157. Procesiones Guayaquileñas de antaño

Las máss importantes procesiones guayaquileñas en el siglo XIX por el lujo que derrochaba el vecindario era la de los santos patronos de las Iglesias y una que otra especial, por el colorido que imprimían sus principales personajes. Veamos las mejores.

DEL SANTO SEPULCRO

Tenía lugar el sábado santo y se costeaba con limosnas solicitadas por caballeros de la localidad que en compañía de muchachos con bandejas o fuentes de plata, subían a las casas por dinero. Hacia 1.880 fue prohibida por el clero pues se prestaba a burlas; sin embargo, en sus mejores épocas, fue un espectáculo realmente asombroso. Había monumentos arreglados en diversas esquinas de la urbe y se rezaba una estación a cada paso. El árbol con Judas ahorcado representado por un muñeco grande de trapo; la última cena con viandas y potajes que efectivamente eran consumidos por los actores y delante del pueblo; la esclava de Caifás con la escoba en brazo; los nazarenos coronados de espinas y pintadas las caras con achiote para simular sangre; las mujeres de Jerusalén, grotesca comparsa de lloronas y arrepentidas que gemían las desgracias de los futuros judíos y en fin, tantas escenas como la imaginación y el dinero lo permitían, hacía de esta procesión la mejor y más rumbosa del puerto. 

DE LA RESURRECCION

Se iniciaba a las cuatro de la mañana del domingo de gloria al son de alegres campanas que anunciaban la resurrección del Salvador. El pueblo, ya de pie esperando la grata novedad y ese momento miles de personas se abrazaban con grandes muestras de júbilo.

Del templo de San Francisco salían tres grandes grupos de fieles, unos con San Juan (persona disfrazada) tomaban por la calle Bolívar (hoy Víctor Manuel Rendón) y en la esquina del Malecón esperaba la llegada de doña Verónica (mujer vestida a la antigua) que había salido por Nueve de Octubre. Ambos andaban buscando al Señor y al verse, San Juan se acercaba como buen caballero y ambos se saludaban con tres reverencias y muchos gritos de bienvenida que lanzaban los dos bandos.

En seguida se dirigían a la antigua calle de la Municipalidad (Aguirre) donde se topaban de buenas a primeras con el mismísimo Jesús resucitado y nuevas venias y mayores gritos. Acto seguido la procesión encabezada por Cristo, con Verónica y San Juan a sus lados, recorrían la calle del Arzobispo Garaycoa (hoy Mejía) hacia Pichincha y tomaban por Luque (que fue la primera calle empedrada) seguían a Pedro Carbo y retornaban al templo de origen a las seis de la mañana para oír misa y comulgar en masa. La procesión había durado cosa de dos horas.

OTRAS PRACTICAS NOTABLES

En general era durante la Semana Santa cuando más limosnas solicitaba el clero y jamás se birlaba un sólo centavo gastándose todo en el mayor boato de la recordación del sacrificio, muerte y resurrección del Salvador. Desde el Martes Santo numerosos chicuelos salían al comercio para el arreglo de los monumentos del Jueves, no faltando los que sacaban en andas a algún santo de su preferencia pidiendo erogaciones para construir un altar; costumbre que se repitió hasta 1.980 en el sector de la plaza del sur donde llevando en andas a la virgen Dolorosa cuatro interioranos presididos por una mujer que porta una campanilla que hacía sonar en los oídos de los transeúntes, pedían plata a más y mejor. Bien por el folclor nacional y mal por los abusos a que puede prestarse esta antigua práctica religiosa. 

LAS TRAGICOMICAS TINIEBLAS

Tinieblas es el nombre de una de las más tradicionales ceremonias que nos legara España. Hasta hace pocos años se celebraron en las iglesias, especialmente en la de San Francisco (década de 1.940) y era de ver la enorme cantidad de público que concurría. Una noche al año los clérigos de cada convento tenían que cerrar las puertas del templo con gran concurso de personas en su interior y luego, en completa obscuridad, sacando fuerza de flaqueza, se asestaban duros latigazos en expiación de sus culpas. Casi siempre las Tinieblas se realizan en Cuaresma, tiempo propicio para la expiación y el perdón.

Esta práctica fue degenerando con el andar de los siglos hasta transformarse en una farsa por culpa de malcriados mocetones que lejos de inspirarse y recogerse ante los ayes y lamentos de dolor que lanzaban los frailes, haciendo mofa de la mortificación, gritaban a más y mejor, y aprovechaban la falta de luz para regalar panes de boda a los asistentes.

I no se crea que esos panes eran comestibles, por el contrario, con este nombre conocían nuestros abuelos a las pelotas de cera coloreada que unidas a una cuerda de cáñamo ocasionaban golpes y contusiones al que las recibía, lastimando cuerpos y cabezas a discreción.

Otros concurrían con alfileres, pinchando a los vecinos y uniendo sacos, levitas y personas para que a la salida se empujen. Algunos se golpeaban contra las paredes simulando penitencia, pecadores arrepentidos o síntomas de delirio. El Obispo doctor Roberto María de Pozo Marín prohibió estas escenas de Tinieblas, pero como su gobierno fue corto, ni bien iba saliendo de la diócesis cuando nuevamente se reiniciaron las tinieblas en su antiguo esplendor.

FIESTAS RELIGIOSAS

En la Provincia hay todavía gran número de fiestas religiosas y desde antaño se las cultivaban con amor y gratitud en recuerdo a los santos predilectos. Vemos las principales.

FIESTA DE SAN JUAN

(24 DE JUNIO)

Hasta la independencia fue célebre en Guayaquil y desde 1850 quedó para los campos. La gracia consiste en correr a todo galope por calles y plazas gritando y haciendo equilibrio sobre la cabalgadura con una mano en alto que hacía girar en molinete a un gallo cogido del pescuezo. El animal moría siempre y allí estaba la «gracia». Los jinetes montaban en subido estado de ebriedad y eran aclamados al final de la carrera, recibiendo el que había llegado primero un sonoro beso de la madrina. 

FIESTA DE SAN PEDRO

         (29 DE JUNIO)

Todavía se celebra en Guayaquil. Antaño era de gran postín y no había vecino que no concurriera a la Sabana Grande de San Pedro que aún existía hasta 1.968 al lado del Hospital Territorial, hoy ya no existe ninguna sabana en la ciudad. Los cholos sabaneros que la habitaban venidos de Daule y Colonche a finales del siglo XVIII, subían sobre un altar la imagen del patrono y en su alrededor instalaban kioscos al por mayor. Desde la conquista existió entre los indios de Daule y Colonche una íntima unión. Cuando los Caciques dauleños querían casar a sus hijos o hijas mandaban a pedir novios y novias a Colonche y viceversa. Los Coloncheños eran Huancavilcas del Sur, enemigos de los Manteños o Huancavilcas del Norte y los Dauleños chonanas se originaban en los indios de la Amazonía, entonces ¿De dónde les salía tanto compadrazgo? Pues del comercio, ya que de Colonche se enviaba sal al oriente y de la región de Quijos hojas de coca a la costa ue arribaban a un poblado situado con frente a Daule donde eran almacenadas para su distribución y venta. Los comerciantes de la coca llegaron a tener tal poerío que inclusive se les reconocía soberanía (el Cacicazgo de Quijo Daule) La actual familia Carchi, descendienese directos de los antiguos Caciques de la parcialidad dauleña, reconocen como antecesor más lejano al Cacique de Colonche llamado justamente Caichi (sal) marido de la Cacica de Daule.

En la fiesta de San Pedreo las mejores diversiones eran Carreras de ensacados, de tres piernas, hípicas, bailes con guitarra y acompañamiento de coplas de subido tono y color, variedad de comidas criollas, amor y besos libres, palo encebado, pelar cangrejo al aire libre, juegos de azar con apuestas de dinero, lidias de gallos, juego de gallos enterrados y degollados (la mala pata de San Pedro hace que siempre que haya acción le tengan que cantar los gallos), venta libre de guarapo de Milagro, mallorca preparado (así se llamaba al aguardiente anisado de Daule) cerveza para  los convalecientes, coñac nacional preparado en Guayaquil, garrote limpio a altas horas de la noche y hasta una que otra puñalada o balazo madrugador  y al día siguiente, los celebrantes chuchaques consumían las sobritas – popularmente El Calentado –  en una ceremonia llamada de «La Corcova» o de lo que estás después que para el caso viene a ser lo mismo.

Otras fiestas notables son las de San Jacinto de Yaguachi, la del Cristo negro o Señor de los Milagros de Daule y la del Señor de las Aguas en Colonche. 

 

LOS NACIMIENTOS

Antiguamente se celebraba la Nochebuena del niño Manuelito con una misa de gallo en la madrugada del 25 de diciembre, a la que iban los niños con sus padres a rezar al recién nacido y pedir bondades para todo el año. Esto de llamarle Manuelito es una antigua práctica cristiana». En idioma hebreo «Emmanuel» significa «Dios está con nosotros» y en la misa de gallo de antaño y al momento de la eucaristía, las voces infantiles cantaban aquella célebre estrofa que dice asl: «Niño Manuelito qué quiere comer, / buñuelitos fritos / envueltos en miel…….» y seguían entonando otros versos de nuestro folclor.

En la Plaza Matriz y desde 1870 los días 25 de diciembre era acostumbre costear a los niños del puerto una mañana de alegría. Los comerciantes y personas pudientes ponían juguetes, frutas y confites en uno de los más grandes, y corpulentos árboles y luego los repartían al son de canciones, pitos y bocinas. 

El comercio vendía juguetes fabricados por artesanos de la Sierra. Muñecas de madera, coches, veleros y casitas, todo nacional. El 24 desde muy temprano salían las bandas de música a tocar a los parques y Guayaquil se vestía de gala. En todas las casas se cenaba el clásico «pastel de puerco» que se confeccionaba de la siguiente manera. En en una concha de harina de trigo mezclada con agua fría, manteca y sal si inervención directa de las manos pues solo podía usarse dos cuchillos y que se metía al horno para que se cocine, luego al enfriar se ponía el relleno de carne de puerco molida y cocinada con sal, pimienta y especies, mezclándola con pasas, ciruelas pasas, huevos duros, aceitunas verdes y un refrito de cebolla colorada, ajos y pimientos y bizcochuelo desmenuzado en vino dulce o en Oporto. Se colocaba la tapa, de igual confección que la concha pero pintada con brocha de una mezcla de yemas de huevo y leche y se volvía a meter al horno para que cocine y dore. Luego lo sacaban y le ponían banderitas de colores como adorno. Este postre era típico en la costa y muy popular en Guayaquil.

 LOS SANTOS INOCENTES

         (DICIEMBRE 28)

En ese día se conmemoraba la degollación de los santos inocentes por orden de Herodes en tiempo del nacimiento de Jesús y aunque a ciencia cierta nadie se explicaba qué tenía que hacer este hecho histórico con las «pegaduras o inocentadas al prójimo», lo cierto es que los 28 de diciembre los diarios sacaban noticias catastróficas para burlarse de los lectores, aclarándoles el 29 con el remoquete de «Pobres inocentes».

Quizá podríamos explicar «las tomaduras de pelo» del 28 relacionándolas con el engaño sufrido por los soldados de Herodes cuando por matar a Jesús, terminaron con los inocentes niñitos de la región, sufriendo un clamoroso chasco.

Pues bien, ese día acostumbraban nuestros antepasados a obsequiarse con dulces de mentirillas. Iba una fuente de nueces vacías pegadas con goma y regresaban sabrosos nevados conteniendo palo de balsa en lugar de bizcocho. Por allí una vecina mandaba suspiros rellenos de algodón y el párroco era burlado con una dulcera de huevitos de faltriquera de lodo amasado. En fin, no faltaban los «vivos» que pedían préstamos y luego muy orondos y sin ningún rubor gritaban: «Que la inocencia te valga y por ser 28 de diciembre, no te pago. ¡Pobre inocente!»