TORRE NIETO CARLOS MARIA DE LA

CARDENAL.- Nació en Quito el 15 de noviembre de 1873, hijo legítimo de Mario de la Torre, músico, pianista y cantor, Notario Mayor del Juzgado Eclesiástico en 1883 y luego acomodado propietario de un almacén de libros y mercaderías en Quito y de María Nieto y León, naturales de Ibarra y Quito respectivamente.
Ella era pariente cercana de Vicente Nieto Otoya, editor del célebre periódico “Fray Gerundio” donde se combatía al liberalismo y a la masonería desde que Nieto fue cancelado el 95 de su cargo de Comisario en Quito. Entonces se volvió enemigo del Presidente Alfaro a quien dedicó un Himno titulado “Viva Alfaro” conteniendo insultos procaces alusivos a su boca, tomados de una célebre poesía peruana, más antigua por cierto, de la autoría de José Pardo y Aliaga, dedicada al Mariscal Andrés de Santa Cruz. “Fray Gerundio” tuvo larga vida como periódico pero nunca gozó de aceptación pública.
El joven Carlos María cursó la primaria en la escuela del Cebollar de los Hermanos Cristianos, “fue alumno del hermano Miguel, con quien mantuvo por años vínculos de admiración y afecto”, prosiguió la secundaria en el Colegio San Gabriel y por sus excepcionales dotes de músico y buen estudiante, el presidente Plácido Caamaño le dio en premio un juego de botones y una flauta. En 1891 se graduó de Bachiller en Humanidades Clásicas y entró al Seminario Conciliar de Quito.
A los pocos meses el Arzobispo Ignacio Ordóñez Lazo lo envió con Juan León Mera Iturralde a estudiar al colegio Pío Latinoamericano de Roma. A Mera se le picaron los pulmones y regresó a la vida seglar y de la Torre persistió en su vocación “dentro de los rígidos horarios de estudios, pláticas y meditaciones”, descollando como buen pianista, y en algunas festividades especiales interpretó música sacra en la Basílica de San Pedro y dictó cursos de música y canto gregoriano a sus compañeros.
En 1896 alcanzó dos primeros premios entre más de quinientos estudiantes de todas partes del mundo en la Universidad Gregoriana, graduándose meses más tarde de Doctor en Filosofía y Teología. El 19 de diciembre de ese año recibió el orden sacerdotal y cantó su primera Misa en la capilla Lateranense.
En 1897 volvió a Quito a dictar clases en el Seminario Mayor. El 98 pasó a Subsecretario del gobierno Eclesiástico y fue Cura interino de San Marcos. En Octubre fue promotor Fiscal del Obispado. El 99 Capellán del Carmen alto. En 1900 del Hospital de san Juan de Dios y en octubre de 1901 de la Providencia.
En Septiembre de 1902 fue enviado por el Arzobispo González Calisto de Promotor Fiscal a Guayaquil, permaneciendo hasta marzo de 1904 en el puerto. “A su vuelta a Quito dictó conferencias sobre la autenticidad de los evangelios, materia por vez primera tratada en el Ecuador”, que se publicaron en 1908 en el Boletín Eclesiástico, refutando las doctrinas del Abate Loisy.
A mediados de 1904 viajó a Roma a cursar Derecho Canónico y se doctoró en 1906, de suerte que fue tres veces doctor. Ese año tuvo a cargo el curato de Machachi y después el de Pelileo y pronunció la Oración Fúnebre por el primer aniversario de la muerte del Belisario Peña, editada en 25 págs, al año siguiente.
En 1907 ganó el Concurso de la Biblia Teologal y una Canongía en propiedad en la Catedral de Quito. En 1909 dio a luz su discurso sobre “La Religión y la Patria” en 20 págs, al conmemorarse el centenario de la independencia.
“Era uno de los más notables sacerdotes de la iglesia ecuatoriana por su formación intelectual clásica, moral dogmática y por su naturaleza serena, benévola y obediente, que se deslizaba con seguridad y sin tropiezos por los cauces políticos que imponía la Curia romana, entonces prisionera de la monarquía italiana y sin encontrar soluciones para los terribles problemas sociales de occidente”.
De la Torre gustaba seguir las normas, nunca cambiarlas. Sus estancias en Roma le habían enseñado que el catolicismo era como religión una alta y severa expresión individual no colectiva y como supremo poder terrenal estaba llamado a dirigir a los gobiernos. Por ello su vida fue una constante lucha por obtener la supremacía de la Iglesia sobre el Estado, al que desdeñaba, negándole todo derecho e ingerencia para tratar o reglamentar materias que él creía de exclusivo patrimonio de la iglesia. I si a esto se agrega que vivía inmerso en las sutilezas teológicas, dentro de un mundo que fluía cada vez más presuroso buscando cambios y progresos; de la Torre, como autoridad eclesiástica, estaba llamado a ser una figura retrógrada por tradicionalista.
Mientas tanto el Arzobispo González Suárez comenzaba a reestructurar las dignidades vacantes en la iglesia ecuatoriana desde la revolución liberal de 1895; había preparado nuevos sacerdotes en el exterior, unos regresaban ortodoxos como de la Torre y otros, asimilando las nuevas tendencias sociales de León XIII, llegaban con criterios renovadores o con visiones menos estrechas. Se abría una nueva etapa para la iglesia ecuatoriana y el 30 de diciembre de 1911 de la Torre fue designado Obispo de Loja en reemplazo de Monseñor Massiá y Vidiella muerto en el exilio. Su consagración tuvo lugar el 21 de mayo siguiente con inusitada pompa, en la Catedral de Quito.
En Loja creó escuelas “porque la educación católica debía ser el germen de la renovación espiritual y material del Ecuador” y en Loja se mantuvo hasta el 21 de Agosto de 1919, en que el nuevo Arzobispo de Quito, Manuel María Pólit Lazo, lo designó Obispo de Riobamba y tomó posesión de su sede poco tiempo después.
El 18 de abril de 1923, a cinco meses de los trágicos sucesos ocurridos en Guayaquil el 15 de noviembre (la masacre en las calles de pueblo y obreros) publicó una Carta Pastoral sobre el socialismo, calificando a los obreros de Guayaquil de respirar odio como los socialistas, que viven y se sustentan del odio (sic.)
En 1926 un joven escritor conservador creyó del caso, dado que el fascismo avanzaba en Europa y la revolución Juliana había concluido con los regímenes liberales en el Ecuador, consultarle si la Iglesia podría reclamar en la próxima Constitución la supremacía de la religión católica y la restauración de los imprescriptibles derechos de la verdad o por el contrario acatar el laicismo. El Arzobispo Pólit Lazo se hallaba ausente del país y de la Torre, fiel a su ortodoxia, no consideró la trascendencia de la consulta ni sus posibles consecuencias políticas que indudablemente dividirían a los católicos ecuatorianos y dijo que ni siquiera cabía dudar al respecto; pues, el laicismo era doctrina del demonio y que había llegado el momento de la acción. Poco después Pólit Lazo volvió a Quito y actuando con toda cautela no se pronunció al respecto, de donde surgieron las dos tendencias, una flexible con el Arzobispo y la otra dura con el prelado de Riobamba.
Ese año falleció prematuramente en Guayaquil el Obispo Andrés Machado a causa de tuberculosis. De la Torre fue designado Administrador Apostólico de esa Diócesis, visitando el puerto en septiembre para celebrar la festividad de Cristo Rey en el interior del American Park, porque la Intendencia le negó el permiso para hacerlo en un lugar abierto. En noviembre regresó a Riobamba encargando al Dr. Adolfo María Astudillo Morales la Vicaría General. Pasó en Riobamba el invierno de 1927 y a fines de Marzo le llegaron las Bulas, celebrando la Semana Santa con notable recogimiento.
En Mayo viajó a Quito para hacer su Profesión de Fe y los ejercicios espirituales y habiendo retornado a despedirse a Riobamba, entró en Guayaquil el 18 de junio en medio de general expectación, apareciendo varias veces en el balcón del Palacio ante las aclamaciones reiteradas de varios cientos de fieles.
Se vivía en el puerto un clima de marcado anticlericalismo. La Masonería era activa y aún poderosa económica y socialmente, los hombres no acostumbraban oír misa, algunos solo lo hacían por acompañar a sus esposas, permaneciendo al fondo de las iglesias y de pie. Casi ninguno se arrodillaba porque era mal visto; en fin, a consecuencia de las luchas religiosas de García Moreno, seguía manteniéndose latentes antiguas odiosidades y pendencias y así se continuó hasta el final de la década de los años 50 en Guayaquil, en que con el triunfo de Fidel Castro y la instauración de la revolución socialista en Cuba todo cambió y se acabó la división entre Liberales y Conservadores para dar paso a la de Comunistas y Anticomunistas.
La Curia no contaba con fondos ni rentas y la población sufría una aguda crisis económica por la baja de la producción cacaotera y el cierre del Banco Comercial y Agrícola. De todas maneras empezó su gestión con aquella fuerza interior que sabía poner en sus actos y renovó la consagración de la República y de la Diócesis guayaquileña a los corazones de Jesús y María, acto que fue vigilado por la policía y considerado como de carácter eminentemente político; fundó el Seminario Menor de Santa Teresita del Niño Jesús que sin embargo tuvo corta duración y asumió la dirección de la “Acción Católica”.
En 1928 editó “La Libertad de Enseñanza ante la razón y el derecho” tratando de contrarrestar la acción anticatólica de las autoridades y de la prensa que luchaban por un laicismo integral, impidiendo la enseñanza católica en las escuelas públicas y la realización de actos litúrgicos en los centros de la urbe (2)
Las señoras de la Acción Social Católica guayaquileña se pusieron a las órdenes de De la Torre para celebrar por primera vez la fiesta de Cristo Rey en la iglesia San José a puertas cerradas, pero el Administrador Apostólico pesando los pro y los contra, comenzó a hablar de hacer una Concentración católica en el American Park (hoy Parque Guayaquil, ubicado frente al Tenis Club). Pero junto a la gran concentración surgió la idea de “pedir a los católicos de Guayaquil que pusieran, en sus balcones y ventanas la imagen de Cristo Rey”. “Si la ley prohibía el culto público, nadie podía prohibir que sus casas se volvieran un altar de Cristo Rey”.
En la noche del 30 de Octubre de 1926, la ciudad se transformó en un nido de luz. Los altares y la gran concentración del American Park le dieron la oportunidad de declarar: “Veo al noble, hidalgo y católico pueblo de Guayaquil, representado por personas de todo sexo, edad y condición social postrarse de hinojos ante el altar, adorar reverente a Jesús oculto en el Santísimo Sacramento, y reconocerlo como a su Señor, aclamarlo como a su Rey, adorarlo como a su único y verdadero Dios…”
I en Guayaquil se hubieran perennizado de Obispo con general aceptación, de no haber ocurrido el súbito infarto del Arzobispo Pólit Lazo el 28 de octubre de 1932 en circunstancias en que bajaba las gradas del edificio de la Cancillería, tras fuertes discusiones en la Junta Consultiva del Ministerio de Relaciones Exteriores.
El 15 de noviembre siguiente pasó a Vicario Capitular del Arzobispado, el 8 de septiembre de 1933 fue preconizado X Arzobispo de Quito y el 8 de Diciembre tomó posesión Canónica de esa Arquidiócesis.
Entonces dio impulso a su Biblioteca que llegó a tener casi 15.000 volúmenes pues era un gran lector que dedicaba no menos de tres horas al día a ese menester; pero, fiel a su formación, prefería las arideces filosóficas, teológicas y dogmáticas a las obras históricas o literarias que sin embargo no desdeñaba. Sus anaqueles de libros siempre estaban bien organizados y actualizados en lo posible. En eso sucedió que en septiembre de 1935 el Ing. Federico Páez fue proclamado dictador por el Ejército y comenzó un periodo de reforma y de nuevas leyes como las de Divorcio, de los Hijos y de las Personas de Derecho Público. De la Torre se opuso obstinadamente a ellas reclamando por la prensa y “negándose con los conservadores a formar parte de la Junta Consultiva del Ministerio de Relaciones Exteriores mientras no se volviera a la normalidad constitucional”. Páez le tenía una antipatía marcada porque su condición de hijo ilegítimo en alguna desafortunada ocasión había sido insinuada por de la Torre y reservadamente exigió su inmediata sustitución del Arzobispado; pero varios amigos de la Curia, asustados por el mal cariz que iban tomando los acontecimientos, intervinieron para que viniera de Lima el Nuncio Fernando Cento, quien pasó por alto la autoridad del Arzobispo y discutió directamente con la cancillería ecuatoriana un “Modus Vivendi” que terminó la pugna y si bien es cierto que de la Torre no fue tomado en cuenta y que esto significó una virtual censura a su política de mano fuerte y de intransigencias, cabe mencionar que el abogado asesor de Cento era el Dr. Julio Tobar Donoso, confidente del Arzobispo y nexo entre ambos prelados.
De todo esto se concluye que los sucesos del 36 pudieron ser fatales para los intereses de la religión Católica en el Ecuador y que sólo merced a influencias pudo solucionarse la crisis, sagaz fórmula ideada por Carlos Manuel Larrea, Canciller del Ecuador al servicio de la iglesia, conservador que se decía liberal por ser de la escuela del difunto Pólit Lazo; sin embargó, de la Torre no cogió experiencia, pues su criterio socio político “se había quedado estático frente al gran clamor de voces exteriores. Equivocaba rumbos y no buscaba soluciones sociales, cegado por la batalla contra un laicismo que ya se había impuesto en el mundo”.
En el plano laboral apoyó la celebración del Congreso Nacional de Obreros católicos en septiembre del 38 en Quito que presidió Pedro Velasco Ibarra, donde se resolvió que la clase obrera era colaboradora de los capitalistas y que la lucha de clase es criminal e inútil. Fundada la “Confederación Ecuatoriana de Obreros Católicos CEDOC como apéndice de la Iglesia y por supuesto del Partido Católico o conservador, batalló por la implantación de una sociedad estratificada, a base de la corporación entre patronos y obreros que deben unirse en función social por sus intereses comunes, para hacer el bien. Modelo que no era nuevo en el mundo como lo anota Patricio Icaza en su Historia del Movimiento Obrero Ecuatoriano, pues había sido tomado de la dictadura de Miguel Primo de Ribera en España, copiado a su vez de la famosa “Carta de Laboro” del Duce Benito Mussolini en Italia.
Como secuela de esta política fascista el 20 de diciembre de 1939 instituyó una comisión de historiadores como trabajo previo para la iniciación del proceso de beatificación de García Moreno, “mártir del Derecho Cristiano” y no faltaron los cándidos que tomaron en serio este adefesio, entre ellos el jesuita Severo Gómez-Jurado, que comenzó a escribir una biografía anecdótica del tirano, en trece tomos, con datos muy interesantes aunque plena de milagrerías, algunas de las cuales – por infantiles – son dignas de una hagiografía.
Durante la invasión Peruana de 1941 pronunció dos Alocuciones patrióticas y por sus visitas a la frontera fue condecorado por el Canciller Tobar Donoso “en un acto solemnísimo que se efectuó el 28 de octubre de aquel año singularmente trágico, en el que el país tenía ocupadas dos provincias”.
En 1942 apoyó la fundación de “Acción Revolucionaria Nacional Ecuatoriana”, ARNE grupo falangista y anti soviético que propugnaba la reconstrucción del Imperio español como en la época del Emperador Carlos V.
En 1943 coronó a la Virgen del Quinche y se opuso a la celebración del Congreso de Trabajadores de la Confederación Obrera Ecuatoriana COE por considerar que era un acto pro comunista. El Régimen de Arroyo del Río se unió a ese boicot y la policía secreta realizó numerosas detenciones de obreros. En 1947 intervino activamente en la designación de Carlos Julio Arosemena Tola para la Presidencia de la república cortándole el paso a Francisco Arízaga Luque lider nacional del 28 de mayo del 44. El 1950 asistió a los festejos del año Santo en Roma y a los de la Canonización de Mariana de Jesús.
El 12 de Enero de 1953 fue elevado por Pío XII a la “Sagrada púrpura cardenalicia”. Con tal motivo el Papa le manifestó ”Le ha tocado luchar, le ha tocado luchar,” y fue respondido – Santísimo padre, cuarenta años de episcopado, y cuarenta años de lucha.
Ese fue su mejor momento. Tenía setenta y nueve años de edad pero aún se hallaba sano y animoso. Entonces se incorporó en Madrid a la Real Academia Española de la Lengua y publicó “Catolicismo y Ecuatorianidad” en 162 págs. y en 1954 “Problemas Religiosos y Problemas Nacionales” en 300 págs, con doctrinas anticuadas.
En Julio del 55 concurrió con el Nuncio Opilio Rossi y varios Obispos ecuatorianos al I Encuentro Internacional de Obispos de Latino América celebrado en Río de Janeiro, que tuvo como consecuencia la creación del CELAM con sede en Bogotá. Allí sucedió que el Obispo de Ambato, Bernardino Echeverría, habló con el Cardenal Adeodato Piazza, poderoso Prefecto de la Congregación Consistorial hoy llamada de los Obispos, para que – dado el gigantesco crecimiento de Guayaquil – sea elevada a la categoría de Arquidiócesis. Piazza aceptó la propuesta y pidió que a través del Nuncio la Conferencia Episcopal le envíe la correspondiente solicitud. Al día siguiente Echeverría y Rossi no sabían como contarle este pedido a de la Torre, pues podría pensar que le estaban serruchando el piso o que dada su proverbial intransigencia, pudiera salirse de las casillas. Finalmente, tras muchos rodeos, se lo dijo Echeverría y luego de un momento de expectante silencio, de la Torre aceptó porque según dijo, el titular de Guayaquil era un santo. Respuesta falta de toda lógica, que no tenía nada que hacer con el pedido – dirigido a prestar un mejor servicio a Guayaquil y no a honrar a su distinguido Obispo – que dejó anonadados a los prelados. De entonces debe ser la sabrosa anécdota que me ha referido Hernán Rodríguez Castelo.
Los jesuitas del Colegio San Gabriel invitaban cada cierto tiempo al Arzobispo. La mañana de la visita éste recorría el plantel, opinaba de lo que veía, era presentado en un balcón del primer piso alto al alumnado, que permanecía reunido en el patio, daba un discurso o arenga y luego almorzaba con los dómines en franca camaradería. Pues bien, en cada ocasión su intervención terminaba con un juramento: ¿Juráis alumnos dar la vida por la Santa Religión Católica? Los aludidos gritaban al unísono: ¡Si. Juramos¡ A la siguiente visita era lo mismo y así sucesivamente, hasta que los más grandecitos del sexto y quinto cursos, que siempre son los más juguetones, cansados de tanto juramento, empezaron a gritar ¡No carajo¡ ¡No juramos¡ despertando las iras de los profesores, que jamás esperaban escuchar tan desaguisada respuesta, pero como de la Torre estaba bastante sordo, no pasaba nada.
El 12 de Diciembre de 1957 volvió a mover el asunto de la Canonización de García Moreno y como la crisis religiosa entre la iglesia y el estado se había superado a través del “Modus Vivendi”, las gentes ni protestaron ni aplaudieron y algunos hasta se rieron del despropósito.
Ese año se celebró el I Concilio plenario de la Iglesia Ecuatoriana. De la Torre se hallaba con sus facultades muy disminuidas, totalmente sordo, la arteriosclerosis le había avanzado. En las Sesiones de las Junta Consultiva del Ministerio de Relaciones Exteriores hacia unos papelones que llamaban a risa. En una de ellas se trató de la necesidad de celebrar una semana Amazónica a nivel nacional y como oyó mal, saltó de su asiento y gritó indignado con esa vocecita aguda que le caracterizaba ¡Masónica no¡ causando la natural sorpresa en los concurrentes. Antonio J. Quevedo, que se hallaba a su lado, tuvo que gritarle al oído que la famosa semana no iba a ser Masónica sino Amazónica. ¡Ah, entonces está bien¡ fue la respuesta y todo volvió a la normalidad.
Poco después empezó a enviar en su reemplazo al Tesorero de la Curia, Angel Gabriel Pérez, sujeto gris y desteñido, conocido chulquero que acostumbraba dar préstamos sobre el dinero de la Curia a intereses elevados. Los miembros de la Junta tuvieron que soportarle a desgano durante varios años y solo por cortesía; pues, aparte de su poca ilustración y mucho fanatismo, era de unas torpezas increíbles. En este deslustrado Canónigo, el valetudinario de la Torre, en su larga declinación, había depositado toda su confianza, al punto que era el verdadero poder tras bastidores.
En 1958 falleció luego de larga enfermedad Pío XII. De manera que nuestro Cardenal de la Torre asistió a los funerales y permaneció para el Cónclave que eligió a Juan XXIII. El 2 de Diciembre envió una carta a un diplomático guayaquileño que diez años antes nos había representado ante el Vaticano – Lisímaco Guzmán Aspiazu – que en su parte medular dice: Me valgo de esta oportunidad para participar a Ud. que el Excelentísimo señor Cardenal Miccara me encargó para Ud. un pañuelo con el cual enjugaron el sudor agónico del santo Pontífice Pío XII. Como Ud. comprende, este obsequio es soberanamente valioso y yo no lo puedo confiar al correo. Sírvase, pues, enviar a Palacio una persona de su confianza para que lo reciba y haga llegar con toda seguridad a las manos de Ud. f) C. M. Cardenal de la Torre.
La Iglesia había tocado fondo en cuanto a inmovilismo pues hasta se santificaba a los papas como si fueran budas y las preocupaciones eclesiásticas se habían alejado de los gravísimos problemas de la humanidad, más bien se idealizaban pequeñeces, como el sudor agónico, asuntos intrascendentes propios de los tiempos del medioevo europeo, donde las reliquias jugaban papel mágico en detrimento de la ciencia que estaba en ciernes, de manera que Juan XXIII al convocar el II Concilio Vaticano en 1962 hizo bien, pues se requerían correctivos inmediatos y muy serios.
Ese año 62 concurrió a la primera etapa del Concilio Vaticano II pero no actuó y tuvo que regresar antes de que concluyeran las sesiones, a causa de su mala salud pues vivía casi imposibilitado por la arterioesclerosis. Al respecto cabe indicar que el lugar donde se ocultaban los restos de García Moreno era un secreto que solo lo conocía el jefe de la Iglesia ecuatoriana, quien era enterado por su antecesor, de esta forma se había venido guardando celosamente la información. Mas, es el caso, que De la Torre – tras un derrame sufrido – del que solo se repuso a medias, había perdido la memoria y no recordaba nada. Su sucesor Pablo Muñoz Vega tuvo que designar una comisión compuesta por Juan Larrea Holguín y Francisco Salazar Alvarado, para que inicien la búsqueda del sitio preciso, lo que se logró tras muchos intentos.
En 1964 Pablo VI le concedió un Obispo Coadjutor y el 24 de Julio de 1967 presentó su renuncia a los noventa y un año de edad pues estaba postrado. Falleció a las 4 y 27 de la madrugada del 31 de Julio de 1968, de noventa y cinco años de edad, siendo sepultado con lentes, en la Cripta del Monasterio de las religiosas de la Concepción de Quito.
Blanco, de estatura menos que mediana, nariz y orejas muy grandes, gestos inteligentes y enérgicos a la vez que simpáticos y hasta tiernos. Hiperactivo y erudito en sus materias, fue un carácter y un relieve, justamente por su intransigente actitud y por su largo periodo de actividad al frente de cuatro diócesis donde sobrellevó situaciones difíciles y conflictivas, pero prolongó inútilmente las pugnas de su época y desde 1959, en que el Castro comunismo incidió en la vida latinoamericana y por ende en la ecuatoriana, fue una simple figura decorativa sacada de un pasado político que se desdibujaba velozmente para dar paso a una nueva temática – la comunista y la anti comunista – pero entre otros logros cabe resaltar que con el padre Aurelio Espinosa Pólit y Julio Tobar Donoso le correspondió fundar la Universidad Católica de Quito.
Como una muestra de su pensamiento se copia a continuación su oración por la Patria dirigida contra inexistentes enemigos de la religión, en un País enteramente católico como el Ecuador. La pugna en materia política, en cambio se producía entre los gobiernos liberales y las formas teocráticas de los regímenes conservadores y progresistas anteriores a 1895, algo muy diverso.
ORACION POR LA PATRIA
Compuesta por Carlos María de la Torre
Levántate y defiéndenos, Señor
Dios de los ejércitos,
suscita hombres poderosos
en obras y palabras,
que alcancen victoria
contra tus enemigos.
Despliega ¡Oh Jesús!
el estandarte de tu Santa Cruz
y defiende por ti mismo
tu preciosa herencia.