463. El Doctor Modestito

En su auto viejecito y asmático color café, de cuatro puertas y andar rencleante, el doctor Juan Modesto Carbo Noboa paseaba orondamente por las calles de nuestro Guayaquil de no hace muchos años, siempre en pos de algún enfermo que visitar, para llevarle el consuelo de su presencia y hasta algún remedio gratis, de los muchos que repartía entre su clientela pobre, personas vergonzantes, que es como antaño se denominaba a los  que siendo pobres no podían darse el lujo de pedir caridad por tener nexos sociales con el señorío guayaquileño.

El doctor Carbo Noboa era muy querido y respetado y nunca vi a nadie que se le burlara de su carcacha que por carecer de vidrios de seguridad podía haber sido robada o talvez destruida por manos enemigas, pero como él tampoco tenía malquerientes, el carrito jamás perdió ni un solo tornillo de su carrocería.

Se decía que había sido uno de los mejores discípulos del genial médico Julián Coronel y que hasta tuvo la oportunidad de viajar a Europa en goce de una beca que éste quiso obsequiarle, pero que no lo hizo porque prefirió acompañar a su mamá Tomasita Noboa y a sus numerosísimos hermanos y hermanas que siempre – de alguna manera – dependieron de él. Tan generoso sacrificio le dio desde joven el aura de santidad laica y el respeto de los demás

Cuando Julián Coronel estuvo en su lecho de moribundo, Carbo Noboa lo fue a visitar y se le sentó al lado de la cama; el maestro al verlo le dijo ¡Ya sabía Modestito que no podías faltar a mi rendez vous! (modismo que equivale a la palabra cita en francés)

Años después le dio por meterse de narices en la investigación del cáncer enfermedad de temibles consecuencias y consiguió que María Luisa Luque de Sotomayor le compre dos caballos con los que comenzó a experimentar en un laboratorio que la Sanidad le había prestado y con el tiempo se llenó de otros animales y poco a poco se fue absorbiendo en el problema al punto que casi no  salía de su cueva misteriosa y en eso llegó a ocupar el decanato de la Facultad de Ciencias Médicas de nuestra Universidad donde dictaba la cátedra de Enfermedades Tropicales hacía muchos años.

I estando en ambas posiciones publicó en 1.947 un largo artículo de una página en el diario El Telégrafo que hizo furor en la urbe y por qué no decirlo también en el resto del país; había descubierto el germen específico del cáncer y hasta lo había bautizado con un nombre muy nuestro. El Dr. Carbo Noboa cayó en boca de todos los médicos y profanos, unos lo alababan y otros lo atacaban. El asunto pasó como noticia al exterior, pero nadie contestó a nuestro científico; los laboratorios enmudecieron, se dijo entonces que estaban experimentando con sus descubrimientos y que había que esperar. Hasta allí llegó la cosa, nunca se supo nada más (1)

Los médicos tomaron su desquite un sí es no egoísta y empezaron a criticarle y él, que nunca fue amigo de polemizar con nadie y peor con sus colegas, por eso prefirió renunciar al decanato y regresó a la tranquilidad de su hogar donde vivió muchos años más entre sus hermanas y hermanos, porque su madre había partido de este mundo cargada de años y bondades.

(1) El microscopio electrónico con el cual hubiera podido observar los virus que provocan el cáncer, llegó al país muchos años después que el Dr. Carbo Noboa publicara sus investigaciones.

I siguió investigando y recibiendo el parabién de una sociedad que reconocía en él a uno de los últimos exponentes de la medicina tradicional, que curaba con la sola presencia y con la confianza que infunde el médico viejo y de familia, bueno para todo tratamiento, medio compadre y muy amigo del vecindario y así siguieron corriendo sus años, al compás del reloj del tiempo que para él andaba lentamente.

Un día la Municipalidad de Guayaquil lo nombró «Mejor Ciudadano» y hasta lo condecoraron con medalla de oro, a él que nunca tuvo dinero ni metales de sobra, sino la modestia de su nombre y el cariño de su pueblo. Otro día un grupo de choferes de taxis formaron una Cooperativa y no tuvieron mejor homenaje que hacerle que designar con su nombre a la Cooperativa y por allí anda dichos choferes con sus taxis amarillos en los que campea su nombre para refrescar la memoria de tan abnegado médico.

Al final de sus días se vio atormentado por una hernia inguinal o algo por el estilo, que llegó a ser tan grande que hasta se le observaba a simple vista y a través del pantalón. Muchos médicos quisieron operarle pero él se resistía, como presintiendo que su fin se acercaba con o sin operación y al final murió en su ley, tranquilamente y como su maestro también gozó en su «rendez vous» y de la afectuosa compañía que brindan los pueblos a sus guías, sobre todo si son espirituales.

Su tartana vieja se encuentra en el patio del Museo Municipal como mudo testigo de su fama y vivencia interior y comunitaria y si algún turista averigua el porqué de ese “Clásico” – ahora les llaman así –  en sitio tan distinguido, recibe como única respuesta que es el «carrito del doctor Carbo Noboa», médico que fuera muy querido, nada más.

Finalmente, pensando en su famoso descubrimiento y luego de mucho trabucar el seso, se me ocurre que como el Doctor usaba de una simple refrigeradora para guardar los tumores que operaba en sus caballos tras inyectarles células sacadas de otros tumores, con tales manoseos de sacarlos y meterlos en el frio, bien pudieron esos tejidos generar bacterias y microbios, que el buen galeno pensó que serían el germen y no la consecuencia de la enfermedad.