VIVAR: Janet


El mismo año que Cristóbal Colón clavaba el pendón de Castilla en tierras de nuestro continente (1492) los españoles conquistaron Granada, poniendo fin a la dominación árabe iniciada el año 711. Recuperaban su geografía y su poder político, pero jamás podrían borrar siete siglos de historia impresos en su lenguaje, en su folclore, en sus tradiciones, en su arquitectura, en sus comidas y su música, que constituyeron parte del equipaje cultural con el que llegaron a estos lares y se ligaron a otra raza, heredera de milenarios ancestros aborígenes. De igual modo que lo árabe se inserta en lo español hasta formar un mestizaje interesante, se queda éste fundido en nosotros al cabo de tres siglos de dominio y sigue presente en el idioma, la religión, la idiosincrasia. Identificándose en el gusto por la danza, la guitarra, el zapateado, las palmas y el canto jondo… entre otras manifestaciones comunes a nuestra América morena.

Es Janet Vivar la que me arrastra a la historia, porque no puedo explicar de otra forma de dónde le viene el «duende» de esa gitanería que la hizo saltar desde su cuna para empezar a bailar, sintiendo tan hondamente la esencia de España y Sus cantares.
De muñeca a Faraona
Dice que su recuerdo más lejano de la danza lo tiene en la edad de 3 años, cuando Gastón Chávez González, gran amigo de sus padres, le enseñaba a bailar el charleston. En el jardín de infantes de la recordada Srta. Blanca Salvador hizo su debut ante el público vestida de muñeca y, a los 5 años, ingresó como alumna del profesor Raymond Maugé, figurando en el programa de coreografías presentado el año 1939, como solista de bailes españoles e integrante del elenco de ballet. Tenía 9 años.
Con Amalia Molina aprendió a tocar las castañuelas y desde entonces supo que el baile flamenco era lo suyo. Sin apartarse de Maugé, tomaba clases con Garmendia, con Arturo Rey, con Kity Sakilavides y con cuánto profesor de danza anduviese por la ciudad. Estimulada por sus padres, caminaba hacia el profesionalismo.
Simultáneamente estudiaba el bachillerato en el Colegio de Señoritas «Guayaquil» y antes de cumplir los 15, era ya famosa en el país. Su presencia en los escenarios porteños era saludada con el aplauso cariñoso de un público que la había visto crecer en tamaño y en estatura artística. Janet Vivar era la «Faraona del Guayas» y a su paso florecían elogiosos comentarios. Recuerdo con nitidez la primera ocasión que me llevaron a verla, en el Teatro Olmedo. Las luces de sala se apagaron, se abrió el telón y en el escenario iluminado por reflectores de color apareció ella, con su traje de sevillana. Majestuosa, llena de gracia y salero, parecía una española de verdad. Movía las manos como dibujando arabescos y taconeaba con rítmica elegancia hasta lograr que la vibración de su cuerpo, en el momento culminante de la danza, fuese total. El público la interrumpió con salvas de aplausos incontenibles. Sonriente, al final, agradece, y al día siguiente, caminando por las calles de su ciudad, con esa sencillez maravillosa de los grandes, era otra porteña más. Aunque la gente la llamase «Faraona» al pasar.
Responsable de su arte, realizó el primer viaje al exterior para ingresar a la escuela de «Chispero» en Buenos Aires. En la audición inicial le dijeron que ya era una bailarina «hecha» y la incorporaron al elenco de esa temporada. Luego se fue a Los Ángeles, donde José Cansino, el padre de Rita Hayworth, tenía su famosa academia de flamenco, para tomar clases especiales; y posteriormente se introdujo en el mundo del jazz, ingresando a aprenderlo con Luiggi, coreógrafo de New York. En México estudió con Tarriba y después, realizando su gran sueño, viajó a España, primero a bailar con los gitanos de las cuevas de Sacromonte y, posteriormente, en las escuelas de Pilar de Oro y Paula Monreal.
La Academia y sus chicas
Mientras más avanzaba en conocimientos del arte de su especialidad, más exigente se volvía consigo misma. Empero, su labor de sembradora ha sido en realidad el mérito más alto. En 1950, cuando decidió abrir una academia que ha sido el semillero de las danzas españolas en nuestra urbe, comenzó con 18 alumnas. Había trabajado de mayo a diciembre y antes de finalizar el año realizó la primera función de gala a teatro lleno, demostrando cuánto se puede lograr con disciplina y con amor.

Al año siguiente, tuvo que cerrar la matrícula. La sala de su departamento estaba siempre copada de niñas, jóvenes y madres de familia. Las chicas de Janet, iban a clase «castañeteando» por la calle Nueve de Octubre hasta llegar a Santa Elena y desde la vereda los transeúntes escuchaban ritmos de España. Bulerías, fandanguillos, peteneras, jotas, solares, etc., etc., etc…. Doña Blanca Palacios de Medina al piano y doña Rosita (la mamá de Janet) disfrutando en el cuidado de la pollada, mimando a las precoces estrellitas como Silvia Macías, Rosalinda Pérez, Consuelo Luzarraga y otras notables de aquel tiempo, que luego pusieron academia propia.
Las funciones de Janet se hicieron una tradición guayaquileña. Las esperábamos cerca de la Navidad. Cada vez más hermosas. Sus coreografías de los cuadros de Goya, del Amor Brujo (completo), de España en el corazón, eran sensacionales. Las entradas se vendían con mucha anticipación y la cola de la galería daba la vuelta a la manzana. Y continúan con brillo al final de cada curso.
Medio siglo sin sentirlo
En 1989 Janet cumplió 50 años de actividad artística ininterrumpida. Cronológicamente anda por los 60 y sigue tan entusiasta como siempre dando clases en su academia que en el presente año celebrará el aniversario N° 40. Su tarea de sembradora ha sido muy fructífera, ella calcula que pasan de 4000 las alumnas a quienes transmitió el espíritu de la danza española con todo su ritmo y su vibrante emoción. Según me confiesa bailará hasta el último día de su vida, no porque persigue la gloria, sino porque bailar es una razón de felicidad. Álbumes llenos de
fotografías, condecoraciones, diplomas, estímulos; los éxitos nunca alteraron su sencillez, su equilibrio y su sonrisa. Por ella este género danzario cobró vuelo en el país. Gracias Janet. Guayaquil le debe mucho.