Aguilera Malta Demetrio

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De su breve permanencia en Panamá quedó también un testimonio de condena frente a las formas apresoras de injusticia social que nos dejó la era canalera.

En una pequeña galería privada una hermosa colección de pirograbados con motivos típicos de Guayuaquil. Mi bisabuelo era un hombre de letras que escribió piezas de teatro, algunas de las cuales, como “El Gran Caballero”, se estrenaron en Madrid. Cuando mi padre se trasladó a las islas donde yo me crié, me encontré con un fabuloso fondo editorial. Yo era una criatura que había abandonado el colegio, como tantas otras veces, y me dediqué a leer. En esa época las islas, aunque quedan atrás de Guayaquil, eran casi inaccesibles. Yo prácticamente vivía aislado.

Pero tenía el mar. “El tiempo en las islas lo aprovechaba nadando, manejando canoas o pescando. Y leyendo”. Mi padre, que fue mi gran amigo toda la vida, no estaba en absoluto de acuerdo con que yo hubiera dejado el colegio. Y me dejó de hablar. Y yo empecé a sentirme un poco preso en la isla y a experimentar un gran dolor por la ausencia de comunicación con mi padre y decidí regresar a Guayaquil para seguir estudiando. Cuando volví, mi visión del mundo había cambiado mucho por lo que había aprendido, más que en los libros, en la tierra, porque me había impregnado de los mitos y de las leyendas de esa gente de la isla, había hecho su misma vida, había conocido de cerca sus problemas. En Guayaquil me sentí al principio un poco marginado. “Y en eso empecé a encontrar amigos: José de la Cuadra, quien fue mi maestro; Joaquín Gallegos Lara, quien murió en la casa en que yo nací; Enrique Gil, menor que nosotros pero un intuitivo genial quien había amenecido con temáticas como la del negro Santander, como la de El Malo, y que manejaba un magnífico idioma; y Alfredo Pareja Diezcanseco. Se abrió para mí un nuevo tipo de diálogo. Y fueron los comienzos.

En esa época todavía vivíamos los últimos coletazos de la torre de marfil.

“Y entonces cometimos una nueva literatura, ingenua. Muchos han dicho que social cosa que yo no creo porque, en primer lugar, todo arte es social; en segundo lugar, esta literatura se encontraba aislada de otros valores.

“Un buen día, por las mismas razones por las que dejé el colegio, por ser un aventurero con antepasados marinos, mezcla de muchas razas porque, aunque mis antepasados mediatos son de Manabí, los anteriores fueron florentinos y los remotos, portugueses, un buen día, digo, salí del Ecuador. Pintaba y dibujaba entonces así me ganaba la vida. Y llegúe a Panamá en una noche de carnaval. Me entusiasmó Panamá con la contorsión de los negros, la música estridente, la nostalgia que traían a la vida del canal, ellos los negros que lo hicieron con su esfuerzo y a quienes primero se los llevaron las explosiones y después la miseria. Empecé a conocer más a fondo la vida del canal, a asistir a las grandes concentraciones de marinos a las que acudía una multitud de gente que había pasado tres o cuatro meses en el mar y que, habiendo recibido de una vez toda su paga, se las gastaba por la misma porque estaba sedienta de aguardiente y de sexo. Las transnacionales de entonces comerciaban con el sexo y aglutinaban una gran cantidad de mujeres para satisfacer a los marinos. Y eran días de locura y borrachera. Y los nebros seguían marginados. Todo esto me causó una impresión profunda. Nació “Canal Zone”, que fue mi segundo libro de impacto porque “Don Goyo”, que se publicó iniciando el parnorama literario español e hispanoamericano de la colección “Cenit”, de Madrid, se había difundido bastante. El canal de Panamá, los marinos, la política de penetración norteamericana, la vida tremenda de los negros, el sexo, el ritmo y el color fascinante de ese mundo de carnaval, me dieron el tema para el libro. Por cierto que me andaban persiguiendo entonces y yo, para salvar los originales de la obra, los llevaba enrrollados en el bolsillo del pantalón y no los abandonaba ni para ir al baño … “Cenit” me pagó buenos centavos y el libro tuvo muchas consecuencias en mi vida: hasta hace poco los norteamericanos no me daban visa y cada vez que pasaba por Panamá me encerraban en el “bote”.