Acosta Solís Misael

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preparadas, con su correspondiente herbario forestal), es considerada como la mejor y más completa del mundo. Todas ellas reposan en museos y herbarios del mundo entero: Smithsonian Institute de Washington, Universidad de Michigan, Escuela Forestal de Yale, Museo Field de Chicago, Forest Products Laboratory de Madison, Museo Botánico de Berlín, Herbario de la Universidad de Gotemburgo, Suecia, etcétera. “En el extranjero me han reconocido, musita compungido, pero aquí no he tenido apoyo, nadie entendía en qué consistía la anatomía de maderas. Fundé el departamento forestal del Ministerio de Agricultura: ¡Imagínese! 22 mil fichas de colección de maderas desaparecieron cuando salí del ministerio. ¡Qué desgracia! Felizmente tuve el acierto de prepararlas en quintuplicado enviándolas a distintas universidades, si no lo hacía, yo asomaba como mentiroso. La envidia, el egoísmo, la desidia es lo que impide que el ecuatoriano brille en su tierra. Tuve un alumno en quien puse mi esperanza, pero como buen serrano pobre dejó la profesión para hacer dinero; no le sirvió de nada, al final murió joven y rico”.

El gobierno ecuatoriano le ha otorgado varias condecoraciones desde 1927, entre las que destacan la de Gran Oficial en 1951 y la de Comendador en 1982. Fue declarado Decano de los Naturalistas y Botánico Oficial por el Congreso Nacional en 1969. Hace poco se enteró por la prensa que había sido galardonado con el Premio Eugenio Espejo. Ninguna de las preseas nacionales le ha reportado un centavo.

Una familia singular.

Misael Acosta Solís es también un hombre de carne y hueso, su primera esposa con quien tuvo dos hijos se divorció de él “porque no pudo sostener mi ritmo de vida; nunca he tomado vacaciones, yo era profesor universitario y vivía en la Universidad, no es como ahora que terminan de dar clases y se van”. Confiesa que fue mal matemático y no se explica cómo, su primogénito, Wilson (PHD), resultó medio genio, reside en los Estados Unidos donde hace los cálculos físico matemáticos del satélite andino.

Cinco años vivió solo, hasta que se enamoró de los ojos camaleónicos de Beatriz, “cosa rara pero sus ojos son en la mañana verdes, pasado el mediodía violetas y a la tarde vuelven a su color original”. Se casó con esos ojos y tiene tres hijos; Misael arquitecto, Luis Fernando ingeniero y Grace, que ha sido su mano derecha, está por doctorarse en Biología.

¿Y su esposa – le pregunto -, qué hace?

“Atender al loquito, darle de comer, ver que salga vestido”, responde socarronamente, mostrando las ventanas de su dentadura.

La familia ha sufrido un gran impacto, luego de vivir 26 años en un amplio piso de la calle Manabí por el que pagaban S/.12.000 mensuales, se vió forzada a cambiarse a un pequeño departamento arrendado, en las laderas del Pichincha. En esa estrechez su fichero anda desperdigado debajo de la cama, en el velador, encima de anaqueles, en la cocina. Don Misael se quedó viviendo en la casa de la Manabí empacando y acarreando libros por cinco largos meses urgido por los demoledores del edificio. Su tesoro está por el momento en un galpón de su finca Equinoccial.
Todos los sábados viaja en transporte público a Ambato a cumplir con sus dos programas radiales. Dicta cursos en INERHI y escribe tres libros a la vez; su descanso es el cambio de actividad.

Al despedirnos el docto le dijo a su familia: “No se olviden de darle la nueva dirección a la señora Albán”. “Pero papá, le dijeron a coro, tú estás viviendo aquí: desde hace una semana te mudaste de la Manabí”. “¡Caramba!”, de veras, dice meneándose los cabellos, qué distraído soy, tienen que enseñarme a usar el bus de La Gasca.”