Rivadeneira Nicolás.

El Canónigo D. Nicolás Rivadeneira era uno de los pocos que, en Quito, deploraban, con toda severidad, la suerte del desventurado Ecuador. Oímosle la relación de las entrevistas que tenía con el Arzobispo Sr. Checa, acerca de convencer al Papa que García Moreno era perverso: “Es imposible. No lo cree ya se lo he dicho” era la respuesta del Prelado. Con las últimas iniquidades del tirano, la indignación del Dr. Rivadeneira había llegado al colmo, y la daba a conocer donde se hallaba. Los secuases, el clero servil, sobre todo, noche y día informaban al déspota de la vida íntima de todo ecuatoriano. García Moreno mandó llamar al Canónigo al Palacio. El Dr. Rivadeneira, enérgico y determinado, como pocos, entró con calma, resuelto a comportarse con la mayor circunspección. “Ahora no me negará Ud. le dijo el Magistrado. Siempre está Ud. con que yo no me meto, todas son mentiras, todas son calumnias, agregó remedándole. Ud. ha sido cómplice en la conspiración de Maldonado”. Se le subió la mostaza a las narices al Canónigo, al ver que el tirano le remedaba, en voz y modales. Encendiósele el semblante, y dijo: “Uno vino a hablarme de la conspiración a que Ud. se refiere; pero yo le respondí con las siguientes palabras textuales: “sufriría yo diez años de tiranías del Sr. García Moreno, y no diez días de la del Gral Maldonado”. ¿De manera que yo soy tirano? 1 ¡Es Ud. un insolente, Canónigo!” “¿Insolente yo? Ud no es sino un muñeco del tirano”, exclamó el Dr. Rivadeneira, en tono furibundo, y levantando las manos hasta el rostro del otro. “Agradezca Ud. a estos trapos, a estos hábitos; sin ellos, en nombre de mi Patria, le metería un puñal en el pecho. Retirábase indignado, y García Moreno le seguía, insultándole furioso, en el lenguaje más procaz e indecente. Todos los Ministros y empleados salieron a los andenes, a las voces. “¡Miserables esbirros!”, prosiguió el Canónigo. “Estos son la causa de todo, y tiemblan cuando ven furioso al amo”. Continuó la zaragata, hasta que el tirano ordenó aprehendieran al Canónigo y le colgaran en la barra de grillos. Días después salió de la barra el Canónigo, y fue enviado, con escolta, a la frontera Colombiana.

En Ipiales permaneció pocos días, y volvió, sin autorización del tirano, quien, sorprendido al encontrarle en Quito, no hizo sino saludarle cortésmente. Poco después concurrieron ambos a un banquete en el Palacio Arzobispal; y García Moreno buscó con la mirada, al Canónigo, y le invitó a tomar una copa.