392. Recordando a Los Viejos

Ahora que estamos en el mes de Guayaquil me decía el otro día un amigo ¿Por qué no recuerdas a los viejos guayaquileños, que bien se los merecen? Y tomándole la palabra voy a hablar de algunos de ellos cuya memoria me será siempre grata por los buenos momentos que pasamos juntos. Quiero abrir la lista con Clemente Pino Ycaza, personaje que por su sencillez y cordialidad hubiera hecho las delicias de cualquier círculo intelectual, aunque su habitual modestia hacía que rehuyera reuniones y saraos y más bien dedicaba sus momentos de ocio a la investigación histórica y genealógica de sus raíces, especialmente de las colombianas, pues que era miembro de la Academia de Historia de ese país.

En su villa esquinera del barrio del salado tenía un altillo o segundo piso de grandes proporciones y totalmente poblado de libros y recuerdos de familia. Un retrato al óleo de José de Silva y Olave, Obispo de Huamanga y tío abuelo de doña Rosa de Ycaza Silva, mujer del poeta Olmedo, presidía el salón. Este retrato había estado por muchos años en un lugar de la antigua catedral de madera que se destruyó por vieja en la década de los años 1.920, de donde fue rescatado por doña Isabel María Yerovi de Matheus, presidenta del Comité de damas, que lo tuvo algunos años hasta que se lo cedió a Clemente, por ser el pariente que más interés demostraba en el retrato. Hoy el retrato figura en el salón Inglés del Club de la Unión.

Clemente acostumbraba acomodarse en una amplia hamaca de mocora que colgaba de pared a pared y desde allí conversaba de todos los tópicos posibles, dando preferencia a los de ambientación histórica y genealógica. Con Pío López Lara, que también tenía sangre colombiana y hasta descendía del Bachiller don Matías Alvarez de Pino, era muy expansivo y no faltaban las reuniones mensuales a las que en contadas ocasiones asistía yo, a quien también consideraban medio colombiano por mi bisabuelo Uladislao Concha Piedrahita, nativo de Buga.

Al revés de varios colegas que murieron sin editar sus obras. Clemente publicó algunos trabajos en España y entre ellos el más importante fue una genealogía de los Pino Ycaza que llegó a Guayaquil en separata de la revista «Hidalguía». Entonces me llamó y obsequió uno de los primeros ejemplares numerados, diciéndome una sencilla pero afectuosa frase que aún recuerdo. La obra es una apretada síntesis de su incansable buscar en archivos y escribanías sudamericanas, donde gastó tiempo, dinero y energías. No se la puede calificar de literaria porque su autor no se dio tiempo para ese tipo de ocupaciones, de manera que sin adornos es una sucesión de documentos y fechas. ¿Se quiere más?

Otro conocedor de los asuntos de nuestra ciudad era Genaro Cucalón Jiménez el popular «Coronel Chivita» por la barba que usó toda su vida. Más que comerciante era bombero, de los últimos que quedaban en la urbe y tomaba tan en serio su cometido que infaltablemente se reunía con ellos cuando no ejercía de Jefe de Brigada o de Coronel primer Jefe, como quien dice, para no perder la costumbre.

Muy dado al servicio social y comunitario era miembro de numerosas instituciones cívicas y entre ellas del Comité pro monumento al General Alfaro, de quien era un inveterado admirador y partidario. Por otro lado Genaro había vivido los años 1920 en todo su esplendor y sabía de gente viva y muerta, sus detalles y anécdotas, relatándolos con una facilidad tal que asombraba a sus interlocutores ¡Qué no conocía Genaro¡

Otro conocedor de cosas viejas me relataba que en esto se parecía muchísimo al Dr. Manuel Tama y Vivero, de quien no se cansaba de decir que era como la Biblia pues había crecido en casa de las señoras Bernal que conocían las vidas ajenas de todas las familias. Lamentablemente el Dr. Tama ya había fallecido cuando yo me empecé a interesar en el pasado, pero los que le habían tratado hacían lenguas de él.

Del Dr. Alfonso de Arzube y Villamil, a) Morrongo, se decía también que era muy docto en guayaquileñerías. Recuerdo muy por encima que era gordito y gesticulador, rebosaba vida por sus poros y transmitía en sus palabras y gestos muchísima confianza y afabilidad. Su estudio estaba decorado con gran cantidad de fotografías antiguas de parientes y amigos del siglo pasado por sus amarillentos contornos. Allí figuraban los de Arzube Franco y los Villamil Ycaza sus agnados y cognados y otros parientes, damas de grandes faldas y caballeros de pantalón tubo, chaleco de seda y levita larga a la pierna, nos miraban desde sus fotografías a los que íbamos a esperar que el doctor Morrongo nos atendiera y conversara, y ahora que han pasado los años me pregunto ¿Cuánta paciencia habrá tenido él para perder su tiempo hablando con un muchacho como yo? que invariablemente le llegaba a importunar y a sacar de sus asuntos jurídicos. Hoy le doy las gracias, es mi reconocimiento a su generosidad.

Pepe Venegas era flaquísimo y espigado, no muy bajo que se diga y todo él rápido y certero al punto que engañaba con su edad pues murió de más de ochenta años y sólo aparentaba algo así como sesenta. No había fiesta, convite, matrimonio, bautizo o entierro que no fuera el primer invitado, no por su dinero que jamás lo tuvo y hasta pasaba por pobre casi de solemnidad, sino por su trato ameno, pues jamás dejaba de cumplir con su esposa Angelita Josefina Castro Tola, con quien se casó ya mayor y por eso no tuvieron descendientes.

Pepito vivía en la casa de los Castro Tola, esquina de Riobamba y Urdaneta en un departamento bajo que tenía siempre arreglado con antigüedades y recuerdos de familia. Su padre había sido de la nobleza babieca, antigua, tradicional y cerrada, la mejor de toda la amplísima cuenca del Guayas y su madre Carmen Ramos y Moran, era hija de una de las Moran de Butrón Baquerizo que habían tenido mucho dinero y rumbosidad, pero que de tanto viajar y vivir en Lima se les había acabado. Así pues, Pepito, desde muy joven, había gozado de espléndidas relaciones. El poeta Juan Eusebio Molestina y Matheus, en unos de sus versos lo menciona diciendo que es “dulce y parlero», buen hijo, encantador muchacho y una promesa para la Patria. Lástima grande que en su tiempo no se acostumbraban las grabadoras para haberle tomado algunas conversaciones, verdaderas lecciones de historia, pues Pepito tenía recuerdos que comenzaban a finales del siglo antepasado pasado y eso que cuando lo traté de cerca ya estábamos por 1950. Si hasta había sido testigo en el testamento de mi bisabuelo Gumercindo Yépez en 1913.

PORDIOSEROS DE ANTAÑO

¿Quién no recuerda a la Pancha Loca, a la simpar María sin Tripas, a Juanita Canuto, al chileno, a Jesús y la Virgen María, al peligroso Hay Botellas? En fin, a todos aquellos pordioseros medio cuerdos y orates que caminaban sin cesar por el Guayaquil de los años 40 al 50, que comenzando en el cerro terminaba en el barrio del Centenario y del otro lado sólo iba de la ría al estero Salado.

Entonces éramos una ciudad pequeña, hermosa y aristocrática por sus casitas de madera, iguales, ya no tan nuevas y acogedoras, que brindaban amplios espacios a las hamacas, sus tragaluces al sol y las chazas de las ventanas al fresco de la tarde.

Todos sus pordioseros eran conocidos, algunos temidos, otros burlados y la mayor parte molestados. Recordaremos unos cuantos solamente.

MARIA SIN TRIPAS. Estaba permanentemente embarazada y parecía rechonchona. Había sido bautizada con apodo que se hizo muy popular y que ella aceptaba sin gustarle, con serena dignidad. Su especialidad era tocar la marimba esmeraldeña, pero no era de raza negra sino mestiza. Donde María sin Tripas se sentaba a tocar, había fiesta, se arremolinaban los transeúntes y el jolgorio se prolongaba hasta media hora.

LA PANCHA LOCA. – Gorda, fea y mugrienta, caminaba sin zapatos por esas calles de Dios riendo a carcajadas. Los muchachos le pedían que bese, cosa que mucho le agradaba y no se la hacía repetir y cualquier serio caballero recibía el beso y un abrazo de yapa. Muchos protestaban y hasta algunos se horrorizaban con estas demostraciones de cariño desdentado ¿Qué hacerle a tan horripilante gorda, toda sonrisa y música? En otros momentos podía cantar y lo hacía con la más destemplada voz del mundo, pero ella no lo consideraba así y como era bien mandada entraba a las tiendas y almacenes a dedicar serenatas y recibía dos reales para que se vaya a cantar a otra parte.

JUANITA CANUTO. Negra esmeraldeña, fea aunque no sucia. Su especialidad consistía en morir de risa, con carcajadas que a veces la hacían llorar. Decían que se quedó así, loquita perdida, a la muerte de su hijito, ocurrida durante una de las últimas epidemias de bubónica que azotaba la ciudad. Otros aseguraban que aparte de la muerte del hijito había sufrido el abandono de su marido, el negro Canuto, de los conchistas de la revolución, que se metió con una serrana placera y no se supo más de él. Lo cierto es que esta Juanita a veces “daba piedras” y entonces todos corrían y la dejaban sola con su risa – llanto, con su llanto – risa, trágicamente sola, como quedó cuando el negro Canuto se le fue.

EL CHILENO. Era un grandulón, colorado y hasta buen mozo cuando había sido de joven. Un día se quedó en Guayaquil sin pasaporte porque su barco zarpó. Parece que estuvo más tiempo del debido en un cabaret del puerto y se enredó con alguna mujerzuela. Lo cierto es que el chileno andaba sin zapatos, mendigaba, comía cuando podía, cargaba muebles, limpiaba patios y nunca hablaba. Era silencioso como él solo. Dormía por allí, en cualquier escalera, donde lo tumbaba la juma y hasta se hacía sus necesidades detrás de las puertas como era costumbre antaño. Felizmente esta costumbre se ha perdido con el tiempo. ¿Qué se hizo el chileno? Parece que un buen día le dio un infarto y se quedó muerto -dormido en el mismo banco de cemento donde pasaba la mayor parte de su tiempo, ubicado en la esquina de Nueve de Octubre y Boyacá, frente al salón el Roxi, donde el gringo Mayer a veces lo ocupaba en algo, más para ayudarlo que por otra cosa.

JESÚS Y LA VIRGEN MARÍA. A este par no llegué a conocer ni tratar, pero me contaban que a principios del siglo XX vagaban por las calles céntricas. Era una Madre y su hijo medio loco, que andaban juntos, tomados del hombro, silenciosos, vestidos a la antigua, ella con manta y él con un terno muy usado. Que se acercaban y pedían caridad con los ojos y las manos, sin proferir palabras. Eran de las buenas familias y hasta habían sido ricos en otros tiempos, pero el gobierno de Caamaño les había confiscado una goleta que tenían en la ría, por retaliaciones políticas contra un hermano de «La Virgen» famoso guerrillero chapulo del grupo del Comandante Ruiz Sandoval. Este guerrillero era conocido como Pepe Monteverdi Bonino, a) Gato de Monte, por tener los ojos verdes y profundos, sin embargo, no murió en la montaña, casó, tuvo hijos, se estableció en Quito y fue abuelo de Maruja Monteverde la primera esposa del pintor Oswaldo Guayasamín.

Jesús y la virgen murieron por los años 1930, ella muy anciana y el hijo encorvado por el peso de su desgracia mental. Dicen que cuando ella murió, él se encerró y también murió de inanición. Todos les tenían pena.

¿HAY BOTELLAS? Este loquito era flaco y no muy viejo aunque bastante sucio. Su gracia consistía en acercarse a los grupos y personas, saludar y preguntar siempre lo mismo ¿Hay Botellas? Porque se suponía qe las recogía para venderlas. Muchos le daban botellas vacías y él las tomaba con educación, poniéndolas en el saquillo que siempre cargaba a las espaldas; en otras ocasiones le decían que no había y se alejaba. Las botellas las vendía a cuatro reales y se bebía la plata en la primera cantina que encontraba abierta. Por eso, algunos que lo conocían, no le querían regalar botellas, era hacerle un mal. ¿Hay Botellas? era muy tranquilo y educado, pero cuando se ajumaba era de oírlo, era de verlo y sentirlo, porque lanzaba trompadas sin aviso y sin motivo y a muchos ñoqueó, tirándolos al suelo de un soberano sopapo. Por eso mejor era no acercársele sin tomar las debidas distancias y precauciones.

La señorita Columbus era muy arreglada, muchísimo diría yo, pues se espolvoreaba la cara y pintaba en demasía. Los que la conocían, como en mi casa, la respetaban y querían porque era una señorita educadísima e inofensiva, que se ganaba la vida vendiendo joyas a domicilio. Todos conocían su oficio y jamás fue asaltada. Vestía a la antigua, con largas batonas blancas y hablaba muy despacio y bajito. Sus apodos más conocidos, que jamás se los gritaron, pero todos lo sabíamos de memoria eran: Carroza de Primera y Carnaval de Venecia. Sin tantas exageraciones hubiera pasado por bella, porque tenía un cutis blanquísimo, un pelo arreglado y sobretodo sus ojos, verdes, grandes y muy hermosos, pero casi no se le veían por la cantidad de rimel en las pestañas y sombras en sus ojos.

LAS NUEVAS FEMINISTAS

Una agraciada lectora me ha solicitado que trate sobre el bello sexo y no puedo dejar de complacerla. Cada época tiene sus normas y exigencias; antaño, como decían nuestros mayores, las mujeres eran guardadas hasta de las miradas más discretas, siendo consideradas como simples objetos frágiles que podrían romperse al menor tropiezo y por ello pasaban de las manos del padre a las del esposo, como si fueran simples trastos y solo adquirían su independencia cuando morían sus dueños y quedaban viudas. Entonces nunca faltaba un nuevo representante, la mayor parte de las veces el hijo primogénito. Eran seres desvalidos, mortecinos sería el término, mitad vivos y mitad muertos, porque había una extensa gama de asuntos que le estaban vedados.

Si para bajar la vereda o pasar la calle, una mano amiga que las ayude, que las guíe. Si concurrían a un baile o a una velada informal, con sus maridos. No podían sentarse solas en buses o tranvías, ni concurrir a salones ni sitios públicos porque atraían las miradas pecaminosas de los hombres y podían ser consideradas “mujeres malas” o callejeras. Nada de fumar en público, peor beber licor o comer cosas en la calle; las pobrecillas vivían picadas de la curiosidad, delante de ellas los caballeros callaban las situaciones picarescas y hasta las nimiedades más simples se decían en forma especial, si delante estaba una dama.

Luego vinieron nuevos moldes o patrones de conducta y entonces las mujeres se empezaron a rebelar, a vivir, diríase mejor. De Hollywood llegaron modas raras, las vampiresas o engullidoras de hombres, mujeres refinadas que vivían a plenitud, aunque después pagaran las consecuencias. En 1929 alcanzaron en el Ecuador el voto femenino. En 1930 concursaron por el cetro de la belleza ecuatoriana y las cuatro finalistas, señoritas Guayas, pasearon con piernas y brazos desnudos por los bordes de la antigua piscina municipal en el Malecón y Loja ante el asombro de las beatas y el desaliento de los moralistas.

El Concurso fue un éxito nacional. Triunfaba Hollywood en Guayaquil con los nuevos rostros femeninos, chicas pintadas con boquitas corazón y los decimonónicos y anticuados sufrían en Quito sin comprender que los tiempos cambiaban y el progreso llegaba para bien y para mal.

Por entonces se aceptaba que las mujeres aspiraran a ciertas ocupaciones honrosas fuera del hogar, pero a nada más. Se las perdonaba como parteras y preceptoras, mucamas, ayas y nodrizas. Algunas liberadas atacaban los prejuicios desde colegios, periódicos y revistas y lanzaban mensajes de gran altura intelectual y espiritual. Hipatia Cárdenas de Bustamante, Victoria Vásconez Cuvi, María Angélica Idrovo, Rosaura Emelia y Celina María Galarza, Teresa Ala Vedra y Tama, Morayma Ofir Carvajal, Mercedes Martínez Acosta, Rosa Saá de Yépez, María Esther Martínez de Pazmiño, Blanca Martínez de Tinajero, Laura Carrera y Esperanza Caputti Olvera así lo hicieron y han pasado a la historia del feminismo en el Ecuador.

Otras tentaron las glorias del parnaso poético y de estos modos, las mujeres, de tumbo en tumbo y conquistando pequeñas posiciones, luchando contra la postergación a la que eran sometidas por los hombres, llegaron a la década de los años 80 considerándose perfectamente iguales a ellos y hasta con las mismas opciones, para lo cual tuvieron que alejarse del marianismo católico que las mantenía en el ámbito del hogar y caminar por las calles del mundo, hombro a hombro, sin temor a la compañía masculina.

Producto de estos cambios de la era actual es la presencia de la mujer en todas las ocupaciones y lugares y no es que hayan dejado sus casas o no frecuenten las iglesias, como se temía, sino que se han dado tiempo para todo.

Cuando se escriba la historia del Ecuador en los últimos tres siglos que separan a Mariana de Jesús de Cecilia Calderón de Castro, deberá considerarse la callada pero efectiva labor de nuestras mujeres en el engrandecimiento del país. Entonces se levantarán monumentos, no a la madre que sólo reproduce y cuida, sino a la “mujer trabajadora” que además de eso, forja su destino y el de la humanidad.

Madres conformistas de antaño, completas para la casa pero inútiles para la calle, asustadizas y noveleras (porque no se pierden las novelas de la TV) pasadas de moda, “passé” como dicen los inn y tienen que cambiar para bien de los esposos y los hijos; ahora se espera mucho más de Uds. Y que sigan siendo buenas y afectuosas por que nadie tiene nada contra eso, pero que al mismo tiempo útiles para Uds. mismas y para los demás, que conozcan los problemas para que aconsejen bien, que no teman al mundo, que se conserven jóvenes de cuerpo y espíritu y sean amigas de sus hijos, no madres regañadoras ni anticuadas y hasta amantes y amigas de sus esposos, cuando no socias y consejeras ¿Qué es difícil ser así? Claro que lo es, pero hay que aceptar el reto del cambio, ahora se vive en la onda y las ondas cambian con los años como cambian las hojas en cada estación.