234. El Jardín De Los Bonín

No era como el jardín de los Finzi-Contini de la famosa novela italiana que fuera tan magistralmente llevada a la pantalla hace pocos años; era algo modesto, más nuestro si se quiere, pero no por eso dejaba de tener su belleza. Estaba situado en una de las esquinas de la calle Julián Coronel, frente a la antigua Cárcel Pública Municipal que fue de los primeros edificios que se construyeron con cemento a fines del siglo ante pasado (XIX) y tan fuerte, que sus paredes están cruzadas por varillas de hierro.

El Jardín era de una manzana de extensión solamente, se hallaba  cercado de caña y para su construcción se había gastado buen dinero en ponerle tierra de sembrado sobre la cual crecieron inmejorables rosales, con tallos especialmente traídos de la sierra a lomo de mula. Había flores de todos los colores y olores y también numerosos árboles frutales, colocados discretamente a la vera de varios caminitos empedrados y sinuosos, llenos de bancos de hierro y madera para solaz y descanso de los caminantes. El conjunto llamaba a la tranquilidad y a la belleza. La ciudad y sobre todo el vecindario estaba poblado de gente sin prisa y aun no se conocían edificios altos, la entrada costaba veinte centavos por familia y daba a sus propietarios la oportunidad de servir y ser útiles y hasta un pequeño aliciente económico ¿Por qué no?

Su dueño era Luis Bonín Romero  hijo de un inmigrante italiano venido de Cova Di Lavagna (Cueva de Pizarra) pequeña villa montañosa cercana a Rapalo y a Chiavari en la Liguria, venido a Guayaquil hacia 1.845.

Luís amaba la belleza y cultivaba las flores y era casado con una señora Córdova oriunda del Callao. Así pues, cuando decidió inaugurar su jardín al público anunció en los periódicos que estaba a la disposición de las familias honorables de la ciudad que quisieran pasar gratos momentos de alegría en sano esparcimiento y en contacto directo con la naturaleza, admirando sus rosales y otras clases de plantas exóticas, muchas de ellas traídas del Perú y Colombia; así como sus cargados frutales, que también podían aprovechar sin costo adicional alguno.

Demás está decir que el Jardín fue sitio de moda y las familias lo visitaron por muchos años, llevando sus canastas de comida para almorzar en él. Otros iban con guitarras, violines y mandolinas y hasta formaban «bandas de señoritas decentes» que después tocaban en las sabatinas colegiales. Todo esto sucedió entre 1.880 y el 96, porque entonces ocurrió el famoso «incendio Grande» que quemó la parte norte de la ciudad y arrasó con las instalaciones del Jardín. En un abrir y cerrar de ojos perecieron los rosales y los árboles quedaron reducidos a cenizas. Bonín no resistió muchos meses su tragedia y murió.

Personas que lo llegaron a conocer contaban y yo repito, que era un experto cultivador de rosas. Las tenía de todos los tamaños y colores, desde la «espléndida» rosada y gigantesca, hasta la Rosa Perpetua traída de Francia, que nunca muere.

También había la rosa Negra que de tan púrpura pasa por ser de ese color y es muy difícil de conseguir. Las había moteadas, pintadas, manchadas, según como iban progresando sus injertos de unas variedades con otras. Entre los árboles no faltaba el bálsamo traído del Perú cuya resina cura, refresca y agrada a los sentidos. La yontaun, fruta china llamada entonces Chirimoya china, el níspero frondoso y corpulento, la fragante pomarosa, el cauje, el caimito, la granada espléndida y tan medicinal por sus cualidades astringentes, el mamey colorado y hasta las frutas silvestres y vulgares de Guayaquil como los ovos rojos  y las ciruelas amarillas de Castilla, la chirimoya y la guaba. Ya podrá imaginar el lector los atracones de frutas que se habrán pegado los muchachoss durante sus paseos por el Jardín de los Bonín y como habrán regresado a sus casas, sucios y cansados, pero gozosos  tras haber corrido aventuras, de polvo y tierra.

Y pasaron los años y sobre el terreno donde antes hubo tan magnífico jardín se comenzaron a levantar unas cuantas covachitas para viviendas de gente pobre. Sólo el recuerdo del sitio seguía en la mente de nuestros mayores. Los Bonín Córdova, empobrecidos con el Incendio, habían cambiado de domicilio y vivían por el centro y  hoy sobre tan dilatado solar se levantan casas de cemento que nada dicen al recuerdo, a no ser que se consulte apolillados libros del siglo XIX. Esta crónica solo es la memoria de lo que fue o pudo ser, nada más.