VILLAFUERTE: Juan


Guayaquil debía a Villafuerte una buena retrospectiva. El Ecuador se la debía. Y el Museo del Banco Central de Guayaquil lo ha hecho. A lo grande. Parabienes a la Dra. Inés Flores, curadora de la muestra, y a José Landín, incansable buscador y recolector de la obra del artista.
A los diez años de la muerte del pintor abatido por implacable y vertiginoso mal en Barcelona tres amplias salas apretadas de obra de todos sus períodos han redescubierto la figura del gran plástico guayaquileño.
No se trata de un descubrimiento. Cuantos seguimos de cerca las artes visuales nacionales descubrimos a Villafuerte muy tempranamente. Para 1969 -año de su más importante muestra quiteña-, había quedado en claro que él era uno de los más certeros y brillantes feístas de la plástica ecuatoriana.
El feísmo de Villafuerte sorprende aún y molesta al buen burgués. «¿Por qué tenía que dibujar cosas tan feas, y por qué tenía que hacerlas tan feas?» -sigue preguntándose-. La pregunta, a su modo, reproduce la que se hicieron los públicos – entonces casi sin excepción- ante el expresionismo de los treintas. (“Esos indios con esas patas enormes”). Ahora la exasperación feísta hiere aún a quienes asimilaron ya la deformación guayasaminiana o kingmaniana. Y eso es lo que más satisfizo, sobre todo en la hora de su irrupción, a los feístas.
La cosa no era solamente ecuatoriana. Era una convulsión que recorría América Latina de norte a sur. Desde los esperpentos de Cuevas en México hasta las caricaturas de Deira y Macció en Buenos Aires.
Y distaba mucho de ser prurito o moda: era respuesta visceral y lúcida a un tiempo de corrupción, opresión y alienación de la sociedad latinoamericana. Era sacudimiento casi convulsivo de artistas que se negaban a ser manipulados por el sistema. Veían que el lenguaje del informalismo precolombino y, por supuesto, el del formalismo, habían sido cómodamente asimilados por las clases dominantes, y se empecinaban en hacer un arte lo menos asimilable que pudiesen. Radicalmente corrosivo. Insoslayablemente grosero. Despiadadamente crítico.
El feísmo fue en nuestro país el nervio de la expresión plástica de una generación -la que sigue, con movimiento pendular, a la del informalismo (Villacís, Tábara, Viteri) y formalismo (Maldonado, Molinari). Y en el centro nervioso de ese nervio está Villafuerte. La retrospectiva lo muestra. Prueba que, en la segunda mitad de la década de los sesentas, por captación irónicamente certera del gesto humano; por dibujo libre y desenfadado, de línea segura y múltiple hallazgo; y por uso intencionado y económico de la mancha, Villafuerte era un feísta maduro.
Vino después el choque con la España franquista, y el feísta americano se da, por una parte, a desmitificar motivos de la España de las castañuelas, y, por otra, a burlarse amargamente de una sociedad clerical y militarizada. En otra dimensión, heroica, grande, casi cartelista, canta tragedia y gloria de una ejemplar lucha popular: es su serie sobre Vietnam, de la que la retrospectiva ofrece cuatro telas de tamaño heroico, impactantes.
Se multiplicaron después las búsquedas. ¡Qué incansable buscador el Villafuerte que nos muestra la retrospectiva! Y, cuando tanto camino válido comenzaba a abrirse, trayectoria tan iluminada y apasionada se tronchó brutalmente.
Sin espacio para más, repito el pedido hecho al inaugurar la gran muestra: debe viajar a Quito. Y a Cuenca. El homenaje debe ser nacional. Y el conocimiento de tan importante pintor debe estar al alcance de pintores de todas las regiones de la patria.
Nos sentimos señalados y acorralados frente a los cuadros de Juan Villafuerte, y para siempre. Es que él no da cuartel (si esto lo dijimos ayer, lo repetimos) a nadie ni a nada con su pintura y ésta, siéndolo, habla (truena) como muy pocas, entre nosotros. Como que Juan Villafuerte hubiera presentido su temprana muerte y se puso a trabajar como un endemoniado, sin parar, indetenible, hasta la extenuación (ahora lo sabemos) hasta la misma agonía. Juan Villafuerte, en posesión de aquel misterio que a tantos aterra, y rápido se le venía encima, buscó (y lo consiguió) dejar una obra pictórica y dejar una proclama humana y a las dos, como nadie, nos atreveríamos a sostener, supo fusionar, supo acoplar, supo lanzarlas como un arma incisiva y temible.
Porque, se nos ocurre, Juan Villafuerte, para arribar a la ternura y al amor, a la justicia (esa que él tanto ansiaba) y a la verdad, para arribar a una zona donde la dignidad del hombre fuera lo más sagrado y donde todo tipo de degradación hubiera desaparecido a la par que el torturador (ese que hoy campea en nuestro país) había que embestir, había que demoler, había que avasallar, para que todos entendieran, los buenos y los malos. Para que todos, como anotamos arriba, se vieran señalados y acorralados, hasta los sin culpa, ya que infinidad de estos se marginan de las batallas y, al hacerlo tácitamente le sirven a los otros, a los culpables.
Su objetivo fue «despertar” con aquella desmesurada iracundia que lo encendía y que, cosa extraña, no se reflejaba en su exterior, donde mandaba un aspecto tierno y monacal. Su objetivo al que apuraba con desesperación y, hasta angustia, porque el tiempo se le hacía corto, era sacudir a los demás, era ponerlos cara a cara con la vida y con los vivos. Su objetivo era no «yacer” en un mundo de pusilánimes y mentirosos y, a éstos, dirigirse con un lenguaje veraz, violento si se quiere. Ser con estos y con todos franco hasta no más, caminando juntos las decenas de caminos que camina el caminante y si sus trazos no fueran suficientes él los acompañaría de sentencias y versos esclarecedores.
Ya lo dijimos, fue un figurativo de hoy, y hoy también, hace falta, tremenda falta, cuando los de su misma trayectoria se repiten, cuando algunos andan tras de experimentillos enfermizos y débiles, cuando otros se solazan en describir existencia y objetos decadentes e intrascendentes. Y quienes vieron (y se hallaron señalados y acorralados) su retrospectiva en el Museo Arqueológico, no nos dejarán mentir, estarán con nosotros. Aceptarán que su figuración jamás traicionó al ser humano, aunque lo estremeció y lo llamó al orden, y que para ello, igual, su pintura jamás descendió ni se rebajó, ni se «vendió” a ningún postor. (No pintaba para vender).
Sus reclamos iban a la médula. No se escondía ni escondía.
Para atacar o para amar, para fulminar o para vivificar, para protestar o predicar, su tono no perdía los registros, recios y sonoros. Ni tampoco su claridad, su sincera claridad, su obsesiva claridad. Repitamos eso de que nada de lo humano le era extraño a su pintura, si es que ello era útil para los demás y para el arte, si ello era útil para abrir senderos hacia la verdad. No le sacaba el cuerpo a la vida completa (jal hombre-total?) a la inconmensurable vida y la trasladaba así, palpitante- sangrante-descomunal a lienzos y cartulinas. (Pintor de utilidad pública, como Neruda lo fue poeta)
Era implacable hasta con quienes quería, hasta con los suyos, los desnudaba sin remedio. Como no lo habría de ser con quienes él consideraba (y con razón) los asesinos de la humanidad, los sistemas corruptos y fascistas, los atracadores y aupadores y oportunistas de toda laya, condición y vestuario.
A estos, si a los primeros enfocó con potentes watios, los enfocó con watios infernales, sin mostrarles, además, el mínimo temor y ahí están sus retratos feroces para atestiguar y, más allá, su descripción del horror que ellos han desatado en nuestro planeta.


Un bufón contempla al espectador con su mirada perversa, el personaje tiene tres brazos móviles y en su espalda sobresale el mango de una espada. La figura es un dibujo a tinta del artista guayaquileño Juan Villafuerte (1945 -1977), el espectador es el «yo» que mira, y la contemplación es el descubrimiento que mi ojo hace de la imagen del «otro», no cabe duda. Entre las piernas del bufón, un animal feroz (perro o gato grande) gruñen amenazadoramente. El dibujo de Juan es un acertado juego de claroscuros, líneas entrecruzadas y volúmenes en óvalo. Este es el primer trabajo sobrecogedor que recibe al visitante en la reciente muestra de él en la Galería Art Élite de esta ciudad.
No se trata de ninguna muestra retrospectiva del pintor porteño fallecido en Barcelona; la gran retrospectiva suya se exhibió en el Museo Antropológico del Banco Central de Guayaquil, en 1987. La presente muestra recoge más bien cuadros desconocidos que el artista trabajó en España en los años anteriores a su muerte. Se incluyen aquí tres óleos (bastante oscurecidos por el tiempo y los malos materiales) de su época de estudiante en la Escuela Municipal de Bellas Artes.
Como espectador, yo veo en Juan Villafuerte una poderosa vertiente testimonial del hombre y su entorno, pienso que con su natural vocación para la creación de personajes, conformó una auténtica galería de seres: torturados, transmutados en dolor, ironizados, seres empujados a una imaginería social de profundos conflictos; en las manos hábiles del artista, estos seres serán los “otros», los habitantes del otro orden del que hablara Roger Garaudy. Contémplese si no el panel del fondo de la sala, donde cuelgan varias obras formando un conjunto; allí luce un cuadro en colores apenas manchado, se trata, por supuesto, de otro personaje que viste un ropón sucio con cofia blanca, el gesto es desolado: una cara de sufridor empedernido que apenas se ve, sobre la cabeza, en una superficie de limpios azules, un dedo índice, suelto en el aire, señala a ese ser de la tortura. Toda la imaginería del pintor va en esta dirección, la apertura de lo imaginario a lo real se producirá cuando el yo descubra la verdad en la “poética» plástica de Juan Villafuerte, cuando el otro sea real, reconocible, o por lo menos parecido. En Guayaquil, muchos de estos personajes son personas; el pintor, sin proponérselo, los transformó en los «otros» de sus cuadros.
Verdaderamente Juan Villafuerte partió de un vigoroso dibujo, un don innato que sorprendió a muchos en sus años iniciales de estudiante, ese trazo poderoso que lo llevó al retrato (que pintaba rápidamente, con gruesos contornos negros) y, posteriormente, a la pintura figurativa expresionista, donde la iconografía la conformaban rasgos y seres extraños.
Volviendo a la pared de esta muestra, deseo referirme a otra figura, blanca cenicienta, de cabellera roja, con un gesto como de burla inocente y de brazos cruzados, otra vez sus vestidos son manchas en pardos, todo sobre un fondo azul; aquí, esa descuidada mancha roja que es su cabellera, atrae la mirada del yo, la del mismo personaje que se esfuerza por «ver” su tocado, en un gesto como de burla y sarcasmo que ríe a medias. Aún en pequeños estudios sobre la mano que aparta planos de color como si fueran cortinas, es posible descubrir rasgos expresionistas: se trata de manos de uñas retorcidas y dedos nudosos. En la serie de las transmutaciones es igual: mujeres se vuelven aves, personajes sufrientes muestran varias bocas y venas carótidas; en fin, su expresión plástica busca una nueva figuración, no importa de la mano de quien lo haga si su objetivo es siempre el mismo: el hombre y la otra realidad.
El colorido de su obra siempre persiguió la luz del trópico: naranjas y rojos fuertes, azules persistentes en cielos diurnos y nocturnos, amarillos crudos; hay un cuadro en esta muestra resuelto en ocres y sienas, una especie de hombre-mujer que parece luchar contra un huracán, o el colorido festivo de otro bufón con cabeza volteada, todo esto en función de sus personajes que nadan en su propio caldo de: cultivo. En Villafuerte, el color siempre se halla en los escenarios, raramente en rostros y cuerpos.
No quisiera terminar sin referirme a su trabajo con el desnudo femenino. En la muestra, el «yo» puede ver varios dibujos a tinta, todos ellos en línea visiblemente expresionista, con las caras «alteradas» por un goteo de tinta, en posiciones que no tienen nada que ver con las clásicas poses del dibujo erótico, hasta en estos temas el pintor guayaquileño quiso testimoniar al ser humano en su complejidad. Finalmente, en un cuadro de impecable factura, ha pintado al óleo una madona semivestida, con el hermoso torso descubierto y la mitad de la cara deshecha, buscando lo oculto en esa mujer, como ha buscado en todos sus personajes, los que conforman estos nuevos testimonios de Juan Villafuerte.
Más que por encargo, IV IJuan hacía los retratos por placer. Como me constó, sentía necesidad no solo de retratar a los amigos sino de pintar a un desconocido en cuyo rostro percibiera algún rasgo peculiar. Este rasgo los transformaba en luz. Aesta luz la dotaba de vitalidad y fuerza que concentraba en los ojos, en los pómulos o en la barbilla, mientras desplegaba una plenitud de color en las áreas restantes. Este tratamiento dio particular sentido a sus retratos, los que adquirieron, por lo mismo, la singularidad que los caracteriza.
Sin embargo, Villafuerte es, básicamente, el dibujante. Sin más calificativos, en el dibujo se expresó con libertad, creatividad y energía. En él vertió su ser y no solo su talento o su sensibilidad. Los hizo por cientos, divididos en serie o como bocetos para su pintura, dibujaba en cualquier papel que tuviera a mano, con verdadero gozo y, sin duda, con una pasión que parecía no extenuarse.
En esos dibujos está la plenitud de su arte. Yo limpiamente a plumilla, ya como «collages» en los que introduce otras materias y el color, señalan valores que puedo resumir en lo siguiente: un neofigurativismo que, si con Tejanas resonancias de Bacon y de Cueva, es de personal desarrollo. Un humor agudo que se vuelve ironía y hasta sarcasmo. Finalmente, un despojamiento del ser que se traduce en una desnudez de cuerpo y alma.
Conocedor profundo del acontecer artístico de su generación, sus dibujos y pinturas responden a una permanente inquietud innovadora. Juan Villafuerte reafirmó la hondura de sus propuestas en numerosas exposiciones en España; ora con temas dedicados a la figura humana que le singularizó, ora con seres fantásticos de su reserva onírica. Su obra revela una energía febril que se convirtió en la última etapa de su vida en una turbadora visión de un mundo descoyuntado y caótico. Al respecto lleana Espinel Cedeño escribe: «El artista volcaba su fuego interior, su se guridad en la línea constructiva, su cromatismo diluyéndose en rojos violentos y sardónicos, grises mortuorios, verdes y azules de contemplativa introspección o amarillos soleando fulgor cuando no de mustia detonancia».
Poco se le conoce a Villafuerte en nuestro país, que también fue el suyo. Su destino se cumplió al otro lado del mar pero él ha retornado al Ecuador en muchos de los cuadros que pintó en España. Es hora de que le demos el lugar que se merece entre nuestros grandes pintores.


El 15 de agosto de 1992 se cumplieron 15 años de la muerte de Juan Villafuerte. Un cáncer que le estuvo socavando largo tiempo, interrumpió prematuramente su existencia.
Poco se le conoce a Villafuerte en nuestro país, que también fue el suyo. Su destino se cumplió al otro lado del mar pero él ha retornado al Ecuador en muchos de los cuadros que pintó en España. Es hora de que le demos el lugar que se merece entre nuestros grandes pintores.
Nace en Guayaquil, el 19 de julio de 1945.
Estudió en la «Escuela de Bellas Artes», Guayaquil.
Premios: Primer Premio de dibujo: Escuela de Bellas Artes en los años 62, 63 y 64. Tercer Premio de Pintura: Salón de Julio 1965.
Reside en Barcelona España desde 1970.
Estudios de Grabado y Litografía, Escuela de Arte del Libro. Barcelona.


1966. Exposición colectiva, Casa de la Cultura, Guayaquil. Exposición colectiva, Museo de Arte Colonial y Casa de la Cultura, Quito. Exposición individual. Centro Ecuatoriano Norteamericario Guayaquil. 1967. Exposición colectiva, Galería Artes, Quito. Exposición individual, Galería Artes, Quito.
1968. «Anti Bienal», grupo «VAN», Museo de Arte Colonial y Galerías Siglo XX, Quito.
Exposición Individual. Casa de la Cultura, Esmeraldas.
1969. Exposición individual. Galería Siglo XX, Quito.
1970. Exposición individual, Galería Pachacamac, Guayaquil.
1971. «80. Concurso de pintura Ciudad de Tarrasa, Tarrasa.”
“XIII Concurso Internacional de Dibujo, Ynglada-Guillot», Barcelona, «VIII Premio de Pintura, Ciudad de Hospitalet”
1972. “XI Premio Internacional de Dibujo Joan Miró” Barcelona.
“VIII Premio de Pintura, Ciudad de Hospitalet”.
“XIV Concurso Internacional de Dibujo. Ynglada-Guillot, Barcelona”.
1973. Pintores Latino-Americanos en homenaje a Torres Garcia Sala Gaudi. Barcelona
«IX Premio de Pintura, Ciudad de Hospitalet».
Exposición individual. Instituto Ca talán de Cultura Hispánica. Barcelona.
1974. Concurso de Dibujo “San Jordi”. “Círculo artístico de Sant Lluc” Barcelona.
1975. Exposición individual, Museo Municipal. Guayaquil. Exposición individual, Galería Altamira, Quito. «Presencia Plástica de Guayaquil».
Galeria Goribar. Exposición individual “Galería y Taller Gala Las Penas Guayaquil».
Homenaje a la ciudad de Loja – Loja 1975
1976
Instituto Catalán de Cultura Hispánica: (Barcelona) Galería Torres -Messeguer (Barcelona)
Galería Covarse. Arenys de Mar.
Galería Lleonart (Barcelona).
Galería Simón (Barcelona).
1977
Galería Simón.
Ayuntamiento de Esplugues
(Cataluña, España).
1978
Inauguración del primer salón de Ju. Villafuerte. Galería Centenario Guayaquil.
1979
Primera retrospectiva de Juan Villafuerte. Galería Centenario Guayaquil. 1987. Guayaquil Ecuador. 1992. Segunda Retrospectiva Homenaje a sus 15 años. Galería Art Elite Guayaquil Ecuador. 1992 Fundación Guayasamín Quito-Ecuador.