Ramírez Dávalos Gil

-1-

Después de la muerte de don Antonio de Mendoza, Marqués de Mondéjar, y después de la huída y casi fracaso en el Gobierno del Corregimiento del Cuzco, Gil Ramírez Dávalos cavilaba con la suerte. El Marqués de Cañete escarmentó a quienes le habían vilipendiado en el Cuzco, y le premió con el ascenso a Gobernador, Justicia Mayor, Capitán General y Alguacil de Quito, Portoviejo, Guayaquil, Loja y Zamora, ciudades del distrito del Reino de Quito. (9 y 15 de Septiembre de 1556).

A la verdad no sólo fue llamado sino que el Marqués de Cañete le «rogó» prestar la colaboración como «hombre de bien y de buena conciencia», en la restauración general, esbozada para su Virreinato. Le «rogó» su presencia en Quito y agenciar la «reforma», y le confirió el honor de fundar la ciudad de Cuenca como un homenaje a su ciudad natal, por ser la «costumbre de los que pueblan llamarlos de donde son». Leal vasallo del prudentísimo Antonio de Mendoza, su confidente y favorito, en su compañía había cruzado el mar hacia México, al tiempo en que Francisco Pizarro en el Sur consolidaba sus venturosas conquistas (1535). No le desamparó desde entonces el buen primer Virrey de México y segundo del Perú. En la señorial casa de este Marqués y Conde había crecido como mienbro hidalgo de la servidumbre de categoría y bien nacida de la conventual Baeza. Consagróle, en efecto, diez y seis años de fiel servicio en toda la carrera virreinaticia, en Nueva España y el Perú. Cuando arribó a México era gallardo mancebo, bien plantado, juicioso y dinámico. Guerreó contra los Aztecas. Tremenda pedreda en las breñas de Nuchistlan (Jalisco) le deformó la boca. Sin dientes ha de vivir como honrosa lacra de valor. Si, en 1546, estaba presto para acudir ante el visitador don Pedro de la Gasca y reforzar la campaña contra los sediciosos pizarristas, en 1551, por designios de la fortuna y junto siempre a Antonio de Mendoza, pasó al Perú y arribó a Lima. Raudo es el paso de su señor Virrey. Le sorprende la muerte. Ramírez Dávalos es el Albacea y piensa vivir no lejos de las cenizas de su benefactor. Apreciando sus méritos, jerarquía y prestancia, en instantes de su desesperanza. La Audiencia Gobernadora le encomendó el Corregimiento del Cuzco con el encargo de implantar las Ordenanzas de Carlos V y Consejo de Indias, de protección a los indios. Los Indios del Cabo Pasado para arriba hacían de las suyas, arrojando a las borrascas del mar el yugo español, y los negros cimarrones de Esmeraldas se habían instalado en aquelarre para no dejar vivo cristiano que atinase a pasar por sus exuberantes costas. El diligente y nuevo Gobernador de Quito resolvió pacificar a unos y otros, usando los más prudentes medios de conciliación. En sus gestiones le acompañaba el Lic. Francisco Falcón, hábil letrado. Gastó casi dos meses en estas correrías, necesarias para la limpieza del tráfico español de la costa del Reino de Quito. En los últimos días de Marzo de 1557, abandonó Quito, dejando de Teniente al Lic. Falcón. Le acompañaron: el Escribano Mayor Antón de Sevilla, curial de Buena Pluma y prestigio; Pedro Muñoz Rico, Fiscal del Rey; el lucido encomendero, industrial molinero, Tesorero por antonomasia, Rodrigo Núñez de Binilla; y, otro encomendero, Nuño de Valderrama. Arribó al asiento de Tomebamba para dar cuanto antes cumplimiento estricto y fiel a la voluntad y decisión virreinaticias, en relación con la comisión de fundar la ciudad de Cuenca en la «Provincia de los Cañares». Da instrucciones, allana dificultades, revisa actos no sólo como Gobernador sino como Guarda Mayor de la ciudad, y se avienta, en Enero de 1558, a paso apresurado, por abruptas espesuras, a visitar Zamora. Resolvió transmontar la cordillera de Guamaní, al este de Quito, y sentar las bases de la civilización en los ariscos horizontes orientales, en forma perpetua. Salió con su expedición en Mar de 1559, y el 14 de Mayo fundaba en el Subtropical Valle de Cozanga la ciudad de Baeza, a imitación de Cuenca. El Virrey le confirmó despachos, además, de