NOBOA Y CAAMAÑO: Ernesto


NOBOA Y CAAMAÑO ERNESTO (1889-1927)
Nació en Guayaquil, el 2 de agosto de 1889. «Sólo morfina era capaz de quebrar la agotadora agitación de neurosis. Oscuramente se extinguió una armoniosa vida de hombre que se sintió perennemente acosado por el splin» anota Hugo Alemán, poeta y escritor, amigo suyo.
Recorre Francia y España buscando fortalecer su mente, pero, es una vida, irremediablemente, perdida. No quiere luchar y superarse, desde el principio se halla derrotado torturado: «Oh dolor insondable, desolada amargura de no hallar en la senda ni la flor de un cariño, y sentirse comienzo de la jornada dura, con cerebro de viejo y de niño». Fue hijo de una familia acomodada que se abandonó por caminos nada fáciles, prefirió la soledad de su mundo a los placeres de la vida.
Su poema «Emoción Vesperal» marca toda una época en nuestro país. Es la nostalgia por el pasado, una invitación a soñar y alejarse dulcemente. En la poesía de Noboa y Caamaño se advierte la influencia de Samain, Verlaine, Baudelaire. Su producción se halla recogida en «Romanza de las Horas» que publicó el poeta en 1922. Cinco años más tarde desaparecería trágicamente (7 de diciembre de 1927).
Muchas de las composiciones de Noboa y Caamaño las canta el pueblo, siendo uno de los poetas ecuatorianos mayormente difundidos; sus versos escritos bajo la influencia de la morfina y el anhelar de la angustia, «revestidos de una inigualable delicadeza e ingravidez, envueltos en las gasas de lo sugerente y mórbido, de la palabra unciosa y sagrada» permanecen por siempre en la memoria de los lectores.
Para su cuerpo y su espíritu enfermo no existe la paz. Busca afanosamente el ausentarse. Estos sentimientos los recoge en su único libro «Romanza de las Horas» en donde encontramos poemas de hastío, de aquella inspiración que lo llevó a conocer los placeres vedados de la morfina y el nepente.
EMOCIÓN VESPERAL
Hay tardes en las que uno desearía embarcarse y partir sin rumbo cierto y, silenciosamente, de algún puerto,
irse alejando mientras muere el día.
Emprender una larga travesía
y perderse después en un desierto y misterioso mar, no descubierto por ningún navegante todavía.
Aunque uno sepa que hasta los remotos confines de los piélagos ignotos
le seguirá el cortejo de sus penas.
Y que, al desvanecerse el espejismo, desde las glaucas ondas del abismo, le tentarán las últimas sirenas.