419. Discriminaciones y Quisquillas

Nuestra historia lugareña ha recogido un sinfín de anécdotas curiosas, veamos algunas: Pepe Ayala Cabanilla se encontraba escribiendo una crónica para El Universo en horas de oficina pues trabajaba en un prestigioso Banco de la ciudad cuando el gerente, que acostumbraba pasear silenciosamente por entre los escritorios para controlar a los empleados,  al llegar a donde se encontraba Pepe y sorprenderlo ensimismado en asuntos diferentes a los de la entidad, le espetó tremendo grito, casi en la oreja y desde atrás ¡Ladrón! Fuera de aquí, queda despedido, le está robando dinero al banco, largo ahora mismo. Sorprendido por los gritos quiso explicarse pero comprendiendo la inutilidad de toda resistencia, tomó sus papeles personales, los puso como siempre bajo el brazo y se fue calladito hasta la puerta, bajo las burlonas miradas de sus compañeros pues entonces se trabajaba en salones muy amplios y abiertos, pero  reaccionando en voz alta dijo bajo el dintel: ¡Me voy señor mío, pero sepa Ud. que ni el aguacate es fruta ni el negro gente! refiriéndose al color aceitunado de la tez de su impecable jefe. Demás está decir que fue perseguido escalera abajo con intención de pegarle, pero el poeta corrió más rápido y no paró hasta llegar a la esquina del frente al edificio. Esta alocada persecución se realizó a la vista de numerosos clientes y la anécdota se hizo pública enseguida  por  el boulevard, qued era donde se cocinaban todos los chismes guayaquileños en los años cuarenta del siglo pasado..

Pepe era un sujeto apacible y conversador, soportaba una rara dolencia en los pies que los tenía postrados pues sufría de pie plano y andar chaplinesco. Tras la revolución del 28 de Mayo lo llevaron preso al Cuartel Quinto Guayas por ser pariente del defenestrado Presidente Arroyo del Río, hijo de doña Aurora del Río Vera y Cabanilla, lo hicieron trotar en el patio a sabiendas del daño que le causaban y dicen que hasta se desmayó. Siempre tenía un periódico doblado debajo del brazo y por eso algún chusco le apodó «Sobaco ilustrado,» sobrenombre con el que todo Guayaquil lo conocía porque era un poeta y periodista muy querido y popular, triunfador en varios Juegos Florales de Vida Porteña, celebrados en la radiodifusora Cenit de los hermanos Delgado Cepeda, por su eterno mantenedor Sixto Vélez y Véliz.

Para la movilización armada de 1.910 contra el Perú varios batallones y ambulancias arribaron a la frontera en El Oro y allí estuvieron médicos y soldados en espera de los acontecimientos por casi dos meses. Sus familias se preocupaban de enviarles alimentos y el Dr. Carlos A. Rolando recibió una canasta de huevos, vinos y quesos que entregó a las monjitas de la cocina del cuartel para que los utilicen. Ellas, ni cortas ni perezosas, prepararon una riquísima caspiroleta de huevos batidos y miel y para mejorarla agregaron vino tinto, quedando el dulce delicioso y obscuro. Entonces empezaron a brindarla entre los médicos y llegado el turno al Dr. Abel Gilbert Pontón, éste preguntó de qué se trataba porque le había agradado mucho y las buenas monjitas le contestaron: Sírvasela con confianza, se trata de una caspiroleta preparada con los huevos del doctor Rolando, refiriéndose a que eran huevos frescos y recién llegados de la ciudad, pero el pícaruelo de Gilbert muy serio agregó «Ahora me explico el colorcito», dejándolas sin comprender el chistecito, pues su colega Rolando era bastante trigueño.

Ahora pasemos al ejemplo contrario, nuestras abuelas cuidaban sus blancuras con verdadera insistencia, alejándose del sol que aja la piel   y produce arrugas, pero en el fondo solo querían parecer más blancas de lo que eran. «Eres una figurita de Bibelot» se decían entre ellas, refiriéndose a la blancura de esas porcelanas antiguas que refulgían a la luz. Por supuesto que a ninguna se le hubiera ocurrido salir a tomar sol a la playa, que entonces se consideraba el primer enemigo de la mujer y cuentos como aquel de la piel blanca mate japonés, la mejor del mundo, eran repetidos de madres a hijas. Algunas hasta llegaban al extremo de blanquearse con polvo de arroz como las japonesas, causando la admiración de muchos simples y la risa de algunos otros, no tan simples.

En 1.907 numerosas familias emigraron a los pueblos vecinos para escapar de la temible bubónica o «peste negra» que acababa de ser detectada en el puerto y una matrona, acompañada de sus cuatro bellas hijas, se fue a Babahoyo, dejándole encargado a su marido que le mande un telegrama o por lo menos un propio (así le decían a las cartas) para regresar cuando hubiera pasado el peligro. Babahoyo era más pequeño que ahora, pero tenía el encanto de su río junto al largo malecón (origen de un versito chusco pero grosero que mejor paso por alto) y aunque la gente era simpática y se visitaban las familias por las tardes, no había nada más que hacer; y pasaron dos meses, la doña ya estaba aburrida y en eso llegó de Europa el Dr. Manuel Quintana, primer médico que trajo al país un aparato de rayos ultravioletas (rayos de sol) que era la novedad porque aunque nadie sabía para qué servían y realmente no sirven para nada, pues solo enrojecen la piel, se creía que eran altamente vitamínicos y muy fortificantes porque las personas que se los aplicaban entrando pálidas como palúdicas y salían chapudas como serranas y esto era considerado una señal de buena salud ya que la peste blanca o tuberculosis mataba a muchísima gente, sobre todo a las langarutas (flacas y paliduchas)

Así pues, la señora llevó a sus bellas hijas a hacerles el tratamiento con rayos ultravioleta, quedó muy contenta de los resultados y en llegando la hora de regresar, porque recibió el propio que decía: Pasó la bubónica, regresa amor mío, amarró los colchones y se fue al muelle con ellas, a  esperar al San Pablo de la flota de vapores nuevo de Puig Mir, que ya por entonces no lo eran tanto, que las traería de vuelta a Guayaquil.

En esas se encontraba cuando pasó un señor conocido y le preguntó: Doña Carmencita ¿Se va? «¿Nos deja?» y ella le contestó: «Mire Ud. caballero, ya tengo tres meses en este pueblo feo y polvoso sin hacer nada, pero no se crea que he perdido mi tiempo inútilmente, no señor, he llevado a mis chicas a un chequeo con los rayos ultravioletas del Dr. Quintana y lasregreso ultra chequeadas y ultra violadas.

Se decía entonces y todavía se repite que existía viejas inquinas entre los habitantes de Babahoyo que por no estar empedrada era muy polvosa en verano y los de la orilla opuesta llamada Barreiro, que por lo baja siempre se inundaba en los inviernos costeños cubriendo de agua hasta la parte donde la espalda pierde su nombre, de manera que en ciertas tardes al verse en el malecón se gritaban de la siguiente manera: // Ah pata empolvá // siendo respondidos // A culo mojá. //