237. La Familia Patriarcal Guayaquileña

Hace muchos años –  1880 – Guayaquil era tierra de promisión donde ricos y pobres tenían lo suficiente para vivir, ni más ni menos. Tres parroquias dividían la urbe: Ciudanueva, Centro y Astillero, éstas dos últimas formaban Ciudad vieja. Las calles conservaban sus viejos nombres españoles: Malecón o de la Orilla, Cangrejito, Real, Gallera, del Fango, Carrizal, del Senado, del Teatro, Comercio, etc. Las plazas eran espaciosas y antiguas, la de la Concepción se quemó íntegramente en el incendio grande de 1896, las de San Alejo, San Francisco y La Merced   aún existen aunque muy remodeladas. Había dos mercados y veinte reses diarias se sacrificaban para consumo de los cuarenta mil pobladores. En las boticas se vendía muy variadas medicinas. El doctor Gault anuncia sanguijuelas alemanas y francesas acabadas de recibir por el bergantín «Tres Hermanas».

Los cafés abrían sus puertas desde las cinco de la tarde hasta altas horas de la madrugada. En el de la Marina que también desapareció en el incendio grande, vendían mistelas finísimas para toda ocasión. Don Francisco Jaramillo desde el portal de la casa municipal ofrecía chocolate español para las que esperaban bebés; mucho «jarabe con nieve del Chimborazo»  – hoy conocido con el nombre de raspado o prensado – se consumía a diario. El calor era fuerte pero la moda obligaba a usar vestidos ceñidos y largos. El agua potable se traía de Petrillo a lomo de mula o en balsas. El agua salada del Estero servía para bañarse y los barriles de diez y ocho galones costaban dos reales y los vendían los empleados del italiano J. J. Murta.

En la perfumería de Gallé Hnos. se exhibían panes de jabón de zumo de pepino para caballeros y de crema de glicerina y de vinagre de frambuesa para el bello sexo, la química era de origen vegetal. En el antiguo teatro «Olmedo’‘ la compañía Torres anunciaba una obra del inmortal Larra titulada: «Amor Paternal» en beneficio de cuatro actrices, los palcos a tres pesos admitían hasta cinco personas, las lunetas modestamente costaban cuatro reales y eran de uso individual.

Por las tardes a eso de la seis, se encendían los faroles que habían reemplazado con éxito a los antiguos quinqués de aceite. Una nueva luz brillaba a lo largo del Malecón y de la Calle del Comercio; era el gas que se obtenía de la hulla importada de Valparaíso.                                        

La noche invitaba al paseo romántico y a dar serenos. Para el efecto se subían pianofortes o pianolas en carretas tiradas por mulas. Las calles estrechas daban intimidad a la música y las mazurcas, polkas y valses volaban con el fresco de las nueve, hora propicia para no causar demasiadas molestias a los vecinos que embelesados también escuchaban.

Por el oeste Guayaquil se resguardaba desde 1842 del flujo de las altas mareas del Estero Salado con un camino de piedra de una legua de largo que salía de Sabana Chica (después Plaza de la Victoria) y seguía por las calles Santa Elena, Juan Pablo Arenas hasta Sabana Grande o de San Pedro, donde actualmente se encuentra el Hospital Territorial. En ese año el intrépido Gobernador Vicente Rocafuerte hizo reforzar la calzada antigua y colonial mandada a construir en 1784 por el Gobernador Ramón García de León y Pizarro. De allí nació la famosa frase porteña de «Apuren que el muerto apesta», porque los entierros se realizaban a las seisde la tarde, hora en que los mosquitos maltrataban a los acompañantes con sus punzantes aguijones a lo largo de todo el camino y los chuscos que iban a la retaguardia, para apurar a los demorones que encabezaban el cortejo gritaban en son de broma: «Apuren, que el muerto apesta».

GUAYAQUIL POR DENTRO

Las casas eran espaciosas, de madera, tenían un amplio corredor que miraba al frente, donde se colgaban las infaltables hamacas para que los moradores gozaran de las delicias de una buena mecidita después de almuerzo. Esos corredores se resguardaban del sol con toldas que bajaban y subían a voluntad de los dueños de casa y cuando fallecía alguien de la familia las toldas se mantenían bajas en señal de duelo siquiera por un mes. La primera casa con ventanas que se construyó en Guayaquil fue de propiedad del comerciante italiano Lorenzo Lavezzari di Canotieri, que la inauguró con un baile al que asistió el presidente Gabriel García Moreno, y era de ver la admiración que causó la tal novedad. Por entonces se la llamó la Casa de las chazas Venecianas. Luego vinieron otras y la costumbre se generalizó después del incendio grande del 96.

El patio interior también era de ritual, adornado con grandes maceteros de flores y helechos colgantes que daban un delicioso sabor andaluz. Muchas casas de postín tenían doble sala para ser usada según la clase de visita que se recibiera. Si era una comadre, antigua empleada o persona de regular condición se la recibía en la «sala de confianza», amoblada con sillas de esterilla barnizada o con mecedoras de Viena; pero si la persona era de gran copete o mucha etiqueta, hubiera sido una grosería no recibirla en el salón principal, donde eran infaltables los muebles Victorianos, Luis XV, Luis XVI, abroquelando las paredes los macizos «trumeau» traídos de París, de mármol, espejo, pan de oro y coronaciones talladas en caprichosos racimos de frutas o plumas, que formaban retorcidos penachos. El jarrón de «Sevres» o de “Limoges” era de ley, así como también la fina escupidera de porcelana inglesa adornada con flores multicolores. Un burro pié para las señoras de edad complementaba el mobiliario.

En este bucólico ambiente la sociedad se basaba en familias que vivían alrededor del padre, amo y señor de sus hijos y cónyuge y sol brillante que nunca se eclipsaba. Muchos sirvientes, descendientes en su mayor parte de antiguos esclavos de la casa, seguían la suerte de sus amos, sin tentar la vida libre en unasociedad semi feudal que acababa de salir del denso coloniaje español y que mantuvo a América sin mayores cambios por más de dos siglos y medio.

A golpe de cinco de la tarde se iniciaba el «Angelus» que antecedía el rosario alrededor de la madre. A las seis la tertulia. La cena era frugal y casi siempre a las ocho. Luego se pasaba al corredor a conversar, recibiéndose amigos que visitaban hasta las once. Una de estas veladas ha perdurado a través de los años merced a la poesía viva y chispeante de Juan León Mera, autor de la letra de nuestro Himno Nacional y visitante del hogar de Diego María Noboa Baquerizo, cuando fue de vacaciones a Riobamba, acompañado de su esposa Angelita, su cuñada Ignacia y del marido de ella José María Pareja Arteta. Veamos los versos:

UNA VELADA INFORMAL

Un terrible constipado

me ha impedido salir hoy.

¡A fe que aburrido estoy!

en esta casa encerrado.

Jorge y Luis en la cama (1)

olvidan su travesura

Rosa por el té se apura (2)

y a Micaela grita y llama

Un «ángel» tengo en mi diestra (3)

¿Qué fortuna!

Escapado de una tuna (4)

Moscoso está a mi siniestra.

Silenciosa en una hamaca

allá se mece Ignacita; (5)

con los cariños de Anita

Rosarito se embelesa.

Mi amigo el Sr. Pareja

del estómago se queja

y está siempre adolorido

y agua de canela toma

con gotitas de anisado (6)

que Cajiao ha recetado (7)

y saca de una redoma.

Luego el poeta agrega que Pareja se queja de las continuas revoluciones que azotan al país para concluir con los versos siguientes:

Yo entonces, tartamudeando

le invoca las circunstancias,

hago un recuerdo de Francia

y trato de irlo calmando.

Ramoncito y Missutil

desafiados a callar, (8)

que en voces no han de gastar

ni acaso el unopor mil.

Cordovez habla de potros (9)

mas, en su charla cansada,

su lengua trastablillando

lacera sobre nosotros . . .

Así eran las reuniones familiares: unos callaban, otros hablaban en sus respectivas hamacas, tocando puntos baladíes de conversación familiar y sencilla.

(1) Jorge y Luis Alfredo Noboa Baquerizo (2) Rosa Pareja Arteta (3) La dueña de la Casa: Angela Baquerizo Vera de Noboa (4) Chuchaque (5) Ignacia Baquerizo de Pareja (6) Alcohol puro de caña con anís (7) Cajiao era un conocido boticario en Riobamba (8) Un par de visitantes poco hablantines (9) Domingo Cordobés Ricaurte.               

Yo alcancé a conocer a la familia patriarcal y gocé de sus costumbres. Si alguno de mis lectores aguza el recuerdo podrá ver un clásico santo familiar con su colorido sabor; la dueña de casa estaba cocinando barquillos en paila de bronce y con fierritos mandados a fabricar exprofeso. El gran «queso de leche» o mejor aún si era de naranjilla o piña cubría la mitad de la mesa y tenía un alto realmente imponente. A veces doscientos huevos se usaban en su confección.

En otras ocasiones eran las yemitas o «huevos moyos» y “los huevos de faltriquera” los que llamaban nuestra atención y casi siempre para finalizar tan opíparo banquete se brindaba vino, mistelas, una «Princesa de Angulema» o un «Pío Nono» donde la vista se perdía ante la enorme cantidad de ingredientes que llevaban y los helados hacían bajar los postres con su sabor dulzón y reconfortante.

En los almuerzos no faltaba el verde asado que hoy casi no conocemos porque a nadie se le ocurre brindar. Un cafecito de Piscano, el vaso infaltable de «colada» y los panes de yuca quitaban el hambre a cualquier cristiano a la criolla y sin tanto aspaviento como actualmente con insípidas sopitas y bocados elaborados con productos enlatados. Entre los productos clásicos de la cuenca del Guayas está el tabaco de vega que se siembra desde el siglo XVIII en la región del Daule y el Café de la  zona de Piscano en la provincia Los Ríos.

¡No volverá el tiempo en que las amas de casa a golpe de dos de la tarde zurcían medias con foco o iban a la cocina a preparar el dulce para que estuviera frío a la hora de servirlo cuando llegaba el esposo.

Y Aún recuerdo lo bien que olía el café tostado y pasado en casa a la antigua; «un tío» conocido mío, tenía la maña de tostar café en grano en una sartén tapada, luego lo sacaba apuradamente y metía en un tarro de lata  más de un mes, pegando la tapa con esparadrapo para que no escapara el «bouquet», solo entonces sacaba pequeñas porciones para pasarlo en gotitas de agua hirviendo. Eso era lo que se conocía como esencia de café pero su mayor gusto consistía en oler de a poquito el aroma ¡Qué inteligente!