «La Horde» que trataba de abrirse campo cambiando las formas clásicas de expresión y al fin lo conseguimos, pero a costa de mucho esfuerzo y trabajo, exponiendo fuera de los salones oficiales y recibiendo críticas supinas de personas que no nos comprendían ni deseaban hacerlo. Era que nuestra revolución no gustaba al principio, a pesar que los personeros del ballet ruso de Montecarlo aceptaban nuestras colaboraciones para sus decorados.» Allí el arte moderno era bien recibido, vaya uno a saber el porqué.

Posteriormente Manuel contrajo matrimonio y vino al Ecuador dos veces. La segunda, en 1.937 a visitar a sus padres que estaban viejos y achacosos y aquí se quedó por la II Guerra Mundial, regresando a Europa hacia 1.946 a exponer nuevamente en los principales salones y galerías. De allí pasó a los Estados Unidos donde obtuvo un éxito asombroso; que sin embargo ni le interesó ni supo aprovechar, imbuido como estaba en sus ideas religiosas de paz, hermandad y amor, pero en mitad de todo esto que es por demás conocido, hay una etapa corta, por cierto, de erotismo velado en la pintura de Rendón, que ha sido poco estudiada.

Son sus cuadros de 1.960 al 70, muy dúctiles y de líneas sinuosas, representando imágenes desdibujadas en sombras y claroscuros, con gran sutileza, fetos, cordones umbilicales, figuras femeninas o solamente parte de ellas, falos, maternidades desnudas y manos implorantes, pero ¿Se puede concebir a estas figuras como eróticas? Ciertamente que no, porque el erotismo es un sentimiento que forzosamente conduce a planos sensuales y en cambio en estos cuadros, a pesar que las figuras son desnudas y símbolos sexuales, están concebidas con tal seriedad, adustez y sobriedad, que más que sensuales son mensajes elaborados para el inconsciente. Es un antierotismo propiamente hablando y tendríamos que estudiar qué motivos impulsaron a Manuel Rendón por este camino, qué mensajes genéticos tenía su mente desde el nacimiento. En fin, un estudio psicológico de su tiempo y el mundo que le tocó vivir. Su esposa Paulette, con quien siempre estuvo muy unido y quizá hasta demasiado, influyó notablemente con un humanismo tierno y muy femenino que siempre la caracterizó, sobre los mensajes pictóricos de Manuel. El no podía estar sin ella y ella sin él y hubiera sido difícil que Manuel dejara de sentir su influencia permanente cuando pintaba sus cuadros anti eróticos, que coincidieron con sus setenta años años, edad donde el hombre piensa en la eternidad más que en lo pasajero por cotidiano y donde el sexo disminuye su importancia para dar paso a sentimientos más elevados.

A esta época llamó Manuel «los orígenes» y bien pudo concebirla como un escapismo nacido en su frustrada paternidad. El siempre amó a los niños, era tierno con ellos, paternal, los distinguía y obsequiaba y pedía que se los llevaran de visita. Ciertamente que los necesitaba en su soledad acompañada de San Pablo, sin luz eléctrica, agua potable y sin vecinos con quien conversar. Solo Paulette, la eterna imagen femenina, tan querida y retratada en sus cuadros, le seguía de cerca, siempre.