MORETA Y CENTENERA IGNACIO

SACERDOTE.- Nació el 24 de Julio de 1929 en Manila, capital de las islas Filipinas, recibió en el bautizo los nombres de ignacio María y fue el décimo primer hijo legítimo de Emilio María de Moreta, natural de la población de Guim, Cataluña, España, y de María Paz Centenera, filipina, de padres españoles.

La familia se componía de quince hijos de los cuales uno falleció accidentalmente en el Colegio cuando era niño. Muy cristianos, de misa y rosario diario, vivían en Manila. El padre era activista de la Conferencia de San Vicente de Paúl, una vez a la semana repartía víveres a los pobres y en 1920 había fundado la Adoración Nocturna Filipina. Con tal ejemplo no es de extrañar que siete de sus hijos (cinco varones y dos mujeres) abrazaran la vida religiosa.

En 1940 su padre quedó en la ruina. “Nuestra madre nos contó que esta quiebra se debió a su rectitud en cumplir sus contratos ante la subida continua de los materiales de construcción” pues todos temían una inminente invasión japonesa, dado que en diferentes refugios. El día 18 se acogieron al edificio en ruinas del colegio la Parroquia, donde pudieron gozar de ciertas comodidades tras varios meses de graves penurias. Finalmente terminaron alojados en una iglesia también parcialmente destruida, donde esperaron trece meses para trasladarse a España

En Junio, tras cincuenta días de viaje en barco – con peste declarada y siete muertos a bordo – estaban en Barcelona, días más tarde pasaron en tren a Yunqueras de Henares, un pueblo cercano a Guadalajara, donde había nacido su abuelo materno. Fueron días de alegría, sus parientes les recibieron con los brazos abiertos, pero Ignacio sentía que esa vida no era para él, por eso se unió a un campamento ambulante de Pax Romana y recorrió con ellos el Escorial, Segovia y toda Guipúzcoa en un mes. De regreso solo pensó en hacerse jesuita y el 8 de Agosto se dirigió con su hermano Luis a Loyola, donde hizo los votos dos años después. De allí en adelante estudió para jesuita muchos años, porque fueron dieciséis, en los que solo pensaba en amar y servir.

En Diciembre del 61 solicitó al Papa Juan XXIII un permiso especial para ordenarse sacerdote antes de la fecha que le correspondía porque quería celebrar la extremaunción a su padre, quien estaba muy enfermo y falleció después de sufrir con resignación varios infartos. Enseguida se trasladó a terminar sus estudios de teología en Florencia pues los había iniciado en Oña. El 63 vivió en Los Teques, Venezuela, el 64 se cumplieron sus deseos y fue enviado a la leprosería de la isla de Culión en Filipinas, donde se mantuvo doce años, que fueron de duras pruebas pues todo estaba por hacerse, tanto en el Colegio para novecientos alumnos como en la parroquia, donde llegó a conocer el amor en el sufrimiento y aprendió a ser más humano y menos legalista.

Para colmos, en 1970, la isla fue arrasada por un tifón que sembró la muerte y destrucción masiva. No quedaron árboles ni casas, pero en Manila se formó un Comité de ayuda y la isla renació de entre las ruinas. Católicos y Protestantes contribuyeron por igual en las mingas dentro del leprosario, de suerte que todo se logró superar, quedando únicamente el recuerdo de la catástrofe. El 76, presa del strees, fue trasladado a Venezuela, donde llegó en estado lamentable, sin fuerzas ni voluntad para nada, pero tras un descanso reparador reinició sus labores pedagógicas y todo volvió a la normalidad.

El 78 realizó un corto viaje a las Filipinas para despedirse de su madre que había enfermado de gravedad y estaba desahuciada por los médicos, oportunidad propicia para ver a sus hermanos. Nuevamente en Cumaná, se enteró que la Compañía de Jesús requería voluntarios para el Ecuador y se ofreció.

En Enero del 80 arribó a Manta donde pasó tres años y medio. De Manta fue destinado a la residencia San José en Guayaquil y pronto se involucró en la renovación carismática, en la parroquia San Ignacio del cerro de Mapasingue y en la parroquia de Milagro. El 84, por ayudar al Padre Durana, S. J. que estaba muy cansado, se hizo cargo del programa de Fe y Alegría y pudo conocer la pobreza de los suburbios. El 86 le pasaron al Colegio Javier por estar más cerca de su parroquia en Mapasingue, pero allí le sucedió algo curioso pues sin querer descubrió el mundo de los chamberos, en el botadero municipal de basura llamado comúnmente de Las Iguanas.

Esta gente vivía recogiendo desperdicios para vender a terceras personas, reciclaban cartones, botellas de vidrio y envases de plástico, en medio de la podredumbre más espantosa, rodeados de montañas de basura, entre gases putrefactos que emanan del suelo, de la inmundicia multiplicada al punto que millones de microbios y bacterias se encuentran en este medio espectacular de cultivo. Los niños se disputaban un pedazo de pollo con aves de rapiña, gente con costras de inmundicias pegadas en la piel. Con ellos – entremezclado con sus chamberos como solía llamarlos – el padre Moreta – hombre sencillo y humilde – organizó tres veces la comercialización, no sin superar pruebas y trabajos, pues los propios chamberos eran renuentes al cambio, sin embargo, a través de la “Asociación Jesús Divino reciclador” les mejoró la vida. La Asociación tiene en la actualidad varios Camiones y una bodega para guardar el material, se les dá cupones diarios que luego cambian por dinero el fin de semana. La Comunidad San Ignacio les ha proporcionado la guardería, la escuela, los talleres y una bodega para depósito del material reciclado. Esta labor en el botadero de basura de Guayaquil constituye una hermosa obra de amor y entrega al prójimo más desprotegido.

En 1989 creó la “Fundación Asistencia Social Madre Dolorosa” con madres de familia bien intencionadas escogidas en el Colegio Javier. Comenzaron con cincuenta y dos becas de estudio. Hoy cuentan con la ayuda de egresados del Colegio Javier que mantienen varios programas de ayuda, dan ochocientos desayunos diarios, un programa dental para tres mil niños del suburbio, etc.

Realizó, pues, una grande labor social, pero no todo fue agua de rosas pues tuvo que superar numerosos tropiezos, siempre fiel a su frase preferida “Gastarme y desgastarme por ellos, aunque por amarles más sea amado menos.

En 1992 regresó a las Filipinas, visitó la leprosería y le recibieron como a Presidente de la República (sic) No estuvo mucho por allá, pronto se le vio nuevamente en Guayaquil para seguir trabajando por los más desprotegidos.

Como dato anecdótico y quizá hasta folklórico, cabe mencionar que le dio por interesarse en los exorcismos y obtuvo de la Curia el permiso – único en la ciudad (por ser un presbítero piadoso, docto, prudente y con integridad de vida) – para practicarlos, y le tocó conocer a numerosos feligreses de ambos sexos que presentaban conductas inusuales y lo hacía casi siempre exitosamente según lo manifestaba, aunque a decir de los psiquiatras se trataba de casos donde los sujetos sufrían serias perturbaciones de personalidad y como no se ha completado un seguimiento a dichos enfermos, se ignora si mejoraban, se curaban o continuaban dizque endemoniados.

Tantos trabajos le cansaron mucho al punto que en Noviembre del 2005 exorcizó por última ocasión pues no resistió tal esfuerzo, sufriendo una operación de corazón abierto que le mantuvo varios meses en estado delicado, aparte que su presencia continua en el botadero de basura le contagió una bacteria a los pulmones, resistente a los antibióticos, de manera que cada cierto tiempo le causaba brotes de enfermedad.

Desde entonces abandonó los exorcismos y tras diferentes episodios de enfermedad combinados con momentos de alegría al recibir el cariño de sus alumnos javerianos y de los miembros de la Fundación Madre Dolorosa, falleció en Guayaquil el jueves 22 de Octubre del 2009 de ochenta años de edad, a causa de una neumonía. Dejaba prácticamente terminados dos edificios para el servicio público, la Casa del Buen Saman’tano en Guayaquil y el Hospital de Sabanilla, hoy en plena actividad.

Su velatorio se realizó con gran concurrencia en la Capilla del Colegio Javier y a las tres de la tarde el cadáver fue trasladado para su entierro en Quito.

Alto, delgado, de físico aparentemente frágil, ojos claros, pelo escaso y plateado, querido y respetado por quienes tuvieron la suerte de conocerle y tratarle. Incansable en todo, ejemplo de superación para cualquier sacerdote. Su carácter afable y risueño le hacía propicio a la confianza pues sabía motivar a sus feligreses y devolvía con obras el amor que atesoraba por el prójimo.

Vivía en un cuartito en el Colegio Javier, solo disponía de la cama y una pequeña mesa para escribir con su respectiva silla. Cero aire acondicionado, cero ventilador. La ventana siempre abierta para refrescarse. Eso era todo su ajuar doméstico.

Las damas que conformaban la Fundación Madre Dolorosa tenían que vigilar el estado de su ropa pues por humildad jamás se le ocurría solicitar nada a la Comunidad jesuitas, de suerte que ellas eran las preocupadas por obsequiarle un pantalón cuando el que usaba tenía huecos, o una guayabera cuando el cuello deshilachado por el uso continuo anunciaba que requería una nueva.

Cierta navidad decidieron obsequiarle una pequeña refrigeradora para su cuarto pero él con mucha delicadeza se negó a aceptarla por considerar que era un lujo excesivo a su persona.

I cuando le declararon el Mejor Voluntario del Año en Guayaquil asistió a la Sesión Solemne para no desairar a las organizaciones que conforman el Voluntariado guayaquileño, pero lo hizo sin sus auriculares, evitando de forma tan disimulada escuchar los elogios. I es que había perdido casi totalmente el sentido auditivo y sin los aparatitos no oía nada. Esas eran sus pequeñas tretas nacidas de su modestia innata.

Mas, lo principal en su persona, era el don de escuchar sin tener prisa. Su lealtad y sinceridad, el carisma para tratar a las gentes, con una dulzura que conmovía hasta los corazones más duros, de suerte que gozó en vida y sigue gozando hasta hoy de una fama de santidad única en nuestra ciudad, como también la tuvo en la isla de los leprosos su amada Culión en la lejana Filipinas ¿Habra alguien que inicie su causa de beatificación?