Ramírez de Arellano Jacinta.

Doña Jacinta Ramírez de Arellano, hija de Don Pedro Ramírez de Arellano, natural de la ciudad de Toro y de Dolña Bernarda Román, natural de la villa de Zaruma (3). Se casaron en Zaruma el 1º de Agosto de 1618.

Don Pedro era Depositario General en la ciudad de Toro. En Zaruma fue Alcalde Ordinario y Teniente de Corregidor, Receptor de la Real Hacienda y anteriormente había desempeñado el Oficio de Alguacil Mayor y Familiar del Santo Oficio (1). Cuando se casó con Doña Bernarda Román recibió en dote y casamiento cuatro mil pesos de a ocho reales. Fueron sus padrinos Don Diego Román y Doña María Blacio. Actuaron como testigos Lázaro Recio y el Capitán Fernando de Espinosa. Los desposó el cura párroco Félix de Bolívar (6).

Durante su matrimonio tuvieron muchos hijos; los que estaban vivos entonces eran diez: Don Antonio, Don Diego, Doña Marcela, Don Luis, Doña María, Don Tomás, Doña Inés, Doña Jacinta, Doña Ana y Don José Ramírez de Arellano (7)

(1) Don Diego Ramírez de Arellano, natural de la ciudad de Toro y Doña Constanza Ramírez de Osorio, nacida igualmente en la ciudad de Toro. Habiendo ordenado el Rey, por una cédula de 1631, que se vendiese el título de Provincial de la Sta. Hermandad, se sacó a pregón en Zaruma, y se remató en Don Diego Ramírez de Arellano en 450 pesos de a ocho reales. Con el testimonio de que había pagado la mitad y, previa la fianza de que pagaría la otra mitad, el Virrey, Conde de Alva de Aliste, le hizo merced de este oficio el 21 de Febrero de 1656, con que obtuviese confirmación dentro de seis años. El 6 de Agosto de 1659, el Rey le concedió el oficio de por vida, a condición de que el salario que había de gozar fuese el cinco por ciento del precio que dio para el oficio, es decir, 6,120 maravedieses. Le concedió licencia para que llevase vara y espada y para que tuviese voz y voto, así como asiento de Alcalde Mayor en el Cabildo de Zaruma. Le ordenó pagar a su tiempo la otra mitad. De otra manera, mandó al Cabildo que le quitasen la provisión Real y que no se la volviesen hasta tener constancia de que había cumplido con este requisito (1).