THORNE: Jaime


Don Simón y doña Maria hallan en Quito un hombre que carece de prejuicios; como médico goza de amplio prestigio como sajón es caballeroso, recto, sincero. Sus riquezas le permiten llevar una vida muy holgada y de amplia relaciones sociales. Su edad, cuarenta años, para su raza significa juventud; su catolicismo frío, indiferente, no es óbice para una estimación sincera. Conoció a Manuela, probablemente, en alguna ocasión en que fue a recetar en casa de su madre, o en la calle, en cualquier parte. Es el doctor Jaime Thorne. (James Thorn Queda concertada la boda para mediados de 1817. Nice O’Leary: «El, cada día la amaba más; tuvo para ella una inextinguible pasión, que ni el tiempo pudo destruir». Su locura llega a admitir una exigencia eclesiástica, la ceremonia ha de celebrarse y se celebra con misa, a la que asistió gran número de invitados. Son las presiones de la época, además. Después de la misa sigue la fiesta en la casa de doña Maria, con danzas y licores, al compás de una orquesta de bandolines y guitarras; luego, al amanecer del día siguiente, en casa de Simón Sáenz; y por último, al tercer dia, en casa del padrino principal o de la madrina más destacada, puesto que son varios los unos y las otras. Solo al cabo de tres días y tres noches se permite que los novios se entreguen al secreto de su amor, en la hacienda Catahuango, adonde van a bailar la última “contradanza” todos los asistentes medio agotados ya, medio incapacitados para cabalgar.
Coro hombre usted es pesado; la vida monótona está reservada a su nación. El amor les acomoda sin placeres; la conversación, sin gracia, y el caminar, despacio; el saludar, con reverencia; el levantarse y sentarse, con cuidado; la chanza sin misa. Yo me río de mi misma, de usted y de estas seriedades inglesas. Los ingleses me deben el concepto de tiranos con las mujeres, aunque usted no lo ha sido conmigo, pero si más celoso que un portugues. el inglés, entonces, acude a su espíritu práctico. Arregla negocios comerciales con Simón Sáenz, vende las pocas cosas que le quedan y resuelve ir a instalarse en Lima.

El doctor Thorne compra una bellísima casa, amplia, bien adornada, rodeada de jardines, y algo más tarde una hacienda. Todo indica la determinación de radicarse en la capital peruana definitivamente. Hasta ahora ella había dominado completamente en el espíritu del inglés, pero se había iniciado, probablemente por ostensible intransigencia de Manuela, un periodo de malos tratos que ella no podía tolerar. Es presumible que por entonces haya comenzado la afición de Thorne a la bebida alcohólica, en cuya excitante lubricidad morirá años más tarde, tristemente asesinado. La salud de su madre, por otra parte, siéntese notablemente y cada día retrocede, lejos de reaccionar con los cuidados en extremo solícitos del doctor Thorne