423. De Viaje Con Mi Abuelito

Entre los cuentos que recuerdo haber escuchado a mi abuelito Juan Luis (1) uno de los más hermosos y al mismo tiempo didáctico y moralista, era el viaje imaginario al huerto propiedad de un amigo, que embelesaba sin asustar, fiel reflejo de su carácter sencillo y apacible.

 (1)  Juan Luis Pimentel Tinajero, llamado en familia “Papá Luís”, nació en Quito, en 1.870 y falleció en Guayaquil en 1.947 de setenta y siete años de edad, a consecuencia de un segundo derrame cerebral. Jamás fue político. Toda su vida ejerció como contabilista y apoderado de firmas comerciales alemanas por haberse quedado huérfano en su niñez y llevado a Hamburgo y Paris por su tía Josefa Pimentel y Pérez de Villamar que era soltera y muy pudiente. Siempre fue ordenado y hasta ahorrativo y por eso gozó de una holgada posición económica que compartió sanamente con su esposa, hijos y hasta con numerosos parientes a los que siempre protegió, quizá por eso – por su generosidad desmedida – nunca se interesó en tener casa propia. Sus últimos años fueron amargados por la II guerra mundial pues poseía diecisiete lotes de terreno en la ensenada de Chipipe – hoy balneario de Salinas – que le fueron arrebatados a principios de 1.942 al crearse la Base militar y poco después entró a la lista negra. Semanalmente era obligado a concurrir al consulado norteamericano ubicado en la esquina de las calles 9 de octubre y Malecón, a responder absurdas preguntas que le hacían los cónsules, sobre lo que había hecho esa semana. Sus bienes de Guayaquil fueron “congelados” – una cuenta corriente, otra de ahorros y un casillero bancario con joyas antiguas y de familia heredadas a su tía. Sus amigos se le alejaban para no caer en sospechas, tal el estado de violencia psicológica que se vivía en la ciudad, pequeña por entonces. Antes de morir le devolvieron todo menos los terrenos y hasta «le pidieron disculpas por haberlo molestado durante más de cuatro años» pero el daño económico fue terrible, por no haber podido trabajar se hallaba en la ruina, mantenido por mis padres, había perdido su empleo y gastado la totalidad de sus ahorros. Poco antes de su muerte volvió a trabajar por horas como administrador del Cine Aladino, ubicado en los bajos del colegio Aguirre Abad, en Chimborazo entre 9 de octubre y Vélez, con un sueldo pequeñito que le pagaba mi tío Lucho a través de su amigo el señor Aguirre, para no herir el amor propio de su padre, quien jamás se llegó a enterar de este secreto. Así eran los antiguos de delicados.

El cuento era bellísimo y encantador, incitaba a la generosidad y a compartir los bienes de la tierra sin egoísmos ni pendencias. Era más o menos así: Un sábado, día de la virgen María, un abuelito invitaba a sus numerosos nietos a visitar una granja donde había un enorme huerto de frutas.

El paseo se hacía por la mañana, siguiendo una caminito estrecho y florido que también llevaba a una gruta donde los romeriantes depositaban amorosamente una ofrenda a los pies de la imagen de la Virgen. Eran rosas espléndidas, nardos, violetas, anturios, margaritas, ilusiones, jazmines, etc. Aquí venía una larga explicación de lo que son las flores, su relación con los frutos, sus perfumes y diversidades, pero no nos adelantemos.

Todos del brazo y en formación comenzaba la marcha. El abuelito delante con su bastón y los nietos atrás brincando y saltando de contento. De trecho en trecho el abuelito arrancaba frutas y las distribuía por igual. Primero las naranjas frescas y sabrosas, amarillas y anaranjadas, porque las había de esas dos clases (aprovechaba para discernir sobre la bondad de esa fruta, indicando que podían ser grandes y pequeñas, dulces y ácidas, con pepas y sin ellas – estas últimas eran injertos de semillas nuevas o extranjeras; la importancia medicinal de la infusión de sus hojas, etc.) luego venían las chirimoyas (aquí hablaba de sus viajes a Puna antigua y del paso del Golfo en balandra, con un recuento pormenorizado de alguna que otra aventura de juvenilia), en seguida pasábamos a los guineos,  la pomarosa, el cauje, el guají, el marañón,  el caimito, el mamey colorado y el mata serrano, el níspero, la guayaba (nos explicaba cómo se hacía el dulce y su diferencia con la délfica que debe ser casi cristalina y cortarse con cuchillo como si fuera un queso) al fin se llegaba a la gruta, allí los cristianos caminantes rezaban y solicitaban a la Virgen  protección y gracias. (El abuelo nos enseñaba unas cuantas canciones religiosas escuchadas en su niñez en Quito y otras oídas en Europa) 

Entonces venía lo mejor porque nos sentábamos a comer las frutas que habíamos guardado en nuestros imaginarios canastos. Repuestas las fuerzas, exaltados los sabores, en contactos con las flores y el paisaje, arribábamos finalmente a la granja donde nos recibían con dulces de diferentes sabores (otro discurso sobre los más sabrosos y un sermón sobre lo malo que es comer y no lavarse los dientes) Al final emprendíamos el retorno portando nuestras canastas y entonces era de ver lo que traíamos, desde una sandia y varios melones (todo es posible en un cuento) cocos, papayas, uvas de tres colores porque las habían rosadas, negras y verdes hasta una deliciosa torta de chocolate con que nos había agasajado la esposa del dueño de la granja amigo del abuelo. Para colmo de felicidad encontrábamos a numerosos amigos y parientes y compartíamos con ellos nuestros alimentos. Pienso que así nació mi curiosidad por el pasado pues el abuelo se refería a personajes vivos y a otros fallecidos, como si aún estuvieran entre nosotros, relatando sus principales virtudes y de vez en cuando hasta explicando sus defectos.  La historia terminaba donde la abuelita quien nos recibía en sus amorosos brazos, aceptaba los presentes y premiaba con caricias a los nietos, antes de hacernos bañar y rezar, poner la ropa de dormir y acostar.

Este cuento era perfecto para la mentalidad de un niño de menos de seis años, porque presentaba un mundo amable e ideal, donde todo se obsequiaba; la generosidad hacía que compartiéramos las flores, las frutas   a pesar de ello nuestra admirable canasta permanecía llena de cosas apetitosas.

Felices tiempos aquellos, se leía el «Kempis», el Año Cristiano, el Catecismo Explicado y la Historia Sagrada, el teléfono y la radio eran artículos de lujo conocidos solo entre algunas pocas familias. La gente disponía del tiempo necesario para conversar en la sobremesa y los cuentos eran la forma predilecta de enseñar valores a la niñez.

Así crecíamos en el Guayaquil de los años cuarenta, los burgueses de la clase media, amablemente, sin necesidades ni apuros, ni con las forzadas contorsiones espirituales como ahora ocurre al ritmo del rock.