SOLANO MACHUCA FRAY VICENTE

ESCRITOR.- Nació en Cuenca el 16 de Octubre de 1791. Hijo legítimo de Tomás Solano y Gutiérrez del Tejo y de María Vargas – Machuca y Cardoso, honrados agricultores dueños de la pequeña finca ganadera “Tasqui”, en el sitio Bante, jurisdicción de Paute. Bautizado como Domingo, estudió las primeras letras con su padre en Tarqui.
Desde solo 9 años en 1800 el Franciscano fray Antonio Bustamante y Alvarez lo sacó del hogar, condujo a Quito y lo puso en el noviciado del Convento franciscano donde tuvo por maestros a los padres Mariano Vásconez y Narciso Segura y estudió gramática y filosofía. En 1809 pasó a la Recoleta de San Diego y siguió cursos de Teología. En 1813 obtuvo por oposición la cátedra de filosofía y se perfiló como hombre de estudio pues conocía latín, francés y italiano, idiomas en los que leía y escribía de corrido y entendía todo, solo tenía veinte y dos años. En 1814 aprobó sus exámenes y recibió la ordenación sacerdotal con el nombre de fray Vicente, de manos del Arzobispo José Cuero y Caicedo, que también le instituyó predicador y confesor. Dos años después era catedrático de teología en San Diego y el superior lo envió a catequizar infieles en el oriente pero a causa de su mala salud y debilidad general (siempre fue delgadísimo) al poco tiempo fue devuelto al convento franciscano de Cuenca y gastaba su tiempo libre como profesor de moral del Colegio Seminario, hasta que en 1828 vio que “el espíritu rutinero de las aulas jamás puede hacer hombres pensadores”. Entonces no se acostumbraba el diálogo razonado, sino la simple lectura de los textos de los maestros, que no se podían discutir pues lo dicho era ley (magíster dixit) quizá por eso abandonó la carrera, dedicando su existencia a la lectura en el retiro y a la abstracción de sus pensamientos en su celda franciscana.
Ya funcionaban tres imprentas en Cuenca, una de ellas había sido adquirida por el Gobernador, General Ignacio Torres y Tenorio, quien tuvo la feliz ocurrencia de dársela a Solano para que la dirija. El fraile pasaba por ser uno de los más cultos y ameritados varones de la ciudad, fervoroso admirador de Bolívar e íntimo del Gobernador, su vida claustral le distinguía por su sencillez y porque era obediente y casto y como se daba a todos: al pobre, al rico, al ilustrado y al ignorante, pues le agradaba aconsejar, numerosas personas le visitaban. Además, poseía un estilo claro y preciso, su argumentación era recta y severa, le encantaban las discusiones sobre los temas más diversos y se volvía intransigente y hasta necio en la defensa a ultranza de sus puntos de vista, y como buen tímido poseía dos personalidades distintas. Una era la real, que usaba de continuo en el trato diario y otra la ficticia, que asumía cuando escribía, entonces se volvía un luchador que no temía a nada ni a nadie, y que exageraba y hasta llegaba al insulto procaz.
Para colmos, le correspondió vivir entre dos épocas diametralmente opuestas, la del antiguo y la del nuevo régimen, por eso su existencia se vio alterada por esta tensión (no creía que las nuevas ideas propugnadas por el liberalismo pudieran ser compatibles con la civilización cristiana representada por la religión católica) de manera que jamás transigió con los cambios de la modernidad, y se volvió negativo y solitario, es decir, un sujeto aparte.
En Enero de 1828 publicó “El Eco del Azuay”, periódico que duró seis meses y salió en veinte y seis números; su contenido fue mixtureado, yendo de la política hasta la filosofía pero logró interesar a la elite del pensamiento grancolombiano. El 29 de Junio escribió sobre la prohibición a los católicos de leer las biblias como la que patrocinaba la Sociedad Bíblica a través de un agente suyo en el país, llamado James Thompson. Para Solano la única Biblia posible era la aprobada por el Concilio de Trento. En el último número estampó el siguiente epitafio: // Aquí yace un majadero, / Que nos habló en guirigay: / Llamóse Eco del Azuay, / Lo mismo que decir cero. // No le llores pasajero, / Pues que nos dijo verdades / Sin usar de necedades, / Como se estila en el día; / Luego debes a porfía / Vengarte de sus maldades. //
Ese año apareció su libro, el primero en imprimirse en Cuenca, titulado “La Predestinación y reprobación de los hombres, según el sentido genuino de las escrituras y la razón” muy influenciado por las ideas del célebre tratadista francés Jansenio y luego por el jesuita chileno Manuel Lacunza, fallecido en el destierro en Italia. Contiene como tesis que “el número de los predestinados está decretado por Dios (grandísima tontería) número que irá disminuyendo con el flujo de los siglos y por una razón inversa se aumentará el libertinaje”, teoría ridícula y absurda que sin embargo causó sensación y provocó reacciones encontradas, de manera que a las pocas semanas el Dr. José Chica, Fiscal de Quito, pidió al Dr. Calixto Miranda y Suárez, VI Obispo de Cuenca, que lo hiciera recoger y prohibiera su lectura. La curia cuencana encargó al célebre teólogo quiteño Dr. Joaquín Miguel de Araujo para que emita su dictamen, que fue adverso a la obra de Solano como no podía ser de otra manera en tratándose de una materia llena de oscuras alucinaciones imposibles de comprobar.
En su parte medular Araujo explicó que “La Predestinación” contenía un sistema absurdo que ni siquiera llegaba a herético, erróneo o temerario y que era propio de un fraile arrogante por ignorante. En síntesis, que el libro era un solemne disparate y se decretó la prohibición de su lectura. Mientras tanto fray Vicente había publicado en su defensa el folleto de 17 págs. titulado “Espíritu de fray Vicente Solano”, dándose a conocer como polemista “irónico, mordaz, caustico, agudo y erudito” y en 1.829 editó “El Baturillo” o refutación crítico teológica por don Veremundo Farfulla, analizada y reducida a su verdadero punto por el fraile V.S.” en 60 págs. como refutación al juicio crítico de Araujo, quien no replicó, pero la carrera de Solano como teólogo y escriturario había terminado con la primera de sus producciones reduciéndole a simple discutidor de asuntos intrascendentes, a polemista y a insultador y satírico. De loco furioso le calificó Araujo
“La Predestinación” siguió prohibida hasta que en 1853 su hermano de Orden, el bonísimo fray José Manuel Plaza de la Tejera, recién designado VII Obispo de Cuenca, por satisfacerle más que por otra consideración, el 22 de Junio de ese año, cometió la imprudencia de levantar la prohibición dictada por su antecesor, pero sus enemigos se movieron en Roma y el 5 de Marzo de 1857 Pío IX decretó su inclusión en el “índice de Libros prohibidos por la Iglesia”, obligándole a firmar un “Acta de Acatamiento”, que fue enviada a Roma y aceptada por dicho Papa mediante Decreto del l de Diciembre de 1861. Así concluyó el escándalo de un libro que hoy sólo causaría aburrimiento pero que entonces produjo treinta y tres años de agrias polémicas, múltiples sinsabores a su autor y una exclamación suya “mientras los defensores de la religión no reúnan la bella literatura y las ciencias naturales a la teología, es tiempo perdido en escribir fárragos para persuadir a los incrédulos” que demuestra que la pirámide de sus conocimientos estaba en proporción inversa porque supeditaba las ciencias naturales al ergo.
En 1829 fundó “EI Telescopio” y “La Alforja” combatiendo la expedición del Mariscal José Domingo de La Mar y Cortázar contra el sur de Colombia y reiteró su admiración por Bolívar. En 1831 ascendió a Guardián del Convento de Pomasqui (Custodio de su Orden) y en Diciembre pronunció un discurso en la Catedral, por las solemnes exequias fúnebres celebradas en memoria del Libertador Bolívar. En 1834 pronunció el Discurso en el Te Deum celebrado por el triunfo de Miñarica, implorando la Paz del Dios misericordioso, pero fiel a su mentalidad ultra conservadora cometió el error de atacar al Coronel Francisco Hall, fundador de la Sociedad de El Quiteño Libre, quien había sido asesinado durante el asalto al palacio presidencial en la capital. En ambas ocasiones lució sus dotes de orador y hombre de vasta cultura pero ya la oratoria sacra empezaba a perder el lugar de privilegio que tuvo en la época colonial.
En 1835 con ocasión del decreto de exclusión de los sacerdotes en la convocatoria de elecciones para Diputados a la Asamblea Constituyente, publicó el “Semanario Eclesiástico, periódico religioso, político y literario” pero le salió al paso “El Ecuatoriano del Guayas” en sus Nos. 70 y 71, comentando favorablemente el Decreto. Bastó y sobró para que Solano publique el número tres de su periódico donde se fue hasta contra la baronesa de Stael quien había proclamado en Francia la conveniencia de separar a la religión y a la política para que la nación sea sinceramente religiosa.. El Provisor y Vicario Capitular de Cuenca, Dr. Mariano Veintimilla Domínguez, había designado un tribunal especial para juzgar dichos impresos – El Ecuatoriano del Guayas – del que Solano formó parte – y con el informe expidió el Decreto de excomunión mayor contra los que leyeran ambos números de la hoja guayaquileña.
Así las cosas, el Prefecto del Guayas, Vicente Ramón Roca, impidió la fijación de carteles en las iglesias de Guayaquil y comunicó el particular al Jefe Supremo Vicente Rocafuerte, que en seguida decretó el destierro contra Veintimilla y los miembros del Tribunal eclesiástico, Solano entre ellos, siendo los otros presbíteros Andrés Villamagán, Julián Antonio Alvarez, José Mejía, Evaristo Nieto y Manuel Cortázar. A consecuencia de ello pasaron todos al exilio. Solano vivió unos pocos meses en Cajamarca (Perú) en el domicilio de un hermano, hasta que la Convención le permitió regresar a Cuenca en Julio de ese año, pero volvió igual pues siempre fue en materia religiosa, atrabiliario y ultramontano.
Entonces comenzó un período dedicado a rudas polémicas que sucesivamente mantuvo por la prensa: 1) Con el Coronel andaluz Francisco Eugenio Tamariz y Gordillo entre 1836 y el 43. 2.- Con el Dr. Salvador Jiménez, Obispo de Popayán entre 1839 y el 40. 3) Con el célebre periodista guatemalteco Antonio José de Irisarri y Alonso entre 1840 y el 45 y 4) Con el Canónigo Mariano Veintimilla Domínguez (su antiguo amigo) entre 1846 y el 49.
Con Tamariz peleó por puro gusto, pues éste no fue el autor de los dos papeles que circularon en Guayaquil contra el fraile. Inclusive, Tamariz le visitó para darle explicaciones y como no las aceptara Solano, editó una hoja al respecto. A consecuencia de estos acontecimientos salieron varios papeles sueltos que contenían un “Diálogo joco – serio entre el Padre Patisucio y Antonio Naldo o nalgas” aparecido en Guayaquil. A esto replicó Solano con “Carta de fray Gargajo o anatomía completa de la cabeza del Dr. Chusquito” en 16 págs. pero fue respondido con “Escopetazo a los pájaros de Safón, inclusive un murciélago” y la pelea terminó con otro escrito de Solano intitulado “Cañonazos de un artillero americano contra un escopetero andaluz” en 125 págs. siendo respondido con “’Una bomba arrojada sobre la bóveda gótica o sea cráneo molondrón de fray Gerundio Zampatortas, artillero muy recluta de la escuela práctico testamentario tartúfica” en 25 págs.
Con el Obispo de Popayán litigó porque éste había enseñado que la supresión de ciertos conventos de menores (conventillos) no era contraria a la religión. Contra eso escribió “Juicio imparcial sobre la exposición del Sr. Obispo de Popayán, Dr. Salvador Jiménez, acerca del Decreto del Congreso Granadino, relativo a la supresión de algunos conventos de Pasto”, siendo contestado con una “Carta del Obispo” que replicó con “Dialoguito entre un pastuso y el Sr. Obispo de Popayán, Dr. Salvador Jiménez” en una hoja, que suscribió como si fuera “Un loro del señor Obispo de Popayán que oyó esta disputa”, y no contento con esto aun publicó “Contestación a la carta del Ilustrísimo Sr. Obispo de Popayán, Dr. Salvador Jiménez, dirigida al P. Fr. Vicente Solano, del Orden de San Francisco”.
La polémica con Irisarri fue de igual a igual porque éste era “hombre de estado, literato y autor de “cuestiones filosóficas, sujeto mundano y diplomático”. En 1839 Irisarri había sido designado periodista oficial por el Presidente Juan José Flores y con tal motivo fundó en Guayaquil “La Verdad Desnuda” en uno de sus números comentó la supresión de los conventillos de Pasto, llegando a calificar de loco a Solano y este se defendió en “Triunfo del papel intitulado juicio Imparcial”.
Irisarri ya no publicaba “La Verdad Desnuda” sino “La Balanza” y comenzó a darle a Solano con epítetos más rudos, siendo respondido con “Epístola crítico – balanzario – molóndrica a los editores de la Balanza, flor y nata de los gerundios, con una dedicatoria a las madres de los balanceros”. Después escribirá “Soplamocos literario al editor o editores de la Balanza, por el Lic. Mata Balanzas” y como la discusión pasó del plano personal al gramatical, por casi tres años le endilgó a Irisarri diecinueve cartas desde Cuenca, persiguiéndolo de “La Balanza” al “Correo Semanal” y luego a “La Concordia”, periódico que fundó Irisarri en 1840 y salió hasta el 45, emigrando del Ecuador poco después de la caída de Flores, en Mayo de ese año. De todo esto ha quedado el estilo y la mordacidad de los contrincantes así como la constante burla y los terribles insultos que se dijeron.
La última polémica de Solano fue contra su antiguo amigo el Dr. Veintimilla porque éste se pronunció en 1843 por el acatamiento de los eclesiásticos a la constitución pues en ella constaba un artículo solicitado por el diputado Rocafuerte sobre la prohibición a los sacerdotes de ejercer funciones legislativas. Solano creyó que constituía una notoria injusticia contra el clero y así lo expresó en “La Luz” y en el púlpito, agitando a la población con el fin de armar una insurrección, pero fue suspendido en sus funciones por Veintimilla – que ejercía de administrador del Obispado – y hasta amenazado con una excomunión; pero después de la revolución marzista, del 6 de Marzo de 1845, cobró fuerzas y se burló con un papel sin firma titulado “Tonterías del Dr. Mantequita”, que endilgó a su contrincante Veintimilla.
En 1839 había editado “Bosquejo de la Europa y de la América en 1900” en 67 págs. donde anunciaba los enfrentamientos bélicos que sucederían en el siglo XIX hasta terminar con el predominio de dos potencias por entonces en formación: Rusia y los Estados Unidos. “Genio de la anticipación” le han llamado por esto en Cuenca.
Entre el 39 y el 44 sacó el “Semanario Eclesiástico” y por dos ocasiones comentó muy favorablemente el Canto a Bolívar, la victoria de Junín, manifestando que la aparición del Inca Huayna Cápac dentro del poema es una máquina poética tan hermosa, que no se encontraría cosa semejante según mi pequeño modo de concebir, ni en Homero, ni en Virgilio, ni en Tasso. Es una imitación de la profecía de Anquises en el Libro sexto de la Eneida, pero esta imitación es superior al original. En una palabra, esta ficción es la más verosímil entre todas las apariciones de divinidades, fantasmas, furias, espectros, de los poetas más famosos.
I sobre el tema del Canto vuelve Solano a insistir en “La Escoba” en 1857 y dice: El señor Olmedo ha observado literalmente el precepto de Horacio en su Ars Poética cuando dice que las ficciones pensadas para agradar deben aproximarse a la verdad. Igual que Bello, piensa que hubiera sido conveniente reducir las dimensiones del Canto porque no es natural a los movimientos vehementes del alma durar largo tiempo.
En 1846 polemizó sobre la constitución del 43 en lo referente a religión con el papel “Los Clérigos de Tandacatu refutados por ellos mismos” en 2 hojas. También refutó a Ignacio Marchán y a los periódicos “El Censor”, “El Ecuatoriano” y “El Atalaya” sobre el patronato eclesiástico. El 47 defendió a los jesuitas y atacó a los congresistas encargados de los asuntos religiosos.
En 1848 se dio tiempo para contestar a “Unos jóvenes periodistas de la Libertad” y trató de buscar camorra a Pedro Moncayo, sin resultados. Ese año fue candidatizado para Arzobispo de Quito, pero resultó electo Francisco Javier de Garaycoa y Llaguno. Entonces aceptó el rectorado del Colegio de Loja y con tal motivo realizó dos viajes a esa ciudad, fruto de los cuales son sus libros científicos denominados: “Viaje a Loja” y “Segundo Viaje a Loja…” que contienen observaciones sobre la fauna, flora y mineralogía. En 1849 examinó la política religiosa de los Ministros y el Congreso Nacional.
En 1851 publicará “La Guerra Catilinaria” de Salustio, traducida del latín con notas, por ser obra “utilísima para la política y la moral de su tiempo” y su sermón del Santísimo Sacramento predicado en la Catedral en la octava del Corpus en 18 págs.
En 1852 la Convención Nacional lo designó Obispo Auxiliar de Cuenca y no aceptó, declinando el honor para no distraerse de sus altos empeños intelectuales. En 1854 fundó “La Escoba” y “atacó a los tontos, donde quiera que estos se encuentren”, así como a los periodistas de “La Libertad”. El 55 hizo el elogio fúnebre de su amigo el Obispo Manuel Plaza de la Tejera.
Su salud se había resentido por una amebiasis crónica que le mantenía constantemente con disentería. No comía más que una vez al día y sufría de desnutrición general. En 1857 atacó por la prensa a la ilustre poetisa Dolores Veintimilla de Galindo, contribuyendo así a bajarle el ánimo, lo cual la condujo a su doloroso suicidio.
En 1860 – recluido en su celda – dio a la imprenta un folletito bajo el título de “Reflexiones sobre la autoridad temporal del Papa” y en 1.861 “Colección de artículos publicados en el periódico intitulado La República” con máximas, sentencias, fábulas, pensamientos, en 62 págs. comentó el poema de Juan León Mera “La Virgen del Sol”, leyenda indiana que le agradó mucho.
De allí en adelante casi no pudo escribir. Vivía de continuas dietas, sin dentadura, con interminables cólicos y consumido por la debilidad, apagándose su vida a los setenta y tres años, el 1 de Abril de 1865, ante la consternación de su ciudad.
Murió respetadísimo, su deceso fue sentido en la república, tal el prestigio que gozaba. Hernán Rodríguez Castelo ha dicho de Solano que marca una transición entre la prosa colonial de Espejo y la de Montalvo y Calle, en esa edad media literaria que fue nuestra independencia y comienzos de la República. Solano fue hombre de contrastes y tensiones, abierto a toda innovación por natural curiosidad pero receloso y conservador las desechaba. La fuerza de su talento se estrelló casi siempre en la mentalidad y ámbito pequeños que tuvo que habitar y su formación mental – dieciochesca – entorpeció su actuación dentro del siglo XIX.
Fue grande y pequeño al mismo tiempo, científico y naturalista en sus viajes a Loja, cavernario en su pendencia contra Dolores Veintimilla a quien dedicó en hoja suelta una “Graciosa Necrología” suscribiéndola bajo el seudónimo de “Unos Colegiales” y todo porque la poetisa había protestado en hoja suelta contra la aplicación de la pena de muerte en el Ecuador y el mundo. I cuando desesperada la poetisa, del abandono social en que vivía, tomó el atajo del suicidio, Solano – en lugar de arrepentirse – quedó impávido. También fue filósofo en el “Bosquejo de la Europa y de la América” y malcriado e hiriente en algunas de sus polémicas. El mismo se describió diciendo “Soy la quimera de mi siglo”.
Sus obras completas aparecieron en Barcelona en cuatro tomos entre 1892 y el 95, con prólogo de Antonio Borrero Cortázar. Su Bibliografía recopilada en Cuenca, en 1965, por Miguel Díaz Cueva, en el Tomo II de la Biblioteca Ecuatoriana, con una lista completa de sus seudónimos, varios índices, etc. Entre sus más destacados biógrafos tenemos a Víctor Manuel Albornoz, con dos tomos en 1965; Luís Cordero Crespo 1965 y César Dávila Andrade con un trabajo de juventud. Su epistolario al Dr. José María Lasso apareció en 1902 recopilado por Manuel María Pólit en 336 págs. Su epistolario con fray Buenaventura Figueroa O. P. en 1935, con Prólogo de fray José María Vargas, O. P. en 71 págs. y el Epistolario General recopilado por Agustín Cueva Tamariz en 1953.
Irisarri le calificó de “el fraile más ignorante, más vano, más soberbio, más malcriado y más hipócrita de la tierra, ridículo escritor, apóstol del fanatismo y orador del partido fanático, escritor de manguada y obscura nombradía” en esto último tenía razón pues Solano, en su momento, era uno de los pilares del pensamiento conservador – monárquico en política y dogmático e integrista en religión – frente a cualquier empeño transformador….También le dijo peleador a lo popular, por escribir falsedades e insultos semejantes en este siglo de cultura y decencia.