192. El Crimen De Don José De Valdizán

Desde 1.860 comenzó para las Galápagos una era de prosperidad con la formación de la «Empresa Industrial Orchillana” compuesta por Manuel J. Cobos, Palemón Monroy Cedillo, José Antonio de Rubira Henríques y N. Jurado; esta compañía se dedicaba a beneficiar la orchilla silvestre que enviaban con buenos precios a México para teñir telas.

En 1.869 el gobierno de García Moreno sacó a remate el derecho de recolección de esa planta en el archipiélago y al presentarse el español José de Valdizán, se le dio la concesión general retirándose del negocio la Empresa que lo había iniciado.

Valdizán era sujeto muy competente en labores agrícolas y dueño de la goleta «Venecia» que manejaba el capitán Nicolás Paterson; vivía en Santa Elena casado con Carmen de Rubira Henríques, pero cometió el error de ir a la cárcel de Guayaquil y tomar a su cargo a ocho peones conciertos, «presos por desobedientes y malos», a quienes llevó a Galápagos, saldando a los patrones sus deudas a mitad de precio, Junto a estos sujetos patibularios también condujo gente honesta y trabajadora en número mayor a un centenar, que embarcó en la «Venecia» con rumbo a Santa Elena, donde subieron algunos niños y mujeres y en mayo del 78 partió a la isla Floreana, arribando a los cuatro días de viaje al sitio denominado «Playa Prieta», donde repartió el trabajo. Unos harían de carpinteros, otros de peones agrícolas, los más sembrarían pastizales para el ganado y los menos arreglarían el camino que iba de La Playa a la casa de hacienda; sin embargo, desde el primer momento, comenzaron a manifestarse signos de descontento y rebeldía entre los conciertos, que sistemáticamente se negaban a cumplir órdenes, sostenían fuertes pendencias y renegaban de sus suertes, embriagándose y profiriendo amenazas contra la vida del nuevo patrón.

Así las cosas una noche se reunieron en la casa de uno de ellos llamado Anatolio Lindao y fraguaron ejecutar la muerte de Valdizán, pero como el enérgico mayordomo español José Aragón podía ser un obstáculo insalvable, decidieron deshacerse de él; por eso, el 23 de julio, a escasos dos meses de la llegada y muy por la mañana, los peones conciertos  Peña y Méndez se le acercaron a conversar y en un descuido decerrajáronle un formidable machetazo por la espalda que lo derribó del caballo y ya en el suelo le dieron otro en la cara, dejándolo como muerto. Enseguida se dirigieron con los demás complotados a la casa de la hacienda, llegaron como a las siete, entrando con el pretexto de solicitar permiso para no trabajar ese día; sin embargo, Valdizán se los negó con buenas razones, agasajándolos con una copa de aguardiente; poco después salieron pero tornó a regresar uno de los que había estado antes, de apellido Alvarado, requiriendo otra copa que el paciente Valdizán se la sirvió con esmero y al agacharse para colocar la damajuana debajo del escritorio, Alvarado le metió una cuchillada por el costado izquierdo que le perforó los intestinos y le entró profunda, hasta la misma cacha.

Valdizán era hombre fuerte y logro zafarse y subir al primer piso donde quedó encerrado con su esposa y con el cocinero Eusebio Quimí. Su sobrino, el niño Macario Díaz, fue testigo presencial del suceso y sin que nadie lo viera salió a la carrera para avisar a José Federico Salazar; quién, cargando una escopeta y por caminos poco conocidos, trató de llegar a la casa para sorprender a los asesinos, pero al acercarse y al momento de oír los ruidos provocados por la destrucción del mobiliario y las voces de los alzados se topó con el peón Galindo, que machete en mano lo esperaba en actitud sospechosa, así es que lo hizo caminar por delante; mas, en un descuido Galindo corrió a la casa y dio parte a sus compañeros. Entonces salieron varios peones, entre ellos Camilo Merchán y Anatolio Lindao,  armados con escopetas que dispararon a Salazar, lo tomaron prisionero y llevaron a la casa en calidad de  rehén.

En el interim el mismo niño Díaz había podido llegar a donde el capitán Tomás Levick, quien salió a defender la tranquilidad de la hacienda, mientras Valdizán, su esposa y el cocinero se habían arrojado por la parte posterior y huían al campo. Quimí el cocinero, le metió los intestinos a Valdizán y lo amarró con una faja de tela. para que no perdiera mucha sangre. Como dos millas pudieron andar a pie, porque los dolores del herido hicieron imposible que continuaran y a la postre  cayó muerto a tierra y su viuda se internó hacia el monte, mientras Quimí seguía para la casa de Levick. Al poco rato, los alzados llegaron hasta el sitio donde estaba el cadáver, no sin antes asesinar en el camino al peón Bernardo Pozo, de los leales, que encontraron trabajando. Pozo murió de un machetazo en la nuca, mientras beneficiaba el cuero de una res recién sacrificada.

Los restantes alzados seguían en la casa de la hacienda  bebiendo sus licores y comiendo gallinas y patos y hasta preparaban tomar por sorpresa al pailebot «Elena Catalina» que los llevaría a Santa Elena, cuando escucharon pasos afuera y se armaron. Sería cosa de las once de la mañana que las fuerzas de Levick cercaron la morada; la balacera fue corta por la superioridad de los leales que tenían escopetas de repetición, mientras que los alzados solo disponían de algunos rifles y machetes.

Salazar fue liberado y salió a recoger el cadáver de Valdizán, a quien le construyeron un féretro y lo velaron dos días. Otra comisión partió en búsqueda de doña Carmen de Rubira, que anduvo tres días perdida en el monte, sufriendo hambre y sed. Levick se hizo cargo de la administración, todo volvió al orden anterior y el mayordomo Aragón fue conducido a una casa, donde tardó semanas en reponerse de sus heridas bajo los solícitos cuidados de doña Carmen, quien terminaría contrayendo matrimonio con él, pero tampoco tuvo descendencia de este segundo enlace. Únicamente faltaba apresar al viejo peón Anatolio Lindao, que huía por los montes.

Veinte días después arribó el «Elena Catalina» al mando del Capitán Leonidas Drouet Franco, y a la mañana siguiente, mientras el Contramaestre estaba revisando la bodega descubrió en la penumbra a un bulto que se movía dentro del sucucho de leña. Era Lindao que estaba escondido y fue inmediatamente apresado.

El 2 de agosto el «Elena Catalina» retornó a la península llevando presos a Lindao y a Martínez para que fueren juzgados por las autoridades competentes; sus otros compañeros habían muerto en la refriega.

Con la desaparición de Valdizán terminó el intento de colonización de la Isla Floreana; la mayor parte de los peones leales pasaron a la isla San Cristóbal donde Manuel J. Cobos, recién vuelto de la Baja California en México,  iniciaba un ingenio de azúcar. Entre estos se encontró el carpintero José Federico Salazar, que por muchos años fue el más antiguo colono del archipiélago, patriarca que gozaba de general estimación y era algo así como la historia viviente de las islas.

Doña Carmen terminó sus días en Santa Elena, gozando de general estimación. Nuevamente se encontraba  viuda y sola pues su aristocrática familia no le disculpó haberse casado con un simple mayordomo de hacienda, a pesar que era un español sencillo y  campesino de toda consideración. Ella poseyó hasta el fin de sus días un pergamino con las Armas de su apellido, que consisten en tres rubiras (anillos de rubi) mal colocadas (dos encima y una abajo) sobre fondo de oro. Estos Rubira Henríquez procedían del matrimonio de un marino gallego llamado Francisco de Rubira de la Hernán con doña Francisca Henríquez y Salcedo, nativa de Colonche, propietaria de numerosas tierras y ganado en dicha jurisdicción. Rubira de la Hernán llegó a Colonche con un hermano. El hermano viajó a Santiago de Cuba y casó con una señora de apellido Mestre, pero solo tuvo cuatro hijas, de manea que a pesar que hubo numerosa descendencia su apellido se acabó en la isla.