369. Casas Con Oratorio

Ciertas casas antiguas contaban con un Oratorio destinado a la celebración de Misas,  a lectura piadosas de vidas de santos sacadas de los doce tomos del Año Cristiano (uno por cada mes) editado en 1.864, de El Temporal y Eterno del jesuita José Eusebio Nieremberg (1595 – 1628) o de La Imitación de Cristo del beato Tomás de Kempis (1380 – 1471) considerado un libro inapropiado para jóvenes sin mayor criterio pues podía trastornarlos como sucedió con Medardo Ángel Silva en los últimos meses de su corta vida, según aseguraban los antiguos vecinos de su barrio cuando yo era muchacho en 1950, de manera que el vulgo achacaba el suicidio del vate al impacto metafísico recibido de la lectura indiscriminada del Kempis, aparte de la morfina por supuesto. Los Oratorios también servían para el rezo del Rosario, las jaculatorias, las letanías. En otras casas la sala del hogar era suficiente.

El ambateño Rosendo Saa reunía a los suyos en Quito, para relatarles historias piadosas de libros que guardaba en un antiguo baúl al que llamaba Mi Tesoro. A las ocho el auditorio infantil iba a acostarse no sin antes rezar el Rosario cabeceando de sueño. Se ha iniciado la Causa de Beatificación de su hija Luz Emilia (1904-1949) educadora católica y autora de un Diario íntimo.

Del Cónsul Mateo P. Game (1805-1888) se conoce que en su casa en Pichincha e Illingworth dedicaba las mañanas de los sábados a lecturas y oraciones junto a otros miembros de la colonia americana, pero a las diez bajaban tratando de no llamar la atención pues eran considerados herejes. Este fue el más antiguo ministerio protestante conocido en Guayaquil y subsistió desde 1.830 hasta que el 65 que finalizó a capazos por la feroz persecución decretada por García Moreno contra los urbinistas, entre ellos Game y sus familiares.

El Obispo Luís de Tola y Avilés (1811-1887) vivía en Víctor Manuel Rendón entre Baquerizo Moreno y Córdova, en casa propia de pino californiano resinoso adquirida al Obispo Garaycoa y éste a Ignacio Noboa Baquerizo cuando se le ahogó una hijita en el rio Daule.  En los bajos mantenía a varios huérfanos estudiando en el Colegio Seminario (Gumercindo Yepes traído de Baba, Isidoro Barriga Farías de Jipijapa, José Luís Tamayo de Chanduy) ocupaba el primer piso con sus hermanas solteras Juana y Chepita y su cuñada Pilar Espantoso, en otra ala vivían jovencitas pobres que se ayudaban cosiendo ropa a la tropa. Numerosas imágenes en tallas de madera y al óleo sobre tela o latón adornaban el Oratorio con altar privilegiado de madera, estilo gótico dorado en pan de oro de 24 kilates, con reliquias traídas del II Concilio Vaticano de Roma, consistentes en pedacitos de huesos, fracciones mínimas de telas. Hasta su muerte en 1.878 oficiaba misa diaria a las siete de la mañana y rezaba el rosario a las cuatro. El edificio desapareció a puertas cerradas para el Incendio Grande de 1.896. 

Mi tía la poetisa Carmen Pérez de Rodríguez-Coello (1828-1898) rezaba el rosario a las cuatro y media en el segundo piso de su casa de 9 de Octubre y Pichincha, en el primero funcionaba el Consulado Americano que pagaba 300 sucres de arriendo. Hacía que sus numerosas ahijadas se sentaran en el suelo entre esteras y mantas a la usanza andaluza, pero en medio del rezo recordaba las cosas más disparatadas y las metía a colación dejando a todas con las oraciones a medias. Entre Avemarías y Padrenuestros iban dimes y diretes, chismes y novedades, de suerte que se perdían y ocasionaba la risa general. Era un espíritu liviano, juguetón y bromista. Sus rosarios subsistieron hasta el Incendio Grande que también se quemó la casa.

Isabel María Yerovi de Matheus tuvo en su casa de Malecón y Aguirre una habitación grande, posterior, aislada y frente al patio de losetas de vidrio, donde funcionó por años su Capilla Consagrada con altar gótico presidido por la virgen del Sagrado Corazón, tabernáculo de metal dorado, candelabros, jarrones, lámpara de aceite que colgaba de una esquina y no se apagaba jamás. El mobiliario se componía de veinte y cuatro reclinatorios con sus sillas de esterillas. Un melodio a la izquierda de la entrada. El armario para guardar los ornamentos a la derecha. La residencia casi era un convento pues el Obispo Andrés Machado en 1.925 había autorizado la presencia del Santísimo y los padres jesuitas de San José actuaban de Capellanes. Cuando su nieta Esperancita cumplió diecisiete años y celebró su primer baile en 1.934 a los acordes de La Marimba Salvadoreña de paso por la ciudad, el día anterior el celebrante consumió las forma y se llevó al Santísimo tapado y en automóvil, dejando abiertas las puertas del Sagrario y  con llave las de la Capilla.  Tras la reunión social, regresó el Santísimo y todo volvió a la normalidad. 

Rafica Valdés Concha delegaba a Sabina, antigua empleada de mano de su mamá, para que dirija el Rosario. Su casa estaba en Víctor Manuel Rendón y Panamá, la había construido el General Manuel Serrano Renda, de allí lo bajaron en 1.912 para asesinarlo en Quito. Usualmente asistían María de Dillon de personalidad imponente, Elisa de Cleveland y su cuñada Lucha de Pérez, Emilita Sániter de Ycaza a la que había que ayudar a subir las escaleras y de una bondad increíble, la baronesa Ernestina Garbe de Bruignac, mi mamá, María Lapierre siempre de gran sombrero, Angelina Aguirre Oramas menudita y conversona, Beatriz Icaza de Hamman, de las que recuerdo, unas eran viejas y otras jóvenes pero se entendían bien. Tras el Rosario las dos cocineras esmeraldeñas enviaban unos kilométricos vasos de jugo de naranja mezclados con remolacha o con zanahoria y se daba paso a unas raras sesiones para contar milagros, los más extraños y truculentos están referidos en mi “Libro de los Misterios” y pueden bajarse de internet.   

Hacia 1.980 visité a Angelita García de Tobar Donoso en su casa vecina a la plaza de San Francisco que  había pertenecido a las hijas de N. Clemente Ponce Borja. Serían como las siete de la noche, ya descansaba en su cama, me recibió en el dormitorio. A un costado había un altar privilegiado donde diariamente escuchaba misa pues ya no salía. La suya era de las pocas casas de Quito que gozaba del privilegio de poseer un Reescriptum autorizándola a tener el Santísimo casa adentro.

LOS CAPELLANES PRIVADOS. Jacinto Jijón en Chillo Jijón mantuvo al dominicano José María Vargas. En Cuenca Hortensia Mata en 1.887 recibió una Bula a través de su cuñado el Arzobispo Ignacio Ordóñez Lazo, para gozar del privilegio de Oratorio en sus propiedades y ejercer sacramentos por medio de Capellanes, entre los que aún se recuerda a los padres Nicanor Aguilar, a Juan María y a Víctor Cuesta. El mercedario Carrera, con permiso de su Superior oficiaba misas dominicles privadas en ciertos domicilios de Guayaquil, recuerdo el de las hermanas Castro Tola, donde los Robles y Chambers, etc.