Ulloa Socrates.

Un arquitecto, esta noche, no los acerca más, un arquitecto pin- tor y poeta como debe- ria ser todo buen ar- quitecto, alguien que decidió ascender o des- cender -según el punto de vista- a ese mundo vital, epidérmico, lleno de sensaciones nuevas, de locuras y espantos, pero también de ternu- ras de hondo patetis- mo, de reflejos, porque esa también es la cara de la patria. Máscaras pintarrajeadas de colo- res para alejar la desdi- cha, guitarras incansa- bles para ahuyentar el insomnio, prostitutas a- sombradas de la espe- ra, boleros apretados para desterrar la sole- dad y la incomunica- ción que es el animal feroz de nuestro tiempo..

Audaz, por decir lo menos, es esta muestra. Formas intensamente expresivas de las que se desprende un mundo a- parentemente ajeno o clandestino de extraña intensidad, donde tam- bién la cromática y la pincelada, fuerte, desi- gual, inconforme, apor- tan para ejercitar un tes- timonio casi silencioso de crítica y desasosiego. Con un ejercicio cons- tante, que ya va para treinta años, Sócrates U- lloa, ha encontrado un estilo directo, vibrante, donde la figura se abre a varias interpretaciones, agudizando la policemia de su lenguaje, mostrán- donos, como quien no quiere la cosa, ese mun- do trashumano, del cual todos somos culpables, y a veces habitues. Pero uno de los aspectos más sorpresivos de esta muestra de Sócrates Ulloa es, sin lugar a du- das, la búsqueda de la vi- da, una búsqueda obsesi- va, violenta, en la que el artista se proyecta con su paleta demoniaca y pro- funda, imprimiendo su personal huella en esos temas profanos que se van convirtiendo en un ritual lleno de sensacio- nes existenciales. Todos los cuadros son un solo cuadro o son par- te de un mismo cuadro y todos los temas apuntan a la transmisión angusta- da de una vivencia, de u- na observación inquieta, aquello que los expresio- nistas alemanes señala- ban con el término erle- ben, es decir aquello de «vivir una visión», dán- dole el matiz de alegoría:

El baile, el músico, el cabaret, las mujeres, los instrumentos, imbricados con una sensación de so- ledad y de erotismo que se pasean en la cromática del lienzo. Rostros que pareceri- an máscaras derivadas de Enzor o Nolde, ges- tos y rasgos en los que se alienta la búsqueda de lo primordial, la e- xaltación de la vida y su simulacro tenaz. Instantes casi congela- dos de la bohemia, de esa algarabía trashu- manamente y quizá de- sesperada. Recorramos entonces esta muestra de Sócra- tes, que nos llevará no solamente a adquirir los cuadros, sino tam- bién a exigir una copa, no de ciwca sino de ron.