169. Bullado juicio de imprenta

El 9 de abril de 1.849 estaba de Obispo de la recién creada Diócesis de Guayaquil,  Francisco Xavier de Garaycoa, cuando aparecieron unas hojitas volantes en su contra firmadas por José G. Romero.

¿Qué decían las hojitas famosas? Que Garaycoa había sido del partido «Colombiano» y en junta con sus hermanos  entregó la ciudad al Libertador Bolívar, quien recibía el poco generoso apelativo de «Parricida». También se le acusaba de haber utilizado influencias para obtener el cargo que desempeñaba ignorando al Dr. Delgado, que según opinión del autorera el llamado a ocupar la primera dignidad eclesiástica de la ciudad. I de haber sido cómplice en el fusilamiento de un hombre, padre de siete hijos.

Es de imaginar el revuelo del vecindario; todos conocían la conducta intachable del Obispo, aunque es menester explicar dichas acusaciones.

Luego del 9 de Octubre de 1.820 se formaron en la ciudad tres bandos: Los primeros querían la independencia total de la ciudad; los segundos deseaban anexarla al Perú y los terceros a toda costa llamaban al Libertador Bolívar para unirse a Colombia. A este último partido perteneció la familia Garaycoa.

Era común en la época colonial que el Arzobispo de Lima designe a las personas que debían ocupar las dignidades eclesiásticas de la ciudad. Con la llegada de la Independencia terminó esa costumbre.

A fines de 1.820, cuando ya éramos independientes, se presentó ante el Cabildo de Guayaquil el Dr. Sebastián Delgado, quien venía de Lima y traía las letras patentes que lo acreditaban como Cura de la Iglesia Matriz de la ciudad.

El Cabildo decidió no aceptar dichas letras pues consideraba que con la transformación de octubre el Arzobispo de Lima había perdido jurisdicción en el puerto, nombrando a Pedro Benavente que según opinión del Cabildo, era «aclamado por el pueblo, que se hallaba penetrado de su amor y conocimientos científicos». En 1.838, cuando se creó la diócesis le correspondió a Garaycoa por ser Cura de la Iglesia Matriz.

En 1.849 era Promotor Fiscal el Dr. Fernando Racines y Rivera, que había tenido que abandonar su natal Buga en el valle del Cauca, por sus actuaciones políticas. En Guayaquil empezó a prestar sus servicios en diversos empleos de carácter eclesiástico.

Con la lectura del pasquín concibió la idea de tomar represalias, llamó al Dr. Francisco Xavier de Aguirre Abad y entre los dos redactaron una acusación contra Romero; al día siguiente de la aparición de las hojas ya estaba la acusación particular en manos de Manuel Tama, Alcalde Segundo Municipal del Cantón quien proveyó horas después ordenando notificar al Dr. Racines. Al propio tiempo efectuó el sorteo de la causa conforme lo disponía la Ley de Imprenta.

Romero era un agricultor que tenía nociones de gramática y aritmética y pasaba por persona entendida en el manejo de las leyes (Cosa nada común para la época) habilidoso, inteligente, despierto, muy joven y por eso irreflexivo.

Años antes había adquirido una pequeña porción de tierra en la jurisdicción de Yaguachi, sitio que pertenecía casi en su totalidad a la familia Garaycoa y surgieron las desavenencias ¿Quién no se ha disgustado alguna vez con su vecino? esto originó una enemistad personal.

Así las cosas, salieron sorteados para formar el Jurado de Imprenta los siguientes vecinos de la ciudad: Pedro Carbo, Filomeno Alvarez, el Comandante Pedro Pablo Echeverría, Miguel Andrade y Fuente Fría, el Dr. José Mascote, el Comandante José María Noboa y Miguel de Anzoátegui Cossío. Se les comunicó a todos que debían conformar el Jurado de Imprenta que decidiría si se castigaba o no a Romero.

Los miembros aceptaron y se posesionaron del cargo con las excepciones de Miguel de Anzoátegui, quien adujo encontrarse enfermo en cama sufriendo de tercianas muchos días. También se excusó el Comandante Echeverría por encontrarse esa semana de guardia en el Cuartel donde prestaba sus servicios. Acto seguido Tama nombró a Ignacio Rodríguez Mata y al Dr. Francisco Xavier Aguirre Abad.

Se les volvió a comunicar y el Dr. Aguirre Abad contesto: Que habiendo ayudado a conformar la acusación particular presentada por el Dr. Rocines le parecía indebido ser juez y parte al mismo tiempo».

Esta vez y en vista de las reiteradas excusas, fueron nombrados el Comandante José Ampuero y el Dr. Pablo Merino, quienes aceptaron, quedando conformado el Tribunal de Imprenta.

En la tarde del 9 de abril fue calificada la idoneidad de los miembros del Tribunal, sujetándose en todo al artículo 31 de la Ley respectiva.

Garaycoa no estaba de acuerdo con la actitud del Dr. Racines. No deseaba que se acusara a Romero y como sacerdote aceptaba las contrariedades de la vida con paciencia y resignación.

Con fecha 10 de abril Romero presentó un escrito aduciendo que, aunque era el autor de las hojillas, el Dr. Racines no tenía derecho a acusarlo, pues según la ley, sólo podían presentar acusaciones particulares en los juicios de imprenta el agraviado, sus parientes o cualquier persona que exhibiera un «Poder especial» otorgado por el propio agraviado y como Racines no estaba comprendido en ninguna de las tres causales la acusación presentada carecía de valor. Tama notificó el escrito y lo elevó a consulta ante el Asesor Legal Dr. Ignacio Noboa Baquerizo.

Dicho magistrado en horas de la tarde expreso: «que se encontraba impedido para conocer la causa que estaba ventilando; pues, con anterioridad, había manifestado su opinión personal sobre el contenido del impreso».

El pobre Tama ya estaba cansado, todo era contrariedad, los jurados se excusaban por enfermedad, los jueces por no ser parciales y el único que se llevaba los trabajos era él, pero ante la negativa del Dr. Noboa designó al Dr. José I. Gómez Valverde, famoso por sus fallos justos y siempre ceñidos a la ley, quien después de estudiar dos días la causa dictaminó: «Que el Dr. Rocines no gozaba de personería para intervenir en la querella».

Ni corto ni perezoso el Promotor Fiscal de Ja Diócesis al día siguiente se encaminó a la casa de José de Garaycoa Llaguno y después de los saludos de rigor le dijo: Mire don José, el objeto de mi visita es muy grave. – Nos asusta. Reverencia. Explique por favor y Vamos al grano, de una vez por todas, que me consume la impaciencia. Racines expuso la situación. Garaycoa oyó en silencio la larga exposición de motivos y al final le preguntó ¿Y en qué puedo servirle en este caso?

En mucho y en nada don José; todo depende de su buena voluntad para conmigo y para con su hermano. Es necesario que Ud., sin pérdida de tiempo, presente una segunda acusación personal contra Romero: Esto ya es asunto personal, es necesario castigar las infamias que ha vertido sobre su familia y sobre su hermano en particular; además se ha burlado de mi intervención  aprovechando las flaquezas de la Ley y como quien no decía nada, agregó ¡Allí en Buga no había estas cosas; todo era buenos modales y cortesía, se respetaba don José!

Racines era colérico y hombre de «pocas pulgas» que no permitía la indisciplina ni requiebros, aunque en el fondo era de aquellas personas llenas de amor al prójimo, tenía un gran corazón cristiano y practicaba la caridad por sobre todas las cosas. Era un hombre excepcional y llegó a Obispo en su tierra, pero eso fue años después, por 1.851, cuando el Congreso Nacional de Colombia lo eligió Obispo de Antioquía, aunque no llegó a posesionarse por aquello de la pugna del regalismo, tan en boga por entonces.

José Garaycoa, enemigo de andar metido en líos judiciales, contestó: Mire Reverencia, aunque ese Romero merece una sanción ejemplar por calumniador, como a todos nosotros nos consta, yo no deseo entrar en el asunto, pues mi hermano el Obispo, como Ud. bien sabe, nos ha prohibido intervenir en esta querella; él no desea que se siga acusando a Romero y ya lo ha perdonado.                                   

Déjese de sentimentalismo don  José. Uds. son muy tolerantes; pero se ha burlado de mí que estuve en mis años mozos entre los vencedores de la Rebelión de Pasto.

I diciendo esto, entornó los ojos al recuerdo de sus hazañas juveniles cuando defendía al Rey, claro está, como hijo que era del Regidor José Racines del Valle, gallego de los puros, de aquellos que tenían en su amor al Rey la mayor honra.

I tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe dice un viejo proverbio castellano y esto fue lo que sucedió con Garaycoa, pues tras de mucho discutir se dejó convencer por las razones esgrimidas por  Racines que por algo también sería Rector de la Universidad de Popayán.

I una segunda acusación fue presentada a las pocas horas, fundábase en los preceptos legales estatuidos en los artículos 22 y 23 de la Ley de Imprenta y artículo 70 de la Ley de Procedimiento Criminal.

En el documento se pedía a Manuel Tama que ordenara la inmediata prisión preventiva del sindicato Romero, por existir temores de que ante la gravedad de las circunstancias se alejara de la ciudad; mas, como la acusación era completamente independiente de la primera, fue necesario sortear de nuevo a los miembros del Jurado, saliendo favorecidos los siguientes: Manuel A. Ramos, el Capitán Pedro Pablo Echeverría, el Comandante José María Noboa, Fernando García Moreno, Manuel de Jesús Bravo, Pedro Sánz y Miguel de Andrade Fuente Fría, quien se excusó por segunda vez, aduciendo que seguía en cama sufriendo de un agudo ataque de «tercianas».

Se llamó a declarar al Impresor   Carlos Matamoros que luego de prestar el juramento de estilo manifestó: «que el autor de las hojas volantes era Romero, que se habían impreso unas doscientas y que él guardaba en su poder diez». Se le ordenó que las destruya y una vez firmada su declaración abandonó rápidamente el local de la Comisaría Segunda Municipal, situada en la calle de la Orilla, en el edificio del Cabildo, encaminándose hasta la hoy calle Colón (del Fango) mas, el pobre impresor dejó olvidado su sombrero y los guantes, prendas muy comunes en esa época. Esto causó hilaridad entre los concurrentes, que habían notado el nerviosismo del intranquilo y agitado Matamoros.

En estas condiciones José Garaycoa con fecha 20 de abril manifestó a Manuel Tama, que había circulado por el vecindario la noticia que Romero, viéndose perdido, tenía «un pie puesto en la canoa» y que de una momento a otro abandonaría la ciudad. Razón por la cual insistía en solicitar la prisión preventiva del sindicado.

El Comisario consultó con el Asesor Legal, quien manifestó por la tarde que no había lugar a prisión, ya que el Tribunal de Imprenta no se instalaba, siendo este organismo el único llamado a ordenar prisiones. ¡Había que esperar hasta el día siguiente, 21 de abril, fecha designada para la instalación.

En la ciudad existía curiosidad ¿Ganaría Racines? ¿Prenderían a Romero? ¿Se burlaría éste, por segunda vez de sus acusadores? Había que esperar hasta el día siguiente.

Pero ¡Oh sorpresa! Todos esperaron menos Romero pues el muy pícaro ante la posibilidad de hospedarse en la cárcel por algún tiempo, decidió abandonar Guayaquil y esa noche, muy calladito, embarcóse en una canoa con dirección a la Isla Puna.

¡Qué gritos al día siguiente! Todos protestaban: los Miembros del Tribunal que se vieron burlados, el pueblo que se perdió de asistir a un espectáculo gratuito, pero más que todos el Promotor Fiscal de la Diócesis, Racines, quien ya tenía hasta memorizado un brillante discurso que pronunciaría  delante de los Miembros del Tribunal.

José Garaycoa retiró inmediatamente su acusación, reservándose el derecho de iniciar una nueva, en caso que lo creyera oportuno.

I Romero en la Isla Puna se dedicó al comercio y como no era tonto y conocía las artes y las mañas que puede conocer un hombre despierto, hizo fortuna negociando con productos de la isla y en especial con la famosa lana de ceibo que exportó en grandes cantidades al Perú obteniendo crecidas ganancias. Con el tiempo contrajo matrimonio con una bella y esbelta dama y fundó un respetable hogar en El Oro.

El Dr. Racines tampoco se quedó atrás pues al poco tiempo fue llamado por sus compatriotas quienes lo colmaron de honores y cargos que él desempeñó con la precisión y pulcritud que le eran características. Falleciendo el día 30 de mayo de 1.868 en su ciudad natal.