441. Justicia Social, El Sueño De Zoila Naranjo De Noboa

En 1.948, cuando tenía cincuenta y dos años de edad, durante un viaje que realizó a los Estados Unidos, sus hijos aprovecharon para venderle el Hotel de su propiedad ubicado en el centro de Guayaquil y evitar así, que siguiera trabajando diez horas diarias como había sido su costumbre durante toda su vida. Cuando regresó Doña Zoila se encontró desempleada. I no teniendo en qué ocuparse, cuando ocurrió el terremoto de Ambato meses más tarde en Agosto del 49, fue de las primeras en ayudar a los damnificados  entregando víveres con la Cruz Roja; pero viendo que una buena parte iba a parar a manos de comerciantes inescrupulosos de Quito, realizó por su cuenta dos viajes más presidiendo caravanas de camiones fletados y llenos de víveres, carpas, colchas, frazadas y demás prendas necesarias para combatir las bajas temperaturas,  en buena parte  pagado de su bolsillo, o solicitado a empresas grandes como la Universal, Briz Sánchez, etc. A su hijo Luis le pidió quinientos quintales de arroz y tras recorrer las ruinas haciendo el bien, volvió a su hogar cansada pero no rendida.

Tras esta dolorosa experiencia, en 1.955 fundó el movimiento «Justicia Social» nacido al rescoldo de su gran corazón porque era una mujer cristiana de avanzado criterio social. Primero abrió una escuela y un dispensario médico en el suburbio, luego otro en Cerecita, donde también hizo construir una escuela y una capilla y hacia allá viajaba semanalmente para obsequiar ropa y alimentos.

En el suburbio guayaquileño empezó a repartir alimentos preparados por ella misma pero los cefepistas de don Buca tomaron la costumbre de boicotearle tales repartos. Un sábado a las doce del día la atacaron a piedras y sin ningún motivo en la Atarazana. Los contratiempos eran para ella algo normal pues hacía el bien sin esperar nada a cambio. El Intendente Carlos Alarcón Burbano tuvo que salvarla en esa oportunidad de los contrarios, enviados para fastidiarla por el maloso de don Buca, que veía como doña Zoila se le llevaba los partidarios. En esa ocasión los cefepistas finalmente se dieron por satisfechos cuando se apoderaron de la comida para darse un banquetazo, pero don Carlitos salió herido de un piedrazo en la refriega y con un doloroso chichón en la cabeza. Yo tuve que auxiliarle pues éramos vecinos y casualmente le acompañaba. Una vez repuesto me dijo: Juraría que lo que me tiraron a la cabeza fue una de las humitas de doña Zoila y se rio de su propia broma.

Doña Zoila era una dama fuera de serie. En su barrio vivía un zapatero y lo fue a visitar con ropa y alimento, pero él le aclaró su posición política. Ella no le contradijo. Semanas después le volvió a visitar con otros regalos y como al mes le hizo una tercera visita y entrega. Entonces el buen hombre le dijo — Yo quisiera afiliarme a su comité ¿Cuánto debo aportar? pues era costumbre pagar diez sucres mensuales al CFP. Doña Zoila le aclaró que no quería ni su dinero ni su afiliación, con lo cual ganó un excelente y respetuoso amigo. En 1.960, tras cinco años de incesantes campañas benéficas, se había ganado el cariño y el respeto de los habitantes del suburbio guayaquileño, que la adoraban, pero sus hijos le pidieron que cesara los repartos pues tantos trabajos habían minado su robusta saludad.

Tenía sesenta y cuatro años y seguía activa aun que y había encanecido y adelgasado, aunque conservando las fuerzas y el carácter de siempre.  Su frase preferida era «Viva, viva» que denotaba su habitual optimismo. Como mujer práctica creía que al prójimo hay que ayudar con obras y al difunto con oraciones, por eso no descuidaba las visitas al Hospicio los domingos de mañana acompañada de sus nietas, a quienes enseñaba a dar de comer en la boca a los más viejecitos que ya no podían manejarse por sí solos y en de tarde iba a la Cárcel Pública Municipal a entregar panes y dinero a los presos.

El día de la Madre obsequiaba un billete de cinco sucres – que entonces eran bastante – y un Pan de Pascua, a cada madre pobre que encontraba en el suburbio.  En las navidades los panes se entregaban en canastas que contenían diferentes víveres, era su gesto de cariño a los ancianos; sinembargo la mejor de sus obras eran las visitas al hospital de aislamiento de LEA que realizaba puntualmente una vez al mes y sin temor al contagio de la mortal peste blanca. Hablaba con los enfermos para infundirles ánimo y les obligaba a recibir una transfusión de sangre para ganar fuerzas, motivando a los donantes por simple solidaridad.

Y aunque seguía con su inveterada costumbre de hacer dos cosas al mismo tiempo, lo cual es muy raro en el ser humano y de salir a la calle todos los días pues no aceptaba quedarse en casa, el 67 sufrió un derrame, pero se repuso, aunque con algunas limitaciones. El 76, en cambio, le repitió y ya no se recuperó del todo ni volvió a tener la energía y actividad habitual.

La madrugada del 24 de junio de l.977 se levantó para ir al baño y cayó al suelo, el golpe despertó a la veladora y falleció a las cuatro de la mañana faltando tres días para cumplir los ochenta años. I aunque no fue propiamente una feminista en el entero sentido del término, está considerada una de las ecuatorianas más importantes del siglo XX por su movimiento «Justicia Social», precursor de otros muchos que han surgido a la sombra de su ejemplo. Fue, sin duda alguna, una mujer de bondadoso carácter y de temple superior.

De ella se ha dicho con entera verdad, que habiendo partido de la miseria por su viudez temprana con cuatro hijos pequeñitos, a base de trabajo, sacrificio y esfuerzo se hizo millonaria antes que su hijo Luís ¡Tal su genialidad ¡