101. Los Finísimos sombreros alados

En 1.804 Napoleón recibió de los reyes españoles Carlos IV y María Luisa, un hermoso obsequio consistente en varias docenas de sombreros manufacturados con fibra de palma de paja toquilla de Manabí, que acentúo las magníficas relaciones de amistad imperante entre ambas cortes y constituyó un triunfo diplomático para el Ministro Manuel Godoy, en su política de acercamiento hacia el emperador de los franceses.

Desde entonces se empezó a conocer las virtudes de la paja toquilla y numerosos científicos europeos prestaron atención a la palma que servía para confeccionar obsequios entre reyes. Los sabios José Celestino Mutis, José de Caldas, Amideo Bompland y Alejandro von Humboldt la dibujaron en sus apuntes, justipreciando su gran valor comercial.

En 1.820 fue clasificada en botánica con el nombre de «Carludovica Palmata,» que le vino de Carolus y Ludovica, los nombres en latín de los reyes Carlos y María Luisa, sus auspiciadores.

La historia de tan rara planta arranca de 1.534 cuando el adelantado Pedro de Alvarado llegó a las costas de Manabí y se asustó al ver a los indios desnudos y cubiertos con «alas de murciélago», según creyó en un primer momento, después se dio cuenta que las alas eran finísimos sombreros y no tuvo empacho en ponerse uno y pavonearse entre los suyos, con uno tan suave que al tacto parecía como de seda.

I pasaron los años, llegó el siglo siguiente y en 1.630 don Francisco Delgado impuso en Manabí la moda indígena de los «sombreros alados», que hizo alargar en forma de cono para los hombres y de tocas para las mujeres, a la usanza de la reina Juana la Loca y todos querían usar por elegante y chic; pero, al poco tiempo el calor redujo los grandes sombreros femeninos formándose unas tocas pequeñas o «Toquillas», nombre que se impuso para la palma y su paja. El indígena Domingo Chóez pasaba por jefe de los tejedores.

Con toquillas iban las mujeres a misa los domingos, con toquillas se acostaban en las hamacas de los corredores y patios, con toquillas se asomaban a las ventanas, en fin de cuentas solo se las quitaban cuando nadie las veía, y a tanta aberración llegó el gusto por ellas que hubieran dejado de comer con tal de tener algunas en el ropero pues servían para toda ocasión.

Muchos quisieron aclimatar la palma en sus haciendas, pero ésta parecía más manabita que la sal prieta, puesto que solo crecía en dos o tres puntos aislados de la geografía del país, que en el resto se moría por poca o mucha humedad, por falta de sol, en fin, parece que es un cultivo muy delicado.

Los sombreros se tejían desde hace miles de años pues aparecen en los figurines antropomorfos prehistóricos de la zona manabita, sin embargo, desde que se tiene noticias documentadas, el centro del tejido estaba en la zona de Jipijapa, luego algunos tejedores se trasladaron a Montecristi, ciudad que gozaba de ciertas ventajas como un clima saludable y la cercanía del mar que facilitaba su exportación, al revés de Jipijapa donde el desierto se interponía para alcanzar los puertos.

La paja toquilla cabe aclarar que se produce en Manabí, y fuera de ella solamente en las zonas de Jujan, Manglaralto y Gualaquiza, a donde la llevó amorosamente la benemérita civilizadora Sor Mercedes de Jesús Molina. La Palma es esbelta y grácil como pocas y sus hojas alargadas alcanzan hasta tres metros de largo, sosteniéndose en el peciolo central, color verde con tonalidades diversas. Una prima cercana de esta especie sirve de adorno en muchos jardines cuencanos, pero no proporciona paja para tejer, es tacaña, solo se deja mirar.

Durante la independencia cobró mayor importancia de la paja pues ambos ejércitos, el insurgente y el realista, se cubrían con sombreros. En 1.824 el héroe de nuestra independencia octubrina Damián Najar y Valenzuela, mejor conocido como Capitán Nájera, habiendo terminado la campaña militar del Perú venía de regreso a Guayaquil cuando al pasar por Moyobamba se aficionó de ese pueblo del norte peruano y allí sentó sus reales, trabajando en la agricultura y el comercio. Años después, tres amigos suyos que huían de la policía, le pidieron posada y no teniendo qué hacer durante el encierro, se pusieron a tejer sombreros, enseñando el oficio, a los hábiles moyobambinos y pronto numerosos tejedores iniciaron la industria de la paja toquilla en esa región y los pícaros pasaron a benefactores.

La memoria de Nájar también quedó relievada ante sus vecinos que le sacaron el siguiente verso // Damián de Damián renace / como el fénix en su nido. / Pues el Damián que ha venido, / siempre al punto nos complace, // y fue por muchos años, electo y reelecto corregidor de Moyobamba en paz y justicia con todos.

En 1.834 el jefe Militar de Guayaquil, Coronel Pedro Mena, ordenó a Agustín Alegría, Gobernador de Manabí, que procediera a requisar la totalidad de los sombreros vendiéndolos a los comerciantes y sosteniendo el ejército con el producto de ellos, Rocafuerte no se atrevió a contradecirlo y tuvo que pasar por la vergüenza de observar cómo los soldados se robaban los sombreros, los precios decrecían y se terminaba el mercado. De allí nació la mala costumbre de ir a vender la paja al Perú. En 1.835 el Congreso prohibió dichas exportaciones que amenazaban terminar con los cultivos de paja, a menos que éstos se produzcan con tanta velocidad como eran arrancados los cogollos. Para 1.843 se había superado la crisis y el Ecuador podía contar nuevamente con una industria progresista y de exportación.

En 1844 el Cabildo de Cuenca obligó a enseñar en las escuelas a tejer sombreros. El comerciante Bartolomé Serrano convenció al Municipio para que recogieran a los vagos y mendigos de las calles y los pusieran a trabajar tejiendo por módicos precios, así libró a Cuenca de sus harapos y a los vagos de sus necesidades, refosilando sus bolsillos con jugosas ganancias y como no era nada tonto, para congraciarse con la policía les empezó a regalar unos graciosos sombreritos adornados con cintas bicolores (teníamos como bandera nacional la enseña celeste y blanca de Guayaquil), inponiéndose la moda del «fino toquilla» en todas las cabezas serranas. La paja se sacaba de la zona de Manglaralto en cajones cerrados, en Cuenca se la sahumaba para ablandarla, luego la teñían de blanco con cal.

Cuentan que una tarde estaba don Bartolomé en su tienda despachando a bien y mejor cuando de improviso entró un fornido negro de casi dos metros que fingiéndose policía le intimidó prisión. Serrano protestó y se negó al arresto, el intruso sacó un tremendo cuchillo con ánimo de matarlo y no lo consiguió por la rápida intervención de «Bocotón Rojas», alias con el que se conocía a Benjamín Rojas, empleado de la tienda de Serrano, que se lanzó contra el negro, lo desarmó y apresó. Minutos después, Ponciano García, que así se llama el malvado, confesó que había recibido algunos pesos de un comerciante de Jipijapa para que lo despachara al otro mundo, por competidor y quita trabajo.

Un sombrero de paja toquilla costaba 1 peso de a 8 reales, lo que relativamente era barato dada la carestía de la vida.

LA FIEBRE DE ORO EN CALIFORNIA

En 1.848 y con el descubrimiento de oro en California, enormes caravanas comenzaron a salir del este norteamericano con destino al otro lado del continente, hacia el Pacífico. Meses después comenzó el retorno por tierra y mar. Los que prefirieron esta última vía navegaron desde Los Angeles y San Francisco hasta Panamá donde cambiaban de rumbo y de mar. Allí compraban sombreros de paja, de los fabricados en Jipijapa porque los cuencanos servían para el consumo interno de Ecuador y por eso a los sombreros de Jipijapa terminaron llamandoles “Panamá hats”.

En 1.854 las exportaciones ecuatorianas de sombreros de Jipijapa superaban a las de la pepa de oro del cacao. El 55 y con motivo de la Feria Internacional de París, monsieur Phlippe Raimondi, que vivía y trabajaba en el istmo, instaló una hermosa vitrina con «sombreros de Panamá» fabricados en Jipijapa y logró que Napoleón III y el Mariscal Patricio Mac Mahon, Duque de Magenta y héroe nacional francés, colocaran sobre sus cabezas bellos sombreros de paja toquilla, tan delicados que casi podían entrar plegados en una caja de fósforos corriente ¡Qué maravilla!

Raimondi, comerciante al fin, cedió el resto de la existencia de sombreros a precios exorbitantes. Hasta 1.000 francos (193 dólares) pagaron los aristócratas de Europa por no quedarse atrás del Emperador y ellos también lucían la última moda masculina por los parques Elíseos y los bosques de Boloña. Napoleón, en cambio, no se cansó de recorrer la feria bien ensombrerado y saludando a todos con suprema elegancia y buen gusto.

EDAD DE ORO DEL SOMBRERO

Ante este éxito los comerciantes españoles de Cuba iniciaron la guerra del sombrero contra el Ecuador, aclimatando la palma de paja toquilla en la isla, pero con motivo de la guerra de la independencia que les duró mucho, vieron destruidas sus esperanzas por la quema de las plantaciones y los ecuatorianos seguimos siendo los reyes indiscutibles del sombrero.

En 1.859 la reina Isabel II de España mandó a que se organice en Aranjuez una Compañía de Infantería cuyo uniforme diario contaba con un sombrero de Jipijapa.

Para la construcción del canal de Panamá de parte de los ingenieros franceses, el sombrero de Jipijapa tomó nuevo repunte, pues tantos los funcionarios como los trabajadores se protegían con ellos. Igual ocurriría después cuando las obras fueron retomadas por los ingenieros norteamericanos. Se calcula que entre 1.889 y 1.910 fueron exportados más de cien mil sombreros a Panamá.

Los entendidos refieren que en 1.897 el primer Ministro español, Práxedes Mateo Sagasta, prefirió los sombreros fabricados en Ecuador a pesar que Cuba era colonia de la madre patria y envió a comprar media docena a Manabí, para usar a discreción en Madrid.

Tres años después el Presidente Teodoro Roosevelt lo puso de moda en la sociedad de los Estados Unidos retratándose con uno de ellos y casi sin querer consiguió desplazar al tongo o sombrero de felpa por el de paja, cómodo y fresco para los meses de verano y no había elegante que no tuviera siquiera uno. Las damas también los encargaban de colores vivos para hacer juego con sus vestidos. Todos usaban sombreros ecuatorianos de Jipijapa con el nombre de «Panamá hats».

Las principales familias cuencanas viajaban a Europa con el producto de las ventas de sombreros y todo era holgura y bienestar económico en el austro. De esta época nos dio una clara visión G. Humberto Mata en uno de sus «libros prohibidos»; donde llora amargamente por las injusticias cometidas con los pobres tejedores, únicos perjudicados con la industria, porque morían de enfermedad y de pobreza, debido a la explotación en que vivían. Esto ocurría en los años treinta del siglo XX.

Desde esa fecha el sombrero ecuatoriano no había podido levantar cabeza y hasta hoy, a pesar de los esfuerzos que distintas instituciones nacionales realizan para diversificar sus formas y modelos, los llamados Jipijapas permanecen olvidados de la moda y solo unos cuantos «dandies» los usan de puro esnobismo; pero en Diciembre del 2.012 la UNESCO los ha declarado patrimonio de la humanidad, de manera que nuestros sombreros de paja toquilla convertidos en noticia mundial han vuelto a ponerse de moda y se vislumbra un repunte de gran consideración en sus ventas.