172. Celestino El Terrible

En 1.851 vivió en estas regiones un simpático muchacho que con el correr de los años, aprendiendo las mañas de «Caco» fue a dar con sus huesos a la Isla Puná, sembrando el terror entre los comerciantes del puerto a los que asaltaba sin misericordia quedándose con sus pertenencias. Sin embargo poco le duró la buena estrella y terminó en el presidio de la Isla Isabela, meses después fue enrolado con otros forajidos y traído al continente, pero al llegar a la altura del golfo avistaron a la expedición floreana comandada por el Comandante Pedro Mena, quien venía a invadir Guayaquil y tuvo la mala suerte de toparse con «El Pirata», como se hacía llamar el joven Briones, sufriendo a sus manos una espantosa derrota. Poco después el ex presidente Juan José Flores regresaba al Perú en espera de una mejor oportunidad para invadirnos.

Este señalado servicio hizo que «El Pirata Briones» pasara a nuestra historia como un héroe y no como un ladrón cualquiera. De allí arrancó su fama y el recuerdo que aún se le conserva a pesar que fue fusilado ignominiosamente en Guayaquil, pues su hazaña con Mena no fue considerada por las autoridades del puerto. Estos episodios demostraron muy a las claras que la presencia de Flores en el Perú era un peligro permanente para el Ecuador y para las buenas relaciones que debían mantenerse entre ambos países.

GOBERNABA ROBLES CON UN BUEN GABINETE

Desde 1856 gobernaba el General Francisco Robles García, hombre honesto, sincero, afectuoso y muy dado a las damas y a los naipes, por lo que era popularísimo por su fama de valiente a toda prueba y  llegó a la presidencia con el apoyo de su compadre, el General José María Urbina, quien lo postuló y sacó triunfante, a pesar que estaba más preparado el doctor Francisco Xavier de Aguirre Abad. Pero así son las cosas y Urbina, convertido en alterego del régimen, dictaba los lineamientos de la política a Robles, que tuvo el buen criterio de rodearse de personas selectas y organizar su gabinete de la siguiente manera:

En el Interior el doctor Marco Espinel; en Relaciones Exteriores el General Antonio José Mata Viteri; en Hacienda Francisco Pablo Ycaza Paredes y en Guerra y Marina el General Gabriel Urbina y Viteri; como se ve, en el gabinete compuesto de cuatro ministros había un hermano y un primo hermano del ex mandatario ¡No podía ser más clara la influencia de quien acababa de ser designado Jefe de las Fuerzas Armadas del Ecuador!

EL CONVENIO YCAZA – PRICHETT

Y un gran gobierno habría realizado el General Robles, bueno y simpático como un pan de pascua, de no haber sido por los enredos en que lo metió su ministro Francisco Pablo Ycaza Paredes por querer sacar a Ecuador de la postración económica en que estaba sumergido, al no pagar a los tenedores internacionales de bonos de la deuda que adquirimos en la Independencia y que, por ser ingleses en su gran mayoría, dieron a la tal deuda el apelativo de «inglesa» y así ha pasado a llamarse en la historia nacional.

Nuestro ministro Ycaza suscribió un convenio con el representante de los tenedores de los bonos, entregándoles ingentes territorios para su colonización en el oriente y en la bahía del Pailón en Esmeraldas. Al conocerse este arreglo en Lima la prensa peruana escandalizó a la opinión pública de ese país, denunciando que parte de los terrenos eran de propiedad peruana.

PERU NOS MANDA A CELESTINO

Y el caos nacional comenzó a perfilarse cuando el Mariscal Ramón Castilla, Presidente del Perú, decidió mandar al Ecuador a un individuo atrabiliario y ridículo, pedante al máximo y hasta neurasténico si se quiere, llamado Juan Celestino Cavero.

El primer incidente que ocasionó Cavero a la Cancillería ecuatoriana tuvo como fundamento que el General Robles no había concurrido a visitarlo apenas arribó a Quito. Estas pretensiones fueron negadas por inusitadas y peregrinas, porque es sabido que primero toca al Embajador acreditado presentar sus Cartas Credenciales al mandatario del país al que ha sido designado.                                

La segunda nota de Cavero también fue cursi, se quejaba que el   periódico oficial llamado «El Seis de Marzo» no había concedido mucha importancia a los discursos cruzados con ocasión de la entrega de las Cartas Credenciales. Tanta bulla por asuntos tan baladíes no dejaó de llamar la atención viéndose a las claras que Cavero únicamente deseaba promover un clima de tirantez entre ambos países.

CAVERO CONTINÚA BUSCANDO PLEITOS

Como ninguna de las notas de protesta trajo consecuencias graves porque pasaron inadvertidas en los medios de la Cancillería ecuatoriana, Juan Celestino Cavero volvió a las andadas y esta vez embistió contra el honor nacional. En carta de enero de 1858 dirigida al Ministro Plenipotenciario de Colombia en Quito, aseguraba que a consecuencia de la suscripción del Convenio Ycaza – Prichett, un grupo de ingenieros británicos estaba efectuando mediciones en las regiones orientales que habíamos cedido a los tenedores de bonos de la deuda inglesa, para regresar embarcados y con tropas y tomar posesión de dichos territorios; pero, esto, no era todo, porque algunos norteamericanos también querían venir en plan de conquista, amenazando los derechos de dominio de Colombia sobre parte de la hoya amazónica.

La comunicación fue pasada a la Cancillería de Bogotá y transcrita en la Gaceta Oficial. El General Antonio José Mata Viteri, Canciller de la República, preguntó a los representantes diplomáticos de Estados Unidos e Inglaterra sobre la verdad de estas afirmaciones y recibió respuestas claras y concretas ¡Todo era una patraña de Cavero!

Acto seguido ordenó al Ministro Plenipotenciario del Ecuador en Lima, que ya era el mismo Francisco Pablo Ycaza Paredes, que solicite al gobierno de Perú el inmediato retiro del atrabiliario Celestino Cavero.

EL CANCILLER PERUANO ERA QUITEÑO

Manuel Ortiz de Ceballos era un abogado quiteño que ejercía la cancillería de Perú, estaba casado con Josefa Tagle y Bracho viuda del Marqués de Torre y Tagle, pero en lugar de ayudarnos se mostró hosco y altanero, contestando que no solo que no retiraría a Cavero sino que lo reconocía nuevamente como Ministro Plenipotenciario en Quito y se agravó la situación.

Por otra parte el General Robles, considerando que las relaciones estaban rotas, el 24 de agosto de 1858 solicitó al Consejo de Gobierno, las Facultades Extraordinarias indispensables para afrontar tan difícil trance. El Congreso Nacional se reunió el 28 de septiembre y en sesión del 12 de octubre ratificó dicha concesión; pero, el día 27, el Senador Gabriel García Moreno envió al Canónigo de la Catedral de Cuenca, Presbítero Arévalo, con un recado para el Senador Pedro Moncayo, citándole a una conversación secreta ese día. El ilustre repúblico le contestó que como los asuntos a tratar eran de carácter público, la charla también debía ser  pública, pero que de todas maneras si presentaba cualquier proyecto en la Cámara que lo consideraba justo, lo apoyaría sin condiciones.

GARCIA MORENO SE EQUIVOCA

El entonces Senador Gabriel García Moreno estaba desde 1851 en abierta oposición al General Urbina y sus amigos por el asunto de la expulsión de los jesuitas. En la sesión de diputados del mencionado día 27 de Octubre de 1.858 día paróse frente a todos y denunció que Urbina y Robles estaban comprometidos en negociados cuya finalidad era entregar las islas Galápagos en prenda o hipoteca a ciertos prestamistas extranjeros que estaban en Guayaquil y que las Facultades Extraordinarias solicitadas permitirían al gobierno el traslado de la capital para efectos de suscribir dicho contrato. Eso era falso, pero causó   la  conmoción  que  era   de   esperarse.  Todos  enmudecieron   dudosos  y Moncayo cayó en la patraña y se levantó, apoyándolo. García Moreno salió de su curul y atravesando el salón de sesiones le dio la mano y dijo: «Siempre he tenido a usted por hombre de bien y quiero rendirle en público este homenaje». “Buen golpe, pues consiguió la amistad de Moncayo que antes no le tomaba en cuenta.

Luego, volvió al ataque y pidió que se revocaran las Facultades Extraordinarias porque las noticias llegadas del Perú confirmaban que no había peligro. El pobre iluso no sabía por 1a lentitud propia de esos tiempos, que seis días antes, esto es, el 21 de octubre de 1858, el Presidente del Perú Mariscal Ramón Castilla había ordenado el bloque militar del golfo de Guayaquil en franca declaración de guerra al Ecuador.

EL GOBIERNO DE ROBLES EN APUROS

Sabedor Robles de los sucesos ocurridos en el Congreso, convocó una reunión de amigos: los Generales Gabriel y José María Urbina Viteri, doctor Marco Espinel, doctor Manuel Bustamante y dos Senadores, uno de ellos Moncayo.

El primero que tomó la palabra fue José María Urbina: «Está Ecuador en peligro. Perú acecha nuestros movimientos y trata de invadimos y bloquear Guayaquil. I dirigiéndose al Senador invitado: Usted debe ir a Bolivia, para provocar una alianza con esa república y usted – directamente a Moncayo – debe ir a Chile, a pedir la mediación con ese gobierno a fin de evitar una escandalosa guerra entre dos repúblicas hermanas.

Luego, siguiendo con la lectura de Moncayo, éste contestó a Urbina: «Si los dos senadores viajamos al exterior, el Congreso se queda sin quorum y usted con las facultades extraordinarias. Yo no me prestaré a semejante broma». Y se terminó la reunión.

INTERVIENE EL JOVEN CAMILO PONCE

El Ministro de Relaciones Exteriores General Antonio José Mata Viteri, en quien habían recaído las Facultades Extraordinarias, al ver que el Congreso las revocaba, presentó su renuncia, quedando el portafolio en acefalía. Entonces se lo ofrecieron al doctor Marco Espinel que no lo aceptó y en esas circunstancias llegó a Quito la noticia de que la fragata «Amazonas», comandada por el Almirante Ignacio Mariátegui, de la armada peruana, había bloqueado el Golfo de Guayaquil, a pesar de los esfuerzos desplegados por el Gobernador Francisco Boloña y Roca en impedirlo.

El Oficial Mayor de la Cancillería Camilo Ponce Ortiz, pariente del Ministro de Relaciones Exteriores peruano, anunció al Congreso la noticia y lo hizo con elocuencia y mucho énfasis, sin conseguir que los honorables representantes cambiaran de opinión. Moncayo se burló de él porque Urbina lo abrazó y felicitó diciéndole: «Camilo: tú eres un gran orador, serás más tarde el Mirabeau ecuatoriano», y ambos – Urbina y Ponce – salieron en medio de los miembros del Congreso, llevándose detrás a tres senadores y cinco diputados, dejando a las Cámaras sin quorum. Esto ocurrió el 5 de noviembre de 1858 y al día siguiente, el último de sesiones, no pudo reinstalarse tan selecto cónclave, el gobierno vetó la reconsideración aprobada en las Cámaras y siguió utilizando las Facultades Extraordinarias.

LOS QUITEÑOS PROTESTAN POR EL TRASLADO DE LA CAPITAL

Robles y Urbina bajaron a Guayaquil a hacer frente a los graves acontecimientos y el Vice Presidente Jerónimo Carrión y Palacios asumió el poder en ausencia del titular, disponiéndose el traslado de la capital a Loja, Cuenca o Riobamba, según fuere más conveniente para el país. Entonces el Cabildo quiteño protestó por este hecho y dos de sus Regidores, los doctores Pablo Herrera y Mariano Mestanza, fueron apresados, pero fugaron en el camino; no así el senador Pedro Moncayo, quien viajó desterrado a Lima donde encontró a García Moreno; mas, una noche, Moncayo y García Moreno fueron llamados por Castilla en secreto y llevados por varias antesalas hasta una cámara disimulada y entre generosos buches de buen vino el Mariscal les reveló su corazón, anunciando grandes acontecimientos para el futuro (la conquista del Ecuador) porque estaba preparando una expedición cuantiosa. Todo ello movió al entusiasmo de García Moreno que secundaba en todo los planes del dictador peruano; pero, Moncayo guardó silencio. Y a la salida discutieron. No se vieron más en la vida, cada cual tomó un camino diferente.