198. El Hijo Único De García Moreno

«Gabrielito. ¿Quieres este juguete? Sí papá, contestó el chico y se abalanzó con excesivo afán de cogerlo. En aquel momento don Gabriel estrujó en sus manos el juguete y lo hizo añicos. El muchachito hizo amagos de llorar. Su padre le reconvino: ¡Cuidado con llorar! Tomó en sus manos otro y mostrándoselo dijo: ¿Quieres este juguete? Gabrielito contestó: Sí papá, pero se quedó tranquilo en su puesto. – Entonces García Moreno extendió su brazo y le dio el juguete». Con tal medida le hacía desconfiado y receloso. Este episodio está narrado en la obra del padre Severo Gómez Jurado, S. J.

El mismo autor anota «Una ocasión el rapaz corría por los tránsitos jalando con una cuerda su carrito. Don Gabriel marchaba en dirección contraria simulando estar distraído, pisó el carrito y lo hizo pedazos. El rapaz exhaló un grito de dolor. Su padre con tono imperioso dijo: ¡Cuidado con gritar o llorar! El chicuelo se dominó».

«Cuando alborotaba en sus exigencias y en sus juegos, don Gabriel con voz robusta y bien timbrada pronunciaba su terrible ¡Silencio! entonces aquel enmudecía un instante para proseguir luego en voz baja. Quizá alguna vez le asestó un latigazo si es que hizo falta.» Qué iba a hacer falta el latigazo con el terror que había sabido infundirle desde pequeñito.

En algunas ocasiones lo conducía a misa, pero las más de las veces lo llevaba el sirviente Antonio Barriga (todos los domingos y los días ordinarios cuando el temporal fuere bonancible) lustros después. Barriga se casó y a uno de sus hijos le dijo: «Su Excelencia estaba empeñado en educar a su hijo de modo que éste pudiera ser un digno sucesor suyo en el gobierno de la República” 

En otra ocasión le llevó a la escuela de los hermanos cristianos y al entregárselos dijo delante del inmenso enjambre de pequeños alumnos que contemplaban absortos la escena: «Aquí está mi hijo, tiene cuatro años, lo que deseo es que hagáis de él un buen cristiano. La ciencia y la virtud harán de él un buen ciudadano. No tengáis consideración con él, os lo ruego. Si merece castigo no miréis en él al hijo del Presidente de la República sino a un estudiante a quien es preciso enderezar». Con tales alardes y exhibicionismo García Moreno le cohibía delante de quienes iban a ser sus compañeritos.

El 6 de agosto de 1.875 a la una de la tarde ocurrió su asesinato en la Plaza Central de Quito, Gabrielito quedó de cinco años y siete meses aún no cumplidos en manos de su madre y unas tías solteronas desvalidas y aterradas por los espeluznantes detalles del crimen a machetazos. I dejó de salir por mucho tiempo a causa de los numerosos enemigos de su padre. Jamás le permitían estar solo, llegaron a vestirlo con faldas de mujer dizque para confundir a sus posibles raptores y toda precaución era poca cosa para preservar su integridad física, tal el delirio persecutorio que las embargaba. 

Como consecuencia empezó a sufrir de inseguridad y timidez, desquiciamientos de orden psíquico que con el paso de los años le volvieron neurótico, depresivo, misógino y huraño. Amaba a su madre y le obedecía en todo, pero por su natural desconfianza sentía dificultad para relacionarse con sus semejantes, sobre todo con el sexo opuesto. Y no es que no tuviera esbeltez y presencia, pues era de buen ver y hasta concurría a la sastrería de Cevallos (1) sino que rehuía por sistema los convites y para no quedar mal enviaba a su sobrino segundo Gabriel García Morales, a) Melón García, a quien traté muchísimo en su ancianidad y me refería riéndose que por esa razón casi se convirtió en juerguista, pues había semanas que disfrutaba de dos o tres fiestas de postín y a veces hasta más. 

A principio del siglo XX la sastrería de Cevallos era considerada la mejor de Quito y se decía que a ella entraba vestido un mendigo y salía un caballero. El local era amplísimo y muy raro, pues tenía un salón de baño para que se asearan los clientes, luego venía la peluquería Bolívar y se cortaban el pelo, barba, bigote y uñas, después llegaban a una boutique donde había polainas, bastones, sombreros, cuellos y puños para camisas y finalmente entraban al taller de la sastrería, del que salían convertidos en unos auténticos gentleman. Este complejo de elegancia estaba ubicado en la Casa Azul que había pertenecido al Mariscal Sucre y entre tanto personaje que trajinó por allí, se contaron dos hombres hoscos, que jamás esbozaban las más leve de las sonrisas: Gabriel García del Alcázar y Neptalí Bonifáz Ascázubi, para colmos, primos entre si por Ascázubi.

Tampoco faltaban las «familias bien» que por captar la holgada fortuna del joven García del Alcázar soñaban con casarlo con la joven tal o cual y para el efecto hasta se las mandaban de visita. Una de ellas procuró tentarlo, pero desengañada exclamó: «No es un hijo de García Moreno sino un epitafio de García Moreno» y se retiró.

En eso advino la revolución liberal del 5 de junio de 1.895 en Guayaquil y la aristocracia conservadora de Quito se aterró «ante el avance de la impiedad y la idolatría». Muchas familias se retiraron a sus propiedades en el campo, sobre todo a aquellas que tenían haciendas en el norte. Otras se encerraron en sus casas en espera de lo peor, que sinembargo no sucedió; pero fueron semanas de grave nerviosismo y atroz preocupación y cuando el gobierno liberal se asentó, comenzó la oposición a hacerse sentir y un clima de general agitación se volcó sobre la República. Las nuevas autoridades empezaron a tomar drásticas medidas, menudeaban las prisiones, numerosos destierros fueron ordenados, las fiestas sociales dejaron de realizarse y el mundo hasta entonces cómodo de Gabriel García del Alcázar, joven de veinte y cinco años, pareció cerrarse para siempre.