186. Tres Beatas Guayacas y Jesús

Ahora que la Iglesia ha dado una batida al calendario litúrgico mochando a algunos santos famosos como San Cristóbal y Santa Susana, se me ha ocurrido escribir sobre tres beatas nacidas en Guayaquil o en territorios de su Provincia y que tienen por coincidencia, como segundo nombre que las identifica, el de Jesús.

Estas tres flores del pensil costeño están escalando los altares por méritos y vida ejemplar y son Catalina de Jesús Herrera, Mercedes de Jesús Molina (que la acaban de santificar en Roma) y Narcisa de Jesús Martillo. Y si mucho me apuran y ponen a escoger a cuál de las tres prefiero me voy con Mercedes de Jesús, la más valiosa por sus excepcionales condiciones humanas y a quien los ecuatorianos deben admiración y respeto pues era todo un carácter.

CATALINA DE JESUS HERRERA

Esta casi desconocida religiosa nació en nuestro puerto en plena colonia, el domingo 23 de Agosto de 1717 a las 6 de la mañana y el 25 fue bautizada en la Iglesia Matriz. Su madre llamó María Navarro Navarrete y parece que con el ejemplo que le dio, siempre austera, cordial y haciéndose amar de todos, la encauzó por los senderos más puros de la religión y la moral. En cambio, papá Herrera fue distinto, como lo dice la propia Beata en su libro titulado: «Secretos entre el Alma y Dios», en el Capítulo VI, cuando hace memoria de las tres veces en que estuvo a punto de perder la vida por culpa del ánimo arrebatado del Capitán Juan Delfín.

Cuenta que una vez estando en edad de lactar se despertó llorando y como su madre no acudió prontamente, papá Herrera la tomó en brazos y salió con ella a la ventana, con intenciones de arrojarla, siendo alcanzada la criatura en pleno arboleo y evitándose el crimen.

La segunda vez fue cuando ya sabía andar y estaba jugando con un palito que metía mucho ruido; en esta ocasión papá Herrera la cogió por los cabellos y dándole dos vueltas de molinete la arrojó por los aires. Mamá tuvo que apararla para evitar que saliera despedida por la ventana a la calle, como eran las intenciones del progenitor.

La tercera ocurrió cuando la niña tenía siete años y el Capitán por arrojar un cántaro de barro a un criado que lo supo esquivar, golpeó en la frente a su hija; dicen que por la herida se divisaban los sesos y la niña sangrante y enceguecida corrió y cayó en un pequeño precipicio de lodo, de donde fue rescatada por una criada. Después don Juan Delfín se compuso y hasta murió santamente, dejando a Catalina de Jesús huérfana yde solo once años.                                          

En 1731 pasaron por Guayaquil varias religiosas Carmelitas que iban a Trujillo en Perú a fundar un Monasterio y la superiora quiso llevarse a la niña para el Claustro, pero la madre se opuso tenazmente. Con todo, al partir por el río, la monja díjole a Catalina de Jesús en el oído que sería esposa de Cristo y no mujer de hombre alguno y que cuidara de no errar su vocación. Desde esa época nuestra beata pensaba entrar en un convento.

Era devotísima de la Inmaculada Virgen María y pronto se hizo terciaria en la iglesia de Santo Domingo, pronunció el juramento un sábado por la mañana, hizo voto de castidad y comulgaba diariamente. A los veintitrés años viajó a Quito e ingresó en el Monasterio de Santa Catalina donde hizo profesión el 23 de abril de 1741, a las 9 de la mañana, siendo Obispo el Dr. Andrés de Paredes y Armendáriz.

Hacia 1746 escribió una autobiografía en prosa pero prontamente quemó los originales y sólo por mandato de obediencia los rehizo en 1758, dejando a la posteridad una obra interesantísima en todo aspecto, no sólo por la candorosidad con que fue compuesta sino también por su sinceridad, amenidad y arranques sobrenaturales que contiene. Porque has de saber lector, que Sor Catalina de Jesús conversaba con los muertos, los santos y los diablos, tan fácilmente como nosotros tomamos un vaso de agua, y así está la obra repleta de anécdotas, espíritus burlones, sombras de diablos y ángeles visitantes.

«SECRETOS ENTRE EL ALMA Y DIOS» se llamó y efectivamente que lo son por haber sido compuesta en forma de diálogo con la divinidad. En 1795 y cuando la beata Herrera cumplió los setenta y ocho años y pasó a mejor vida, los cuadernillos fueron a parar a una alacena del convento donde permanecieron casi un siglo hasta que los rescató del olvido su tocayo el doctor Pablo Herrera (no son parientes) que los encuadernó en un solo volumen. Años después, Juan María Riera copió tres veces la obra, la última en 1908.

En 1950 fray Alfonso Antonino Jerves Machuca publicó esta última transcripción en la Editorial Santo Domingo de Quito, revelándonos a la Beata en todo su esplendor literario, como una de las más delicadas prosistas de la colonia ecuatoriana. Una copia al óleo de su retrato original quiteño se conserva en la Iglesia guayaquileña de Santo Domingo, hacia el lado izquierdo.

MERCEDES DE JESUS MOLINA

Mujer de grandes dotes espirituales y de carácter férreo  y a la vez refinada dama, misionera ejemplar y fundadora de la Congregación de «Santa Mariana de Jesús», fue Mercedes de Jesús Molina y Ayala, quien nació en Baba, cuando esta población formaba parte de la Provincia del Guayas en 1828, hija de acomodados y nobles propietarios llamados Miguel Molina y Arbeláez y Rosa de Ayala y Olvera. Igual qué Catalina de Jesús, quedó tempranamente huérfana de padre y su educación corrió a cargo de doña Rosa, que le enseñó letras y números, al punto que años después, nuestra Beata escribía versos del siguiente calibre, muy influenciados por el tenebrismo del Concilio de Trento que exaltó como axecit el renuncimianito a la vida:

Sólo para padecer

pido a Dios que me dé vida

hasta que toda sumida

en penas me pueda ver.

No tengo, no, otro querer

y anhela mi razón

amar la tribulación,

la pena y el desconsuelo

con amor, con fe, con celo

y humildad de corazón

Así lo desea y quiere:

Mercedes de mi Jesús.

Guayaquil, Mayo 12 de 1866.

Desde muy chiquita quiso hacerse monja y lo consiguió sólo a medias porque hizo de su casa un claustro, dedicando cinco horas diarias a la oración en uno de los cuartos interiores. Acostumbraba usar silicios para mortificar la carne, poniéndoselos en todo el cuerpo. Diariamente se crucificaba media hora, amarrándose a una cruz hecha exprofeso, también se daba latigazos a porción. Las chaquetillas de tachuelas que usó se  guardan actualmente en el convento de las madres marianitas en Riobamba y asombra cómo no le vino tétanos, aunque ella misma nos cuenta en los apuntes que escribió para la posteridad que en muchas ocasiones se le ulceraron las llagas y en otras la infección tuvo que ser atendida con remedios caseros de toda índole.

Esto se comprobó cuando después de muerta se la exhumó y hallaron su espalda cubierta de llagas y úlceras, productos del tormento y la infección.

Gran devota de Mariana de Jesús, se propuso seguir su ejemplo de santidad y a la llegada del padre García, designado Superior de la Comunidad Jesuita de Guayaquil en 1863, hizo votos de pobreza, obediencia y castidad. Por esos días dos damas tenían reunidos a numerosos niños pobres del barrio a los que enseñaban, vestían y daban de comer en una casa llamada el orfanatorio «La Beneficencia».

La noche del 1 de Febrero de 1867, de treinta y nueve años de edad, Mercedes de Jesús tomó la resolución más importante de su vida. Furtivamente escapó de la casa de su única hermana, donde vivía, y pasó hasta la madrugada en el interior de la Iglesia de San José, sumida en la oración. Luego comulgó, oyó misa y con unas cuantas piezas de ropa al brazo se fue al orfanatorio, donde la recibieron con inmenso júbilo. Su hermana María se encolerizó tanto que tardó muchos años en perdonarla y volverle a hablar.

En el orfanatorio pasó algunos meses adiestrándose en el servicio de sus semejantes, hasta que el padre García, que estaba en Galaquiza en plena jibaría, fundando una misión, la mandó a llamar para que le ayude en su obra. Grande fue la sorpresa de Mercedes de Jesús al recibir la carta, pero obedientemente cumplió la orden y viajó al oriente en 1870, perdiendo treinta libras de peso en diez meses de trabajos rudos y agotadores.

En Mayo de 1871 regresó a Cuenca, fundó el Beaterio de Santa Mariana y dio clase a numerosas niñas. Años después, cuando se instauró su proceso de beatificación, se presentaron varias viejecitas a declarar que habían sido sus alumnas y que conservaban recuerdos muy gratos de ella, por lo cariñosa que era con todas.

En Enero de 1873 pasó Mercedes de Jesús a Riobamba, fundó otro Colegio y cayó enferma de gravedad. El médico que la asistía creyó que moriría y así se lo expresó; mas, nuestra Beata, en forma calmada díjole: «No es verdad, porque he tenido una visión. He visto un rosal muy frondoso y florido que representa a la Congregación y ésta todavía no crece, por lo que viviré lo suficiente y muchos años más». Y sanó enseguida. De allí es que también se la conoce con el sobrenombre de «La Rosa del Guayas».

En 1883 falleció en Riobamba y de cincuenta y cinco años. Sus restos se veneraron por horas y al querérselos sepultar se constató que la mano izquierda que sostenía un crucifijo, estaba endurecida y por más esfuerzos que se realizaron no la pudieron doblar, impidiendo cerrar la tapa del ataúd, pero el resto del cuerpo estaba blando. En estas circunstancias la Madre Superiora dijo: «Mercedes, Ud. que fue tan obediente en vida, obedezca de muerta y baje el brazo», bajándolo inmediatamente y consternando el milagro a la concurrencia,   al punto que el padre Redentorista que oficiaba la misa pidió que se bendiga a la multitud con el mismo brazo de la difunta, lo que se realizó enseguida. De estos cuentones están llenos los procesos de su beatificación.

En 1948, al cumplirse las bodas de diamante de la Congregación de madres Marianas fundada por Mercedes de Jesús y dedicada a la educación de niñas, la Santa Sede aprobó los estatutos confeccionados por ella en Gualaquiza, aunque con algunas reformas. Hoy la Congregación cuenta con treinta y cinco Casas religiosas funcionando en Ecuador, Colombia y Venezuela donde laboran más de setecientos cincuenta monjas y se educan casi cien mil alumnas anualmente. Esta es la obra de Mercedes de Jesús Molina, llamada La Rosa del Guayas, fundadora de la única Congregación Religiosa nacional dedicada a la enseñanza de niñas (1)

NARCISA DE JESUS MARTILLO

Esta es la más popular de las tres Beatas guayacas y de Jesús por la campaña publicitaria que se ha realizado en torno a su nombre. Narcisa era materia de gran cantidad de «recados» y «agradecimientos por milagros concedidos» que diariamente se transmitían por radios y periódicos de la Provincia y hasta un diputado – Vicente Leví Castillo – se declaró «hincha» de ella  y No hay iglesia de la ciudad donde no se vendan estampas con su efigie, bastante cambiada por cierto, ya que siendo Narcisa de Jesús una señorita montubia de raza mestiza y habiendo nacido en Nobol, se la pinta de tez blanca, pelo castaño y ojos azules, tratando de “mejorar» su apariencia física, por el prurito de que lo blanco es lo mejor y encima está de moda.

En el Museo Municipal de Guayaquil se conserva una fotografía inédita de Narcisa de Jesús, la verdadera Narcisa y no la mejorada. «Aparece como era, un poco gorda, baja más que alta, trigueña, muy dueña de sí misma, recatada y sobria.

Siempre fue humilde y se sabe que pudiendo haber vivido con alguna comodidad porque era considerada por numerosas familias pudientes de Guayaquil, prefería un pequeño cuarto situado debajo de la escalera de la casa de doña Carmen Uranga de Landín donde rezaba sus oraciones, hacía penitencia y vivía en continua mortificación.

Al final de sus días y como su contemporánea Mercedes de Jesús, nuestra Narcisa salió de Guayaquil por aquello que nadie es profeta en su tierra, radicando en Lima, donde falleció en el convento del Beaterio en “olor de santidad” y fue tal la veneración que inspiró de muerta, que la multitud agredió a las religiosas en procura de alguna reliquia, pues ya le atribuían la calidad de santa.

(1) Estas cifras eran exactas en 1970 año en que se publicó esta Crónica.