Spruce Richard.

Hacia finales de 1856 el botánico inglés Richard Spruce, que se encontraba en la Amazonía peruana recibió una cortés pero terminante orden de Su Majestad Británica, de proceder, sin dilación, a coleccionar una gran cantidad de semillas y plantas de quina, para enviarlas a la India; misión casi imposible, dadas las condiciones geográficas e históricas.
En la época victoriana Inglaterra se convirtió en la señora y dueña de los mares. Sus barcos y huestes se encontraban en todos los continentes, pero la malaria o paludismo limitaba sus conquistas, en las regiones tropicales sobre todo del África y del Asia.
Se había producido, en el mundo, la “crisis de la quina y la quinina”. Los bosques cascarilleros de Loja estaban en extinción, España afrontaba difíciles momentos frente a Francia y su comercio internacional sufría las consecuencias.
La demanda de la quina y su alcaloide, la quinina, se había incrementado desmesuradamente, pues se convirtió, sobre todo en España, en una especie de panacea que se utilizó no sólo para curar el paludismo sino hasta para el dolor de cabeza y los entuertos. La propia España, “dueña” de la quina, ya en 1794 tuvo que comprar 9500 libras, al escandaloso precio de 23 reales de vellón por libra para destinarlas sobre todo a los ejércitos que combatían contra los franceses.
En tales circunstancias para Inglaterra era impostergable disponer de quina en propiedad, y no depender de otros para la provisión de tan precioso medicamento. Los técnicos, que nunca faltan, aconsejaron cultivar la quinia en varios sitios de la India. Les parecía que el clima y el suelo eran parecidos a los del país de origen.
El gobierno inglés a más de ordenar a Spruce la consecución de semillas y plantas, instruyó a su cónsul o delegado en Guayaquil, el señor Cross, de cubrir los gastos indispensables y hacer cuanto sea posible para el éxito de la misión.
Spruce, ya en el Ecuador, llegó a la conclusión de que era imposible enviar desde las montañas de Loja las semillas y plantas solicitadas. La alternativa era buscar algún lugar en los flancos occidentales de la cordillera occidental, lo más cercano a un río navegable mediante balsa. Descubrió asimismo que las haciendas que tenían pequeños bosques quineros pertenecían al general Juan José Flores que hacía poco, llamado por García Moreno, había regresado al país a dirigir el ejército. Otras pertenecían a la curia, arrendadas al Dr. Neira. Finalmente descubrió que en Ambato vivió el Dr. Taylos, inglés y antiguo médico del general Flores, cuando este ocupó la presidencia de la república.
Las negociaciones con el general Flores y el Dr. Neira fueron largas y difíciles, pero gracias a la mediación del Dr. Taylor y de 400 dólares, se arregló el negocio y Spruce fue autorizado para sacar todo lo que quisiera en semillas y plantas, pero ni una sola corteza.
Spruce, aunque gran botánico, nunca había sembrado una semilla ni de trigo ni una estaca aunque fuera de geranio. En un año se convirtió en el primer experto en sembrar semillas de quina y reproducir por estacas. El señor Cross, quien vino en su ayuda, gastó 15 días en navegar en canoa, aguas arriba, desde Guayaquil; así era el transporte de la época.
Llegó el esperado día de tener todo listo. Construyeron una gran balsa y en ella transportaron más de 100000 semillas y más de 600 plantas reproducidas por estacas. En Guayaquil estaba ya el barco de vapor, una maravilla de la época, para llevarse ese tesoro. Pasaron unos meses y las plantas llegaron “vivas y coleantes” a la India. Fueron sembradas y las semillas germinaron pronto. Todo fue a pedir de boca en los primeros años hasta que llegado al séptimo se encontraron con que los técnicos se habían equivocado. Los sitios escogidos eran muy secos y los árboles no se convirtieron en los esperados bosques. El ensayo fracasó, pero Spruce demostró que las semillas germinaban con facilidad, que las plantas crecían en condiciones apropiadas y que había la posibilidad de reproducirlas por estacas, experiencia invalorable que sirvió a los holandeses que luego llevaron semillas de Bolivia, cultivaron en Indonesia y se apropiaron del comercio mundial de la quina.
Aquí se aplica el dicho popular de que nadie sabe para quién trabaja.