427. El Santo De Una Parientita

Apúrate niño que ya son las nueve, apura de bañarte, nos vamos de visita que nos han invitado a un santo. Hacia mediados del siglo XX  no había agua caliente ni en la casa de los ricos, ahora hay en casi todas, esto es progreso y en las oficinas públicas no existían servicios higiénicos (1) I yo, como desde pequeño he sido friolento, hasta acostumbrarme al temple del agua corriente, me demoraba bastante.

A las diez de la mañana salíamos de prisa porque íbamos con retraso. En Rocafuerte y 9 de Octubre se tomaba el tren eléctrico o tranvía de la Línea No. 1, chirriante y  con asientos de esterilla muchas veces vacíos, Entonces era costumbre que los chicos de mi edad  jugaran con billusos de papel que simulaban billetes y que los imprimía la fábrica de cigarrillos El Progreso en los talleres de la Sociedad Filantrópica del Guayas. Yo tenía casi doscientos sucres en esos billusos de papel y era muy afortunado con ello. Los billusos servían para jugar a las bolas, en espacios de cemento o de tierra. Pepo pagaba tres, trulo (Cuando caíamos a tres dedos de distancia de la bola enemiga) dos y quina (a cinco dedos, es decir, más lejos) uno. Con suerte y excelente puntería hacer pepo y trulo pagaba doble pero era difícilísimo, más sencillo era pepo y quina. Jugar sobre tierra era tontería porque no rodaban las bolitas de cristal de colores variados y muy hermosas que se vendían en la tienda de Carlín en Colón entre Pedro Carbo y Chile (Carlos Frugone era su verdadero nombre) en lindas cajitas de cartón que hacían pareja con las de los soldaditosde plomo. Jugar sobre cemento era difícil y más emocionante.

(1) Cuentan que la gente muy pobre no podía comprar bacinillas y hacían sus necesidades en mate. De allí surgió la famosa frase de «Bermeo, pásame el mate que me meo» dizque pronunciada por un Ministro de la Corte Superior de Justicia que sufría del mal de orina como entonces se llamaba a la sistitis y tenía un secretario de ese apellido que le pasaba a cada rato dicho utensilio.

Todo chico andaba por el barrio con sus billusos y  bolitas y en los tranvías se podía canjear billusos con otros muchachos. Cualquier oportunidad era buena para este tipo de negocios. También habían las tapas de cola que se ponían sobre los rieles de los tranvías para que quedaran aplastadas, entonces se hacía un huequito en el centro con clavo y martillo y por allí se pasaba una piola debidamente trenzada y salían los llamados platillos que vibraban al desenrollarse pero eran peligrosos porque podían cortarnos.

Al llegar a la casa de madera de mi tía abuela, situada en la calle Eloy Alfaro con frente al cuartel de los Carabineros (hoy Comisión de Tránsito) conforme lo había previsto mi abuelita, ya era tarde.  A las once y media por los años 1.946 se almorzaba. Ya viste, por tu culpa vamos a llegar como gente maleducada, justo para el almuerzo ¡Qué dirán!

Saludos van y  vienen, entrega del la cuelga u obsequio bellamente envuelto en papel de regalo y cintas de colores, que la santa depositaba encima de su cama junto a los restantes regalos. Esta costumbre pueblerina se practicaba en todas las casas de Guayaquil y cualquier invitado podía entrar a mirar y a comentar los regalos. Que si eran hechos a mano, que si comprados, dónde, donde los chinos o donde los turcos que ahora se llaman libaneses, pero era de pésimo gusto preguntar el precio.

Interminables fórmulas sociales de que bien te queda tu nuevo peinado, que bonitos zapatos tienes, etc. y preguntas sobre toda la parentela y no menos largas explicaciones sobre  enfermedades reales e imaginarias y comenzaban los copetines, que casi siempre eran vasitos de chicha de jora o de chicha de arroz también llamada chicha de la santa, acompañados de burifarras que eran pequeñitos sanduches de pernil de chancho con salsa de cebolla colorada encurtida en limón y sal. Cosa rara, ninguna hablaba de política porque eso se consideraba propio de hombres.

 Treinta señoras viejas, unas cuantas más jóvenes, pocas chiquillas quinceañeras y entre veinte muchachitas y muchachitos imberbes. I es que las casas antiguas y de madera, no solo que eran bien frescas y  ventiladas, también tenían cuartos inmensos y en número de sobra, jamás faltaban tampoco los espaciosos corredores y las azoteas sin techo usadas para las gallinas y de vez en cuando para que los enfermos convalecientes salgan por ratito nomás a tomar el sol al que las señoras de antaño rehuían por moda y costumbre, ya que desde la época del art nouveau que nos llegó de Francia era de buen gusto pasar por madamas blanquísimas y parisinas o parisianas, es decir, por señoras de tez color blanco pálido y por eso decían que era un blanco mate japonés. A los balcones y ventanas era mala costumbre asomarse y solo se recurría a ellos cuando la ocasión lo ameritaba, por ejemplo, para llamar al frutero, legumbrero o despedir cariñosamente al esposo cuando este partía al trabajo.

Los chicos afuera, nos gritaban las invitadas, pero no hagan llorar a las chicas, a corretear a las gallinas de la azotea, a elevar papalotes, pero no se vayan a caer, o a los corredores a jugar las infaltables bolas o a los soldaditos, juego muy salado y guayaquileño que consistía en poner diez soldados en cada extremo del cuarto y matarlos a punta de bolazos. El que primero terminaba con el enemigo era quien jugaba con el siguiente contrincante y “el que se pica pierde,” frase que aún se escucha de vez en cuando pero que en mis mocedades era muy usada para referir los casos en que los chicos lloraban o se quejaban en mitad de un juego.

Otro jueguito antañón pero solo de muchachos era la llamada  “Guerra de hamacas», mejor si habían dos. Se subían a dos hamacas entre seis y ocho jugadores y daban grandes vuelos, sin zapatos para no hacerse daño; las hamacas se topaban y se alejaban. En cada topetón llovían los trompones, patadas y escupidas. Si habían almohadas era mejor que mejor, almohadazos tremendos.

Al final, nos agarrábamos de las camisas y tratábamos de abordar a la hamaca contraria, con los consabidos costalazos que son de esperar en esta clase de combates. Si sólo había una hamaca la cosa era más sangrienta, porque dos contra dos, nos tirábamos unos encima de otros hasta botarnos al suelo. El que salía llorando era un mariquita y si daba las quejas no lo aceptábamos nuevamente al juego. Recuerdo que un primo medio lerdo y recién llegado de Quito que nunca había estado en hamaca, se mareó al primer vuelo, se le “rompió el buche” en medio de nuestra sorpresa y risa. En otra ocasión un vecino se fue de boca al piso de madera y se rompió un diente. Todavía lo veo de vez en cuando en la calle y cada vez que nos encontramos le pregunto por el diente.

Cuando crecimos dejaron de gustarnos las bolitas y entonces nos pusimos belicosos por las chicas. Surgieron otros juegos menos inocentes. El de la botella, por ejemplo, que aún se practica, para darle unos inocentes besos de prueba a las que se dejaban, porque había otras que corrían asustadísimas ante la sola perspectiva del juego. También solíamos jugar a la soga cuando la casa era pequeña y de madera, consistía en amarrar una bien gruesa, con doble nudo, a un barrote del balcón del primer piso y desde allí nos deslizábamos hacia la planta baja. Un vecino muy servicial hizo colocar una camionada de arena para prevenir cualquier accidente y el juego se hizo inofensivo y de lo más gracioso. Sólo uno o dos de nosotros podía subirse a la soga, bajar era facilísimo.

También acostumbrábamos trepar por una escalera a lo alto de una claraboya y por allí echarnos sobre una cama con sommier que estaba al otro lado del cuarto. A esto le llamaban «Salto sin paracaídas» y nunca nos pasó nada ¿Milagro?

Otro juego de muchachos era sentarnos en aquellas bancas llamadas tu y yo, propias para enamorados, que siempre existían en las salas de las casas antigua y al grito de uno, dos y tres comenzar a darnos de cachetadas en el rostro. El que más aguantaba ganaba, el otro muchacho salía corriendo o llorando, pero todo pasaba cuando nos lavábamos las caras enrojecidas por los “chirlazos” como dicen en la sierra.

Robar la torta de maduro era más arriesgado. Casi siempre las cocineras preparaban este guayaquileñísimo potaje por las tardes y cualquiera se servía un pedazo a las cinco o seis, para aguantar hasta las siete y medía que se pasaba a la mesa. Bueno, la torta olía a esencia de vainilla desde las cuatro que comenzaba a cocinarse tapada con una lata y carbones encendidos, para que le saliera  costra. Cuando ya estaba lista, quedaba oreándose en el guarda frío y de allí salíamos corriendo con sartén y todo, para comerla a escondidas en la escalera del patio. A esto se llamaba «zamparse la torta» y era penado con castigos muy severos, como por ejemplo, quedarse sin cena, pero ¿Quién quería comer algo más después de tamaño atracón?

I volviendo al santo de la tía, después del juego de los muchachos, que se hacía lejos de la sala donde estaban las mamas y las abuelitas, pasábamos a servirnos el almuerzo en una mesa aparte a la de los mayores. Allí nos hacían sentar bien peinados y lavadas caras y manos, amarrados los pasadores de los zapatos y comenzaban a llegar los potajes, todos en pequeñas proporciones, como para niños, pues nadie podía dejar sobras en el plato.

Una ensalada de cangrejos preparada desde tempranito por varias personas, unas eran las empleadas de la casa y otras se prestaban al vecindario, de manera que en la cocina no faltaban siquiera una docena de domésticas, que afanosas y conversonas hacían su propia reunión y se lanzaban al buche algunos vasos de cerveza para amainar el calor  producido por la cocina de carbón o el horno de leña. Grandes peladoras de cangrejo eran antaño, ahora no se le ocurre practicar este trabajoso deporte.

Enseguida una empanada o la sopa, luego el arroz con alverjitas, trocitos de zanahoria, huevo frito, maduro frito y la presa de gallina con su jugo, infaltable en todo santo respetable ya que las gallinas eran un lujo, por carísimas, pues las muy aseñoradas solo se alimentaban con maíz, de manera que al morir las pobrecitas, valían una fortuna por lo que se habían tragado desde chicas.

Los dulces eran la sensación porque en eso se esmeraban las señoras y cada una preparaba algo especial. Toda esta cantidad de comida, en pequeñísimas porciones, era ingerida por la muchachada. Al final nos soltaban a la carrera para continuar los juegos, mientras las señoras se servían endulzadas mistelas de colores y algunas viejas fumaban cigarro. Nunca vi fumar cigarro a las jovencitas ¿Por qué sería?               

Las más liberadas hacían brindis con mucho gracejo, otras cantaban alguna tonadilla de lejano regusto andaluz, no faltaban las modernas que recitaban y se vivaba a la santa y prometían enseñarle a bordar pañuelos o servilletas o cualquier otra granjería antañona, que así llamaban a esas artes menores.

Al regresar a la sala se tocaba el piano, a las tres de la tarde  servían conchas de helados con bizcotelas, bizcochitos de anís o lenguas de gato, más  el queso de piña, leche, naranja  o coco que se confeccionaba siquiera para un centenar de personas, pues lo que no se acababa se obsequiaba a las últimas invitadas en abandonar la casa. Un jugo de frutas sin azúcar, un vaso de agua con hielo (no había refrigeradoras o si las habían era simple hieleras o costaban muy caro) o una colada de arroz, avena o  morocho, completaban la tarde y a eso de las cuatro todo era despedidas con las tres estaciones de ley. En la sala, donde se anunciaba que por lo tarde de la hora había que regresar. Al comienzo de la escalera, donde se daban los últimos recados para los que no habían podido ir a la fiesta y en el rellano, el adiós final.

De estas fiestas familiares quedaba el recuerdo de varias horas pasadas en alegres y sanas tertulias,  intercambio de ideas y experiencias, donde se reverenciaba a los mayores dándoles hasta los puestos de honor, sin escatimar la especial atención que merecían por sus años y sus canas. Eran sociedades patriarcales las de nuestros mayores, donde los chicos no teníamos cabida en conversaciones de adultos, ni en tópicos tan inocentes como la política.

En casi toda familia había la poetisa timorata que por vergüenza no recitaba ni publicaba sus poemas. Casi siempre eran décimas de compadrazgos, montubias a carta cabal, pero rimaban fácilmente y hasta tenían la fuerza poderosa del ingenio vernáculo o sabiduría popular que siempre ha existido entre las gentes del agro costeño. Estas poesías eran copiadas en cuadernos que se amarillaban en cajones olvidados y terminaban por ser botados a la basura ¿Cuántas producciones se habrán perdido con este sistema? ¿Cuántas buenas producciones?

Tampoco faltaban las feotas o las santurronas, éstas últimas en menor número que en la Sierra. Ellas para llevar las cuentas de novenarios y rosarios, para aprovechar cualquier momento y dar noticias sobre el padre tal o la madre cual, para rezar antes y después de la mesa y en fin, para regalarnos escapularios, los famosos detentes excelentes contra Satanás, y hasta bellísimas estampas a colores que debíamos coleccionar en nuestro Libro de Misa de Primera Comunión, de nácar blanco, con broche de oro y páginas con filos dorados, importado de Europa. No recuerdo que  rezaran rosarios ni jaculatorias, tampoco que se dieran golpes de pecho, estas prácticas cristianas estaban reservadas únicamente para las iglesias.

Mi libro de Primera Comunión se desfondó un día que lo cerré a las bravas porque tenía tantas estampas en su interior que había engordado casi al doble de su volumen inicial. Entonces mi abuelito que era muy fijón, me regaló un cuaderno de páginas en blanco y juntos pegamos las estampas por orden de colores, para que yo me distraiga más con el asunto. Luego me fue refiriendo las historias de cada santo, cada una más truculenta que la otra; al uno lo habían «despescuezado» a punta de cimitarrazos, al otro le sacaron la lengua, los ojos y por último el corazón y para colmos, lo cortaron en pedacitos. En fin, cada historia tenía su parte terrorífica y su premio final en el cielo, donde gozaban las glorias de las bienaventuranzas. Una vez pregunté por qué unas santas eran vírgenes y mártires y otras no, se me aseguró que eso era de cajón, que la que era virgen era mártir y las otras no lo eran porque se habían casado. Esta fue mi primera lección sobre educación sexual, aunque un poco incompleta, porque no entramos al detalle explicativo que resultaba ser el meollo del asunto. Aunque a mis siete añitos no necesité más información,

En las fiestas también se acostumbraba que la dueña de casa regale algún «obsequio insignificante» como recuerdo. A veces eran tapetitos bordados con piola, en otras ocasiones cajitas pintadas a mano, en fin, el gusto estaba en dar algo de sí. Muchas damas «guardosas» tenían verdaderas colecciones de estas chucherías, almacenadas en vitrinas y en sus salas, que servían para que los chicos se quedaran en babia siquiera una hora, tratando de verlo todo en el menor tiempo posible. Poseo una cajita pequeña y ovalada, confeccionada en fina madera, la tapa presenta una escena citadina europea de principios del siglo XIX, posiblemente confeccionada en España por el uniforme del soldado que ostenta, que obsequiaron a sus parientes y amigos mis choznos Baquerizo Noboa durante la reunión familiar que celebraron con motivo del bautizo de mi tatarabuelo Sebastián. Esta cajita perteneció a mi bisabuela Ángela Baquerizo, quien se la entregó a mi mamá una tarde lluviosa en que le dio por examinar un baúl donde tenía sus recuerdos antiguos, quizá por ser mi mamá la  única nieta que vivía con ella.