393. La Quema De Los Años Viejos

Durante la época colonial era costumbre que la gente se divirtiera en las fiestas religiosas que, por su número, solemnidad e importancia, constituían una de las principales ocupaciones del vecindario. En Ciudavieja nadie se perdía las ceremonias del 12 de febrero, día dedicado a la Virgen de la Candelaria o de la Luz, celebraba en forma por demás ostentosa. Desde las seis de la mañana había misas solemnes con la asistencia de tres sacerdotes en la iglesia de la «Pura y Limpia Concepción de María», luego rezaban oraciones especiales y el templo no quedaba vacío en ningún momento, hasta que bien entrada la tarde y las sombras anunciaban la noche, salía una inmensa procesión portando espermas encendidas por la calle Ancha o Rocafuerte, daba la vuelta por los numerosos callejones del vecindario y regresaba por el malecón con rezos y cantos. A las nueve se dispersaba la concurrencia entre gritos y estallidos de cohetería, quedando en el corazón de todos, el grato recuerdo de que también ese año, la «Virgencita de la Candelaria o de la Luz» había tenido lo suyo.

Con la independencia se fue perdiendo esta vistosa costumbre y al final quedó relegada para que negros esclavos, pardos y mestizos bebieran el día de la Candelaria en los arrabales de la Iglesia de la Concepción y propiamente en los terrenos aledaños de las quintas Pareja, Medina y Roditti, hasta que el Incendio Grande del 5 y 6 de octubre de 1.896 arrasó la Iglesia y el barrio. Allí se quemó la imagen de la Virgen que dicen que era tan milagrosa como antigua, orgullo y ornato del puerto, y como a nadie se le ocurrió reponerla, el terreno pasó al Cuerpo de Bomberos, que lo ha destinado para local de la planta Proveedora de Agua.

También era costumbre en Ciudavieja quemar al judío.  El miércoles santo se realizaba la «Procesión Morada», así llamada por el color de las ropas que anunciaban el duelo de los días siguientes. Partía del templo de los dominicanos y tomaba por la calle Ancha o Rocafuerte hacia el Sur, atravesando los tres esteros que existían en los contornos. Muchos caballeros entonaban cantos y letanías de un lejano sabor andaluz, los más callaban reverencialmente y todos avanzaban a redoble de tambores con sus cajas destempladas en señal de pena y vergüenza. Al final de la calle Ancha, intercesión con la actual Roca, torcían hacia el Malecón y de regreso se abrían en las casas las ventanas y las señoras se asomaban de riguroso luto. Cuando todos llegaban a la plazoleta central de Ciudavieja se colgaba del más corpulento árbol al judío del año, como se llamaba a un muñeco de trapo y aserrín con la cara pintarrajeada y comenzaba el «Auto de Fe» o juicio, donde había de todo, desde los que hacían de Corchetes o Alguaciles custodiando al muñeco para que no escape, hasta los impecables jueces que dictaban la condena, mientras la muchedumbre espectaba el sainete y oía los discursos bulliciosamente, pidiendo a gritos el castigo del culpable, que pronto ardía en la hoguera de leños, mientras la gente bailaba y brincaba en sus contornos, disfrutando de la luz y claridad del fuego.

Esta quema era simbólica y anunciaba el triunfo de la religión católica y el principio del Jueves Santo o de Dolor, por los padecimientos de Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos y era común en toda Europa. En Holanda la suplantaron con la quema del español, matando en efigie a Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, Duque de Alba, Gobernador que se portó muy malo con ellos en el siglo XVI.

El judío del Año se quemó en Guayaquil hasta bien entrado el siglo XX, cuando dejó de practicarse la quema por culpa de la migración europea, que no apreciaba debidamente esta muestra de dudoso gusto de nuestro folklore religioso. Entonces, nuevas ideas reemplazaron a las tradicionales y vino la quema de los muñecos del año o simplemente de los «Años Viejos» como ahora se llaman y son igualmente de trapo y aserrín, con caretas que han reemplazado a las caras pintarrajeadas del antaño. Estos muñecos se queman a las doce de la noche de cada 31 de diciembre, en medio del reventón de cohetes y camaretas y como seña de despedida de un año más que se va.

De un tiempo a la presente han salido las llamadas Viudas, hombres vestidos de mujer que se menean y pierden su hombría. Los simplones al verlas se ríen y las viudas se menean más y así, en este carnaval de sexo, las pandillas de ladronzuelos chinean a los más bobos, en medio de la jarana. Por algo la Intendencia ha tenido que prohibir a las viudas, que no son folklore ni nada por el estilo, que en este puerto de gente macha los hombres son bravos y las mujeres más aún; me refiero a las suegras claro está, que las otras son femeninas, buenas y cariñosas.

Pero no han faltado quienes digan que las quemas de año viejo se originaron durante los días de la Peste de Fiebre Amarilla de 1.842 cuando los médicos creían que lo mejor para destruir las miasmas deletéreas que provocaban enfermedades era disparar los cañones con balas de salva para que el olor a pólvora y el humo disipe las tales miasmas. Otros en cambio, hablan de las Fallas Valencianas, monigotes gigantes rellenos de virutas, hojas y astillas de madera y que se queman para el día de san José en marzo de cada año.  Lo cierto es que ahora se quema muñecos en casi todos los países de Latinoamérica la noche del 31 de diciembre para recibir el Año Nuevo lleno de felicidad y esperanza.