263. Subo Al Cadalso

Carlota Sotomayor y Luna y Swaynne era bellísima y vivía con sus padres y esposo en la gran casa familiar de la esquina sureste de 9 de Octubre y Chimborazo, donde después estuvo la Botica Internacional y ahora se levanta un edificio esquinero de propiedad horizontal. Estaba casada con José Ramón de Sucre y Lavayen, hermano de la poetisa Dolores y tenían un solo hijo. Un buen día notó que en su espalda había un bulto algo misterioso y llamó al Dr. Alejo Lascano, acabado de llegar de París, que le encontró un «lobanillo» que podía ser de grasa o canceroso. ¡Había que operar!

Entonces no habían clínicas privadas en  Guayaquil  así es que el Dr. Lascano hizo comprar algunos metros de tela blanca de algodón para forrar las paredes del salón principal, del que hizo retirar los muebles y colocar la mesa de operación y cuando la enferma subió a la mesa dijo esta profética frase ¡Subo al cadalso! Enseguida le aplicaron la anestesia – que acababa de llegar al país procedente de Lima – y al hundir el bisturí en la espalda de doña Carlota, saltó la sangre a chorros, lo que anunció al cirujano que tenía que portarse rápido si quería salir triunfante en la pelea, pero el tal lobanillo resultó más profundo de lo que se pensaba y hubo que escarbar por los lados para extraer las múltiples raíces que tenía formadas. Al final de tan ardua carnicería Lascano suturó la herida y quiso despertar a la operada, pero todo fue inútil, porque hacía ratos que había muerto de infarto. De todo esto ha quedado memoria por el verso «Subo al cadalso» que compuso  Dolores Sucre en honor a su cuñada.

Recién a principios de siglo se comenzó a operar con guantes de caucho y a usarse otras prácticas. El Dr. Felicísimo López fue acusado de espiritista en 1.893 por curar con sugestión, magnetismo e hipnotismo, pero esto sucedió en Jipijapa donde habitaba con los suyos. Entonces tuvo que salir a Chone y de allí a Guayaquil porque el Obispo de Portoviejo Pedro Schumacher le declaró la guerra y hasta casi lo linchó el   populacho. De Marieta de Veintemilla se cuenta que dio la primera conferencia sobre psicología. Ésta singular hazaña la realizó en 1904 en la Sociedad Jurídico Literaria de Quito y la colocó entre nuestras más ilustradas paisanas de todos los tiempos. Después se dedicó al espiritismo en su quinta Tajanar en Pomasqui que decoró al estilo victoriano con muebles de madera color negro y forros de tela roja, de donde la gente sacó en conclusión que ella tenía pacto con el diablo y no había quien se le acerque en la calle. ¡Así éramos de ignorantes en estas materias!

El Dr. Francisco Martínez Aguirre a quien decían «El Perico Martínez» por un periódico que  sacaba con ese nombre, vino de los Estados Unidos graduado de médico y cirujano y trajo el primer autoclave para desinfecciones y nuevas técnicas para operar estómago y pecho. Realizó la primera laparotomía que se conoció en Guayaquil, luego se dedicó a partero e inventó unas pinzas muy fáciles de manejar, especialmente diseñadas para operar tumores en el cuello del útero. Uno de sus alumnos el Dr. José María Estrada Coello escribió su tesis doctoral sobre estas pinzas, que hasta hoy se guardan en el museo de la Sociedad Médico Quirúrgica del Guayas como cosa asombrosa para su época.

A los sifilíticos les tenían reservado el siguiente tratamiento. Primero la latigueada de costumbre que ya nuestros lectores conocen. Luego un baño mercurial que se practicaba así: Sobre una tina de madera de pechiche se colocaba un banquito de tres patas y encima se sentaba completamente desnudo el enfermo poniendo los pies sobre los bordes para no quemarse. En el plan de la tina se colocaban carbones encendidos. Todo se tapaba con una sábana gruesa de lino, dejando la cabeza del enfermo libre para que pueda respirar y abriendo la sábana se echaba sobre los carbones una mezcla de mercurio y agua para que al caer se convierta en vapor, que abría los poros y entraba al cuerpo casi como si fuera una inyección, de tal suerte que después de un mes de estos baños, ya no contagiaban porque el mercurio había matado la espiroqueta pálida, germen de la enfermedad.

En muchos casos los enfermos no resistían el tratamiento, morían con los riñones destruidos por el mercurio; pero así eran las curas de antaño, tenían sus riesgos y era necesario escoger entre dos males.

I ahora que andamos por los ríñones cabe indicar que en los ejércitos libertadores existía la llamada «gota del soldado» o mal venéreo menor, que se curaba quien sabe como, a fuerza de paciencia y constancia, con tratamientos cáusticos muy dolorosos y largos que podían ocasionar lesiones internas de incalculable daño.

El general Juan José Flores murió de infección a la vejiga en 1.865 debido a que en el Combate de Santa Rosa recibió un tiro perdido en el bajo vientre, del que no pudo sanar, bien es verdad que desde hacía varios meses se encontraba muy debilitado a causa del mal prostático como entonces se denominaba a la hipertrofia de ese órgano.

El cadáver fue introducido en un barril de alcohol y traído desde Machala a Guayaquil a bordo de un navío de guerra. Sus familiares lo depositaron en un lujoso ataúd que llevaron a Quito; el barril quedó abandonado y dicen que los marineros vendieron el líquido por botellas a un tabernero del Malecón de la orilla, quien a su vez lo remató a módicos precios, cuidándose mucho de decir la procedencia del producto. Así pues, las borracheras que se suscitaron en dicho antro fueron con ese alcohol. ¿Cómo habrán terminado?

BAUTIZO DE LAS CINCO ESPADAS

El primer levantamiento liberal ocurrido en protesta por la venta de la bandera se realizó en Milagro, acaudillándolo Pedro J. Montero (a) El tigre de Bulubulo y Enrique Valdés Concha, que se apoderaron de las estaciones de ferrocarril y del telégrafo y dejaron incomunicada a Guayaquil con el interior de la República. El mismo día 12 de Febrero de 1895, otro grupo de revoltosos atacó Daule, sin éxito, muriendo en la acción Gabriel Urbina Jado, hijo del ex presidente José María Urbina.

En Quito los conservadores conspiraban abiertamente para entregar el poder al Dr. Camilo Ponce Ortiz pero nose atrevían a iniciar una revolución. Alfaro estaba desterrado en Nicaragua gozando de la protección de su amigo personal el presidente Zelaya  y decidió intervenir en los sucesos ecuatorianos, comisionando a un joven elemento liberal de gran valor llamado Plutarco Bowen, de no más de veinte y cuatro años, que había actuado como guerrillero en Honduras contra la dictadura conservadora de esa república. En la fecha que Alfaro le escribió Bowen estaba en New Orleans de vacaciones, que suspendió para responder al llamado de la Patria.

GENERAL A LOS 24 AÑOS

Bowen era un liberal nativo de Santa Ana en Manabí, de patriotismo grande, corazón generoso, familia adinerada y muy varonil en sus gestos aunque de instrucción escasa como lo prueba su correspondencia, una de cuyas cartas – tomada de la biografía de Alfaro por Wilfrido Loor – transcribo para conocimiento público, guardando la ortografía original // Tengo un año de campaña, me he distinguido de todo, en valor y puericia no obstante mi conducta sin ribal; yo he sido el alma de la revolución de Honduras y en quien tienen todas sus esperanzas. Pienso continuar hasta mi predestinado fin, que es el más grandioso del mundo, libertar a mi Patria … Seguiré sus huellas para llamarme su discípulo. //

En Panamá se encontró con José de Lapierre redactor de El Cordero y Luciano Coral, propietario de El diario de Avisos desterrados por el Gobernador del Guayas por escribir contra el régimen, con ellos conversó largamente y continuó al Ecuador, arribando de incógnito, se hospedó por algunos días casa de la ñata Gamarra y  pasó a Manabí.

El 28 de Abril ya tenía gente en armas, lanzó una Proclama, atacó heroicamente Babahoyo, fue herido en un brazo y rechazado por la guarnición, tomó el camino de Guaranda con sesenta hombres. El 24 de Mayo entró sin disparar a esa población y lanzó otra proclama incitando a los demás pueblos de Ecuador a la revolución armada. Riobamba, Alausí y Ambato se alzaron. Bowen ayudó económicamente a esas poblaciones y ya estaba hecha la revolución. Todo en dos meses solamente. Por algo el propio Bowen se calificaba de predestinado. De él se cuenta que era tanto su arrojo, que en las batallas hacía esfuerzos inauditos para morir o vencer, por lo que sus soldados lo adoraban.

Un testigo de la época lo describió de la siguiente manera; más bien bajo que alto, delgado y apuesto, de cuerpo fibroso y contextura musculada, siempre miraba profundamente, con ojos penetrantes y negros. El cabello le caía en rizos ensortijados sobre la frente y su andar era firme. Todo en él reflejaba nobles maneras y porte marcial.

LA ENTRADA TRIUNFAL

En el puerto las cosas mejoraban para la causa liberal. El 5 de Junio los padres de familia firmaron una acta que fue escrita por el Doctor Luis Felipe Carbo y nombraron Jefe Civil y Militar a Ignacio Robles  Santistevan, que llamó de inmediato a Bowen, a la sazón en Babahoyo. A las dos de la mañana del 8 de junio, a escasos tres días de la revolución, Bowen embarcó el grueso del batallón de guerrilleros liberales con dirección a Guayaquil.

A las doce del día llegó y fue recibido apoteósicamente por los jóvenes liberales que lo subieron en un coche descubierto y se sentó al lado del Dr. Francisco Martínez Aguirre. Estaba tímido y desmañado informa un testigo presencial, vestía modestamente y saludaba a todos por igual, sin distinción de clase.

En el trayecto saludó con Ignacio Robles y por la calle Aguirre siguió su marcha triunfal hasta Pedro Carbo y de allí al Astillero; hospedándose nuevamente en casa de la familia Hidalgo Gamarra, propietaria de una villa urbana con media manzana de terreno, que daba a dos calles.

De inmediato asumió el mando militar, elevó a Generales a Hipólito Moncayo y a José Miguel Treviño y decidió iniciar campaña contra la Sierra. Julio Andrade trató de convencerle de lo inútil de una acción armada inmediata pero no lo logró, entonces dio las quejas a Robles y este envió un telegrama a Alfaro, que respondió anunciando su viaje. Bowen se enteró de la llegada del caudillo y más pudo en él la ambición, intentando proclamarse dictador con el apoyo de los soldados del cuartel de Artillería, que no lo secundaron por lo que su situación se tornó bastante delicada en Guayaquil y tuvo que contentarse con un segundo plano, detrás del Viejo Luchador a pesar del éxito de su entrada triunfal de pocos días antes.

ALFARO ARRIBA A GUAYAQUIL

El 18 de junio de 1895 Alfaro arribó en el vapor Pentaur desde Nicaragua. Ese mismo día el General Reinaldo Flores Jijón, que aún permanecía en el puerto, se embarcó clandestinamente al Perú, temiendo por su vida. El pueblo salió a las calles y gritó como pocas veces se ha oído. Todo fue alegría y felicidad, había llegado el héroe del liberalismo; hombre robusto, de cincuenta y tres años de edad, cabello blanco cortado casi al rape, frente ancha, nariz y boca gruesas, ojos vivos que hablaban por sí solos, bigote y perilla anacrónica a lo Napoleón III y vistiendo una levita de casimir con chaleco blanco de seda y corbata de lazo fino. Su bastón de mangle y puño de oro con iniciales, igual su leontina que cae del chaleco. Un vistoso jipijapa adornado con cintas de colores le sirve para saludar a las damas que lanzan rosas rojas. Así era Alfaro en 1895 bastante mestizo, entre indio y blanco por ser su padre español.

No habló en la gobernación porque jamás fue orador, pero hizo que otros tomaran la palabra por él; Luis Felipe Carbo, Francisco Falques Ampuero, José Luis Tamayo, José María Chávez y Camilo Octavio Andrade. Todos dieron vivas a la libertad.

Esa tarde recibió coronas de pepas de chaquira de muchos colores, que le enviaron las principales familias del puerto en señal de saludo, para que las tuviera una semana y las devolviera como era de protocolo en esos casos ¡Qué costumbre más rara!

Alfaro aprovechó la oportunidad y envió una muy grande al convento de San Francisco, en homenaje al Corazón de Jesús, cuya fiesta se celebraba pomposamente el 21 de Junio.

A la noche siguiente, 19 de junio, Ignacio Robles le colocó la banda presidencial en nombre del pueblo guayaquileño. El gabinete se compuso con Luis Felipe Carbo y Amador en el Ministerio del Interior y Relaciones Exteriores; Lizardo García Sorroza en Hacienda y Obras Públicas; Cornelio Escipión Vernaza Carbo, en Guerra y Marina; continuando Ignacio Robles de Jefe Civil y Militar de la Plaza de Guayaquil que equivalía a Gobernador del Guayas, y las tres divisiones militares se repartieron de la siguiente manera: al General Plutarco Bowen la Comandancia de la primera; al General Francisco Hipólito Moncayo la segunda; y al Coronel Enrique Avellán Usubillaga, mejor conocido como El Diablo porque le gustaba enamorar a las mujeres y se las llevaba consigo, la tercera. La batalla final se perfilaba apocas semanas y había que afrontar los efectivos contra el ejército del General José María Sarasti que aguardaba pacientemente en el camino que conduce a Quito.

LOS AMORES DE ANTAÑO

Por esos días Plutarco Bowen había olvidado los vaivenes de la política y visitaba reiteradamente la casa del pudiente comerciante Ángel Monteverde Bonín, natural de Cova di Lavagna en la Liguria italiana, padre de una numerosa familia del puerto, tradicional enemiga del ex Gobernador Plácido Caamaño.

El asunto se había originado en 1887 cuando el entonces Presidente de la República Caamaño, en represalia contra el guerrillero Chapulo José Monteverde Romero, que combatía denodadamente en el litoral contra su gobierno, había hecho varar en plena ría la goleta de gran calado La Guayaquileña propiedad de los Monteverde, que hacía frecuentes viajes a China y Japón, cargada de cacao y arroz, regresando con objetos preciosos de porcelana, jade, marfil y perlas. Eso motivó que se iniciara una guerra sorda pero efectiva entre los Monteverde y el régimen. En 1895, si se quería a alguien liberal, había que ir directo donde los Monteverde, que vivían en una lujosa casa en Sucre entre Pichincha y Pedro Carbo, en cuyos bajos funcionaba la fábrica de hielo, también propiedad de ellos.

Entonces Bowen enamoró de la joven Mercedes Monteverde Romero, que era una real belleza de veinte años, a quien había visto asomada cuando entró triunfalmente a Guayaquil días antes. Ni corto ni perezoso se la hizo presentar y habiendo sido aceptado en ese hogar no faltaba a las tertulias diarias, quedándose a cenar con la familia. Mercedes tenía una lora que todo el tiempo repetiría: Mercedita y el General Bowen. Días después cuando fue a combatir en la sierra junto con José Monteverde Romero, parece que se enamoró de otra damita en Riobamba y como enseguida tuvo que salir a Centroamérica ya no se volvieron a ver más.

EL BAUTIZO DE LAS ESPADAS

Después de la Batalla de Gatazo y la toma de Quito, algunos jóvenes liberales regresaron a Guayaquil a celebrar el triunfo. Cinco de ellos fueron a visitar a Antonio Elizalde Nájera, que vivía frente a la Iglesia de San Francisco, donde funcionó después la imprenta de Editorial El Mundo. El objeto de la visita era solicitar la casa para celebrar el solemne bautizo de las espadas de cinco combatientes: Enrique Valdez Concha, Enrique Roca Marcos, Plutarco Bowen, Nicolás Fuentes y Enrique Marriott Vallejo. El deseo fue concedido y durante tres noches se bailó alegremente a los acordes de la banda de música del cuartel de Artillería, que Alfaro había prestado para las fiestas.

En esa ocasión brilló por su gran belleza una de las hijas de los dueños de casa llamada Victoria Elizalde Luque de quien dijo en cierta ocasión un romántico poeta cuencano: // Una sola vez la vi, / pocas veces hace Dios cosas tan bellas! //

Lamentablemente tan hermosa joven falleció de vinte y dos años, después de tres semanas de enfermedad y a consecuencia de una fiebre tifoidea. Con tal motivo el poeta Miguel Valverde compuso los siguientes versos a su amigo Antonio Elizalde, padre de la de cesada: // Llórala amigo Antonio: / tu Victoria dejó la tierra / y ascendió a la gloria / de otras esferas / altas y lejanas; / porque ella estuvo / en extranjero suelo, / porque son las estrellas / sus hermanas / y está con sus hermanas / en el cielo. //

A casa de Antonio Elizalde concurrían algunos liberales de los más activos de la ciudad. Mi abuelo el Dr. Federico Pérez Aspiazu, que era vecino, tomaba allí el desayuno infaltablemente. Alberto Reyna Guzmán, Pepe Lapierre Cucalón, Miguel Valverde Letamendi, Nicolás Augusto González Tola y Federico Reynel que trajinaban al lado en El Diario de Avisos e iban por las noches después del trabajo y todos conspiraban alegremente con Efrén Aspiazu Sedeño y Luis Felipe Carbo Amador. El dueño de casa era hombre de medios económicos por ser propietario de la Hacienda El Recreo y mandaba a ver al Salón de Mario Maulme, igualmente vecino, pastas, licores, helados de nieve del Chimborazo y otras ricuras; así pues, las reuniones eran sostenidas y amenizadas con bocaditos y alegres buches.

De todo eso solo queda el recuerdo ya que hasta las espadas han desaparecido con el transcurso del tiempo.