84. Quito Luz de América

En esos problemas de casa adentro se hallaba Bejarano y su grupo cuando sucedió en Quito la revolución del 10 de agosto de 1809.

Este movimiento político fue gestado por los discípulos de Eugenio Espejo que tomaron las ideas del Precursor, visionario quiteño nacido en 1.749, licenciado en Derecho y Cánones, su carrera política se inició en Bogotá desterrado por el Presidente de la Audiencia, Juan José de Villalengua y Marfil, por publicar una sátira en la que habló de cambios políticos y otras cosas. “El retrato de Golilla” llama tal escrito y por él Espejo dejó clientela y familia; en Bogotá trabó amistad con don Juan Pío Montúfar y juntos regresaron a Quito cuando al feroz Villalengua fue sucedido en la presidencia por el civilizado Muñoz de Guzmán. El destierro también sirvió para que Espejo trabe amistad con Antonio Nariño que le aconsejó fundar una sociedad a fin de lograr la Independencia, así fue como nació la “Sociedad Patriótica de Amigos del país” bajo los auspicios de la Audiencia y “Primicias de la Cultura de Quito” tituló el periódico de la Sociedad donde Espejo hizo conocer sus ideas hasta que el 21 de octubre de 1794 amanecieron colgados de los faroles de Quito varios letreros confeccionados en tafetán rojo conteniendo la siguiente leyenda: “Liberi Esto. Felicitatem et Gloria consecuto. Salva Cruce” Junto a ellos se encontraron numerosas proclamas incitando a la rebelión. Eran los frutos de la reciente revolución francesa y así lo creyó el Presidente Muñoz de Guzmán, que de inmediato hizo apresar a Espejo, Director de la Biblioteca Pública por esos días, y lo recluyó en un inmundo calabozo.

A mediados de diciembre falleció Espejo a consecuencia de disentería amebiana, endeudado y sin haber visto la libertad de Quito, siendo sus últimas palabras: “díganle a mis acreedores que me perdonen por amor de Dios”. Había gastado sus sueldos de la Biblioteca por conseguir la independencia de América, pero el germen de la rebelión que había sembrado fructificó quince años después cuando Carlos IV abdicó la Corona Española en favor de Napoleón produciéndose el gobierno de su hermano José I y la reacción del pueblo español que inició la rebelión contra los franceses y en Quito algunos personajes decidieron defender los derechos del heredero Fernando, respaldando la labor de las Cortes que no aceptaban la influencia napoleónica.

LOS CONSPIRADORES

Eran americanos casi todos los reunidos la noche del 9 de agosto en la casa de Manuela Cañizares y designaron Presidente de la Junta de Gobierno a Juan Pío Montúfar, Vicepresidente al Obispo José Cuero y Caicedo, y Secretarios a Juan de Dios Morales, Manuel Rodríguez de Quiroga y Juan de Larrea, personas de mucha preparación, siendo Morales el más peligroso por sus abiertas ideas en pro de la Independencia; el más medroso Montúfar como se verá después; el más astuto Cuero y Caicedo. Estos dos últimos jamás calcularon la gravedad de los acontecimientos que se estaban gestando. Si el Obispo y el Marqués hubieran imaginado que la Junta iba a ser calificada de sediciosa, no hubieran participado porque no eran revolucionarios, únicamente pretendían rechazar al francés Bonaparte, proclamar los derechos de Fernando VII, mantener el dominio católico y asumir el poder.

En la madrugada del día 10 el doctor Antonio Ante comunicó al Presidente de la Audiencia, el anciano y achacoso Manuel Urries, Conde Ruiz de Castilla, que había cesado en sus funciones y que la Junta le permitía seguir ocupando el Palacio Presidencial por respeto a sus canas, pero sin gobierno. La Guarnición Militar de Quito vitoreó a Fernando VII, a la Junta Soberana y al Coronel Juan Salinas que la comandaba. Se convocó a Cabildo Abierto en la Sala Capitular de San Agustín, donde se consumaron los hechos. Ganaban los americanos el gobierno de la Audiencia y lo perdían los españoles. No hubo sangre ni disparos, todo fue urbanidad, buenas maneras y orden; era la revolución de la aristocracia criolla unida al talento de la burguesía.

ESTOS MALDITOS AMERICANOS

No todos los “patriotas” eran titulados ni se sentían españoles. Había muchos americanos y otros quiteños, por haber nacido en estos territorios. De estos últimos era el Marqués de Villa Orellana, José Sánchez Cabezas, natural de Quito, abogado recién graduado y en plenas funciones dentro de la Audiencia; de padre quiteño y madre ibarreña.

Villa Orellana en carta dirigida a su tío decía por aquellos días: “Que los quiteños habían logrado la libertad porque los habían forzado motivos urgentísimos nacidos de la guerra abierta que los españoles de la península les habían declarado a los americanos y por ello es que estos les habían quitado el mando mediante una Junta Suprema Gubernativa que mande el Reino de Quito”.

Los peninsulares también habían comprendido el verdadero juego de los patriotas y así lo dice Joaquín Molina, al Virrey de Lima, General José de Abascal, cuando le expresa” “Que el verdadero término a que aspiran – los americanos – es su soñada independencia, fruto de las semillas que dejó sembradas un vecino llamado Espejo, que se ha cultivado después por la familia de los Montúfares”. En esta última parte anduvo equivocado Molina, porque el único de los Montúfares que pensó en la independencia fue Carlos, mas nunca su padre Juan Pío, siempre corto en la acción por enemigo de cualquier transformación ideológica.

LA NOTICIA LLEGÓ A GUAYAQUIL

José María Cucalón y Aparicio envió a Francisco Pérez Portugués, hombre de su entera confianza, con noticias a Guayaquil, para que pusiera a su padre el Gobernador al corriente de los sucesos capitalinos. El 19 de agosto y a escasos diezdías de la revuelta, arribó Pérez Portugués a Guayaquil, portando varios pliegos escondidos entre las cobijas de su cabalgadura. Tras numerosos peligros corridos hasta llegar al puerto, en las barreras impuestas por la Junta Soberana de Quito para impedir la propagación de la noticia. Sabedor Cucalón del suceso de Quito aprovechó la feliz coyuntura que le deparaban las circunstancias, para ajustar ciertas cuentas pendientes que mantenía con los vecinos de la oposición y consultado con su Asesor doctor Pedro Alcántara Bruno, acerca de la conveniencia de ello, determinaron las medidas para evitar que el golpe fuere secundado en Guayaquil y adiestraron a Pérez para que regara la noticia de que “los serranos” estaban preparando un ejército de dos mil hombres para quemar el puerto y entregar el mando a Bejarano y sus secuaces quitando del medio al propio Cucalón.

Todo eso y mucho más se dijo al día siguiente produciendo consternación y curiosidad entre los vecinos. Cucalón confinó a Bejarano a veinticinco leguas de Guayaquil, lanzando el 24 de agosto la siguiente proclama: “Guayaquileños, nada necesitáis de Quito. Este no puede vivir sin vuestros auxilios y habrán de perecer irremisiblemente entregados a su desesperación. Ya está cortada toda comunicación. Hoy marchan tropas para sostenerlas y evitar la invasión de los alzados”.

Frases que dichas por el Gobernador causaron espanto entre los pacíficos porteños, que imaginaban otra invasión pirática, igual a las de antaño, con incendios, robos, violaciones y aventuras de peor calibre, por venir la invasión de dentro yno de fuera. Sólo así y merced a esta argucia, pudo el Gobernador Cucalón mantener el control de la ciudad; lástima grande porque si Guayaquil hubiera plegado a la Junta Suprema Gubernativa de Quito, otros habrían sido los destinos de la Patria ecuatoriana.

Por su parte, el Virrey Abascal, enterado de las novedades y enemigo implacable de toda revuelta en sus dominios, púsose en contacto con el Virrey de Santa Fe, con el Gobernador Cucalón y con el anciano y achacoso Presidente Ruiz de Castilla, a la sazón depuesto de su cargo y vigilado estrechamente en Quito, remitiendo desde el Callao con destino a la plaza de Guayaquil cuatro cañones con cartuchos de metralla y balas rasas, doscientos mil cartuchos de fusiles y algún dinero. También ordenó al General Melchor de Aymerich, a la sazón en Cuenca, que retuviera parte de los fondos de la ciudad y mandara el resto a Cucalón, impidiendo cualquier envío a Quito.

Abascal siempre creyó más peligrosa a Guayaquil que a Cuenca y por eso prefería apertrecharla en armas y dinero; ordenó a Cucalón que inicie campaña a los quiteños desconfiando de la prontitud con que los españoles de Nueva Granada pudieran sitiar Quito y terminó la orden con la siguiente frase: “Ejercite usted a los artilleros en el tiro de cañón y sepa que en España vamos triunfando”, (refiriéndose a la guerrainiciada en Madrid el 2 de mayo de 1808 por los capitanes Daoiz y Velarde, contra las tropas del Mariscal Soult)

El 19 de septiembre ordenó al General Manuel de Arredondo que tome a cargo las tropas destinadas a Guayaquil y que se mantuviera bajo la sumisión de Cucalón. En la fragata “Hortensia” llegó Arredondo a Guayaquil en octubre, portando el parque y las municiones.

Bejarano y sus amigos, alertados por los patriotas de Quito y ante el despliegue de tropas limeñas, veían imposibilitados sus esfuerzos para iniciar cualquier acción revolucionaria y tuvieron que mantenerse a la expectativa. Había soldados en cada sitio de Guayaquil y era tal su cantidad que no quedaba casa en el puerto que no tuviese dos o más en calidad de invitados o como simples huéspedes ¡Así estaban las cosas!

En Quito el viejo Conde Ruiz de Castilla pudo comunicarse con José María Cucalón y le entregó una misiva para su padre el Gobernador en la que escribió lo siguiente: “Cuatro pícaros sin honor ni religión se han apoderado de la vil tropa del cuartel valiéndose del soborno. Han cometido atentados, han dilapidado el Real Erario. Yo estoy en libertad, ya, pero sin fuerzas. En este conflicto, no me queda más que CONFIARLE A USTED TODAS MIS FACULTADES SIN LIMITACIÓN ALGUNA como a jefe de toda mi confianza. Si es necesario pida auxilios al Virrey de Lima, que las cajas reales de Quito reintegrarán a usted todos los gastos que hubiere hecho. Ponga el remedio que pondría yo mismo en el caso de encontrarme libre de opresión”.

Al mismo tiempo aceptaba entrar en conversaciones secretas con el Marqués de Selva Alegre para zanjar las disputas suscitadas con el golpe del día 10. Montúfar ofreció a Ruíz de Castilla restituirle en la Presidencia con la condición que ejerciera al mismo tiempo la de la Junta que él presidía, porque, no pudiendo abandonar a sus amigos que le han elevado a la dignidad de jefe del movimiento y no deseando continuar, decidía conciliar ambos intereses con la jugada perfecta, es decir, volver las cosas a su antiguo cauce y aquí no ha sucedido nada. Volvía pues a gozar de las prebendas anteriores al golpe, que no eran pocas por su calidad de rico y titulado y aún más, merced a esta estratagema, pensaba quedar como político desinteresado que se sacrifica por Fernando VII. Aspiraba por esos días, el de Selva Alegre, a retirarse a su finca de los Chillos y mirar de lejos los acontecimientos, como simple espectador, saliéndose del juego que ya le resultaba agotador y peligroso en todo sentido.

El Presidente Ruíz de Castilla resentido y todo con Montúfar, decidió aceptar tan ventajosa proposición. ¿Qué más podía hacer? Nadie le apoyaba, estaba sin fuerzas y bastante achacoso. ¿De qué otro modo podía llegar a su antigua condición de Presidente de la Audiencia? Se realizó el Pacto, por el momento la situación permaneció igual, Cucalón y Abascal lograron conocer del asunto por intermedio de José María Cucalón y volvieron a sentirse dueños de la situación. Entonces Cucalón decidió acabar con cualquier brote de posible insurrección y dio el golpe de gracia a sus numerosos enemigos en Guayaquil. Algunos comerciantes quiteños, afectos al movimiento del 10 de Agosto, fueron sus primeros perseguidos: Carlos Lagomarcino – el más audaz – era conocido por la libertad con que expresaba su admiración por los próceres, Lorenzo Espinosa, Tomás Jurado, Antonio García, José Benalcázar, Martín Chico, José Hernández, Felipe Jara, Manuel Silvestre Valverde, Mariano Cadena y Francisco Xavier Pazmiño cayeron presos y sus bienes fueron confiscados.

En Babahoyo capturaron a Diego Granados, Pedro Veliz de la Fuente y José Matheus. En Cuenca, Aymerich también había abusado.

Mientras esto sucedía en Guayaquil y Cuenca, los patriotas quiteños, intuyendo el pacto secreto de su Presidente, se dividían en grupos. Montúfar comisionó al Marqués de Villa 0rellana a que viaje a Guayaquil y hable con Cucalón, para que plegara al movimiento; pero, Villa Orellana, conocedor de los sucesos últimos y de la llegada de la tropa limeña al puerto, en mitad del camino decidió no perder más tiempo y regresó a Quito.

José María Cucalón se enteró que su amigo José Fernández Salvador y López viajaba a Guayaquil comisionado por Montúfar, circunstancia que aprovechó para sumársele y viajar con el pasaporte y salvoconducto concedido. Así lo hizo y ambos se descubrieron detrás de las líneas fronterizas y avanzaron a la ciudad en triunfo, siendo agasajados por el Gobernador que se enteró de los últimos detalles capitalinos y gozó a sus anchas del doble juego de Montúfar. ¡Cómo se reiría de las andanzas del aterrorizado Marqués!

CHOCAN LAS ARMAS

En el resto de los territorios de la Audiencia los pueblos se levantaban, José Ignacio Arteta, Antonio Peña, Pedro Calisto Muñoz y Francisco X. Montúfar insurreccionaron los asientos de Ambato, Latacunga, Guaranda, Alausí, Ibarra y Pomasqui y aguardaban los acontecimientos, en espera de la llegada de Cucalón.

El Gobernador por su parte marchó a Riobamba, ciudad que jugaba a dos aguas, un día con los quiteños y al siguiente con los realistas y no era mala táctica porque situada como estaba en medio de Guayaquil y Quito y siendo paso obligado de los ejércitos, estaba a expensas de ambos. Además, ya no podía compararse a lo que fue hasta 1797 en que sufrió el terremoto que la sepultó en el lodo. ¡No era ni la sombra de lo que había sido en otros días no lejanos!

Cucalón acantonó sus tropas cerca de Riobamba y envió a Montúfar un comunicado del Virrey Abascal, exhortándole a rendir la plaza de Quito sin resistencias. Cucalón ignoraba que el Marqués había dirigido una atenta esquela al Virrey en la que le manifestaba: “sólo espero la ocasión favorable para reponer las cosas en su debido estado, porque estoy prometido con su Excelencia (Ruiz de Castilla) bajo la palabra de honor, a hacer los esfuerzos más vigorosos para que se le haga justicia a su mérito, reponerlo en su puesto y reconocerlo públicamente como jefe legítimo, cediéndole gustoso el lugar que se me dio contra toda mi resistencia”.

Abascal, a vuelta de correo y en lugar de respetar el secreto de la misiva, arengó a los quiteños diciéndoles desde Lima lo siguiente: “El insidioso Marqués de Selva Alegre me ha escrito, cargándoos la culpa de sus excesos”. Esto no lo podía saber Cucalón que seguía esperando en Riobamba la respuesta de Montúfar a la misiva de Abascal, tiempo precioso que fue aprovechado por su segundo, el ambicioso Arredondo, para entrar en Quito, sin oposición en los patriotas capitalinos y ocupar la ciudad. ¡Cucalón había perdido la jefatura del ejército realista.

Entonces Arredondo exigió de Ruiz de Castilla su reconocimiento como Jefe de las Fuerzas acantonadas en el Pichincha y obtuvo que el propio Conde ordene a Cucalón su regreso a Guayaquil conjuntamente con las fuerzas que mantenía bajo su mando en Riobamba. Arredondo presionaba con el doctor Tomás Arrechaga, a quien había hecho nombrar Asesor de la Audiencia y Fiscal de ella y entre ambos iniciaran la persecución de los próceres y sus muertes el 2 de agosto siguiente.

Mientras tanto Cucalón había regresado a Guayaquil y encontró que su reemplazo en los destinos del Gobierno, Coronel Luis Rico y Pérez, pariente político de Bejarano por estar casado con su sobrina carnal, una hermana de Rocafuerte. Rico había despachado copia certificada de los autos de embargo decretados por Cucalón contra los bienes del comerciante Lagomarcino, para que con esa documentación se inicie la apelación ante la Audiencia. Cucalón se enfureció con Rico a quien acusó abiertamente de traidor; igual cosa hizo con Rocafuerte al que obligó a salir de la ciudad a pesar de ser Alcalde Ordinario de ella. Rocafuerte salió con destino a Panamá para evitar mayores ultrajes a su persona; todo eso, unido al deseo de hacerle mal que imperaba en Quito, ya que Arredondo le creía su competidor, hizo que a la postre las quejas de Lagomarcino, los alegatos de Bejarano y sus amigos, las misivas de Ruiz de Castilla y las intrigas de Arredondo predispusieran el ánimo de Abascal contra el Gobernador de Guayaquil, a quien por oficio de 7 de agosto de 1810, depuso.

Ganaba Bejarano su guerra privada contra Cucalón y sólo la muerte de éste, ocurrida hacia 1819, hizo ver al Rey de España la verdad de los hechos, por lo que dictó una Real Orden publicada en la Gaceta de 16 de agosto de ese año, en la que recomienda su memoria diciendo lo siguiente: “Que la conducta del Brigadier Bartolomé Cucalón había sido pura”.

LA REVOLUCION DE AGOSTO POR DENTRO

Pero ¿qué había sucedido en Quito con los patriotas del 10 de agosto, para que permitieran la entrada de los realistas sin disparar siquiera un tiro? Montúfar no deseaba continuar como jefe de la revolución y menos aún que siguieran progresando los acontecimientos, y habiendo entrado en tratos secretos con el Presidente depuesto, el movimiento revolucionario se había dividido en dos bandos opuestos: 1) El del Marqués de Selva Alegre que lo formaban los Condes de San José y de Selva Florida, entre otros nobles más de mucho poder económico y 2) El de Marqués de Villa Orellana que contaba con el apoyo de la juventud y  aspiraba a continuar la revolución hasta alcanzar la libertad en los territorios de la Audiencia, propugnando una acción decidida y valerosa contra los españoles.

Divididos es esta forma, Montúfar hizo público su pacto secreto con Ruíz de Castilla, dimitió el mando de la Junta ylo entregó al Conde de Selva Florida, que lo ejerció nerviosamente y por pocos días, porque ya las fuerzas de Arredondo se aproximaban a Quito.

Con Arredondo los montufareños se sintieron seguros. Menudeando los agasajos en honor de los soldados y oficiales limeños. Los Aguirre, muy amigos y luego parientes de los Montúfar ofrecieron una recepción y cosa igual sucedió en el Palacio de Carondelet, donde el achacoso Presidente Ruiz de Castilla había regresado. En Guayaquil gobernaba interinamente el Coronel Francisco Gil y Taboada, con nombramiento del Virrey Abascal, y mucho cuidado tenía de no enemistarse con el bando de Bejarano que había pactado con Arredondo y Aréchaga para deponer a Cucalón. Cabe mencionar que el Coronel Jacinto Bejarano en realidad no actuaba como patriota, como algunos historiadores le presentan, sino como enemigo de Cucalón.

Al año siguiente fue comisionado por los españoles para tratar con el Coronel Carlos Montúfar, Jefe de la Junta de Quito, levantado en armas contra España. Esa comisión se la encargó el propio Cucalón, aunque depuesto, seguía al frente de las tropas santafereñas acantonadas en Guayaquil. Bejarano mantuvo una posición expectante en la controversia pues representaba a unos y pactó con otros; conferenció con Montúfar en Ambato y regresó a Guayaquil a tratar con Arredondo. No consiguió arreglar la situación y se quedó en Guayaquil. En 1816 organizó las Milicias de la Plaza y las desplegó en combate en el Malecón de la ría, para rechazar las fuerzas del Almirante Brown que venía de Buenos Aires trayendo la independencia, lamentablemente se le confundió y trató como pirata. La acción se desarrolló el 10 de febrero de dicho año, Brown apareció con dos buques frente a la orilla, en circunstancias que cambiaba la marea y se varó una de sus naves frente al punto denominado “La Aguardienteria”, Bejarano ordenó que la mitad de la tripulación sostuviera el fuego y los demás se arrojaran al río bayoneta en boca y nadaran al encuentro de las naves argentinas. La tripulación de Brown se asustó ante tanto arrojo y abandonó la cubierta de la nave varada y ésta fue abordada, pereciendo la mitad de los defensores. Manuel de Jado, tratando de impedir la continuación de la matanza, se había lanzado en una canoita que no ofrecía ninguna clase de seguridad al fuego graneado de la nave y subiendo a bordo, arengó a los guayaquileños al grito de: “Muchachos: Estáis manchando vuestra victoria. Cuartel a los vencidos”.

Posteriormente Bejarano encabezó un petitorio al Rey para que anexara Guayaquil al Virreinato del Perú, cosa que jamás se efectuó. En su ancianidad engordó y se llenó de achaques, tuvo el altísimo honor de recibir al comisionado José de Villamil, enviado por los patriotas octubrinos, quien le propuso la jefatura del movimiento. Era el 2 de octubre de 1820 y la aurora plácida estaba próxima. Bejarano SE EXCUSÓ PUES ESTABA PLETÓRICO pero les dijo en aquella ocasión: “DIOS PROTEJA A UDS. LES DESEO EL MAS COMPLETO TRIUNFO. ACUÉRDENSE QUE TODO CEDE AL ARROJO”. Poco tiempo después moría en Guayaquil independiente.