URRACA PEDRO

ASCETA.- Nació en la Villa de Jadraque, reino de Aragón, España, en 1683, en el seno de una familia de labriegos campesinos donde las prácticas de piedad eran costumbres ancestrales pues en materias literarias eran unos grandísimos ignorantes y cruzó el océano llamado por un hermano mayor fraile franciscano en Quito.
El Obispo Fray Luis López de Solís acababa de fundar el Seminario de San Luis, donde siguió sus estudios el recién llegado, quien desde la infancia había dado pruebas inequívocas de estar destinado al sacerdocio, pero no sabiendo a cual orden religiosa ingresar, se encaminó cierto día al templo de la Merced para alcanzar la gracia de conocer la voluntad de Dios y cuenta la tradición que mientras se encontraba orando “vio y oyó que la efigie de la Virgen de las Mercedes le manifestaba su voluntad de que se hiciera mercedario”, lo cual no debe extrañar a nadie, pues todo quedaba en casa.
El 2 de Febrero de 1605 profesó solemnemente de manos del Obispo López de Solís y aún novicio se lanzó a predicar con gran simpatía y afabilidad por los ásperos y pedregosos caminos del norte donde el cristianismo aún no era bien comprendido, y ayudó con esto a afianzar el régimen colonial español. También acostumbraba ir pidiendo limosnas para aplicarlas a la redención de los cautivos, ideal mediterráneo que no tenía aplicación en las tierras de Quito, de allí que dichas limosnas servían para ayudar a los pobres con quienes siempre fue muy caritativo.
Una de sus más famosas costumbres consistía en no quererse ayudar de una mula y cuando sus toscas sandalias se le destrozaban de tanto caminar, continuaba a pié hasta que alguien le obsequiaba algún par de zapatos usados. “Todo este sufrir llenaba de caridad su espíritu y de celestial frescura su alma, que era simple como el agua de la montaña”, pues nunca se supo que le diera por el estudio, que a veces endurece el corazón, según decires de esos tiempos.
Vivía en permanente penitencia, considerándose culpable de sus propias faltas y de las de los demás, lo cual le atormentaba psicológicamente, al punto que no le dejaba vida. En ese sentido era un obseso y su paso por el mundo fue perturbado por ese remordimiento, hoy tan en desuso.
Se flagelaba todas las partes del cuerpo y durante treinta años llevó pegado un asperísimo silicio que se había hecho remachar por un herrero y que se le llegó a ajustar tanto al cuerpo con el transcurso del tiempo, que vínole a quedar cubierto en gran parte por la carne que le creció por encima. A esto añadía nuevos tormentos con las disciplinas que tenía y otras mortificaciones.
Cuando salía de su convento en misiones y le cogía la noche en el camino, buscaba la iglesia o ermita más próxima y dormía sobre las gradas del altar. Una ocasión, que visitaba un obraje de aguardiente y panelas en el valle del Chota, llegó en mitad de un castigo, y como el Mayordomo no hiciera caso de sus súplicas para que no siguiera maltratando a varios negros con un látigo, imprecó al cielo y le amenazó de muerte, el mal hombre tuvo tanto miedo que le sobrevino un espasmo, pidió confesión y murió enseguida, en uno de los corredores de la casa y ante las atónitas miradas de los presentes que no podían dar crédito a lo que estaban observando. Feliz coincidencia para los pobres esclavos que salváronse de seguir siendo martirizados.
En 1648 dejó el padre Urraca el convento de Quito y viajó a Lima donde falleció el 7 de Agosto de 1657 en olor de santidad, cuando la vejez había debilitado sus miembros pero no su alma. Tenía 74 años de edad y gozaba del amor y la veneración de sus hermanos de Orden. Poco rato después de su paso a la eternidad, dicen las crónicas que se esparció un suave aroma en el convento.
Alguien escribió su vida para ejemplo bajo el título de “El Job de la ley de la Gracia” pero se perdieron los originales. En Quito se conserva su retrato al óleo en tres cuartos y sobre la puerta falsa del convento de la Merced existe una estatua suya tallada en piedra y casi del tamaño natural, donde se le aprecia vistiendo el traje talar de los colegiales de San Luis, la opa y la beca. Su causa de beatificación fue iniciada en Roma el 18 de Agosto de 1737 bajo el entusiasmo de quienes le conocieron y trataron, pero entonces las distancias eran insalvables, y el asunto se olvidó y por allí debe andar el Proceso traspapelado por la incuría de algún pasante o ministril.