JUAN PIO MONTUFAR Y LARREA

PRESIDENTE DE LA JUNTA DE GOBIERNO.- Nació en Quito el 29 de Mayo de 1758. Hijo primogénito de Juan Pío Montúfar y Frasso, natural de Arequipa, creado I Marqués de Selva Alegre, Caballero de la Orden de Santiago y Presidente de la Audiencia de Quito, en su segunda esposa Rosa de Larrea y Santa Coloma. Como era prohibido a las autoridades contraer nupcias con vecinas del lugar donde ejercían mando, no pudo casarse sino después de tres años de haberse unido a ella, previa solicitud y pago de multa por esa “infracción”. El presidente Montúfar era muy mayor a su esposa pero se querían. Ella murió de fiebre puerperal en 1761 y él se abatió tanto que solo decía: “Muerta mi Rosita y yo con vida” falleciendo pocas semanas después, tres hijos pasaron a vivir con sus abuelos maternos en una rumbosa casa de la plaza Mayor, a un costado de la Catedral.

Su hijo Juan Pío primero recibió clases del profesor Apolinario Hoyos. Muy joven cursó Gramática Latina y terminó de aprender latín. A los diez y seis años comenzó a trabajar en varias haciendas familiares. Tres años más tarde, en 1777 solicitó a la Audiencia la administración de sus propiedades ubicadas en Cochicaranqui, Angla y Milán, remató el honorífico empleo de Regidor de Cabildo por cinco años y empezó a vender Bulas de Vivos y de Difuntos.

Las Bulas de Difuntos servían para rescatar almas del purgatorio y las de Vivos para solucionar casos de conciencia relacionados en su mayor parte con pecados mortales (robos, asesinatos, vicios nefandos, adulterios, estafas, etc.) El rematista ganaba la diferencia entre lo que cobraba y lo pagado, más o menos un porcentaje igual al treinta por ciento, se compraban con descuento en el Obispado, pagando el rematista de contado por el derecho a ser monopolista, es decir, único vendedor. La superstición imperante en el medio motivaba a la población a adquirirlas. Ahora, estoy seguro que no las compraría nadie pues constituían una inmoralidad.

En 1778 viajó a Lima a solucionar varios problemas relacionados con las propiedades arequipeñas que le correspondían por su herencia paterna. Nuevamente en Quito, contrajo matrimonio con su prima segunda Teresa de Larrea y Villavicencio en 1779, tenía veinte y un años de edad.

En 1783 fue alcalde de Segundo Voto del Cabildo y remató en la Junta de Temporalidades las propiedades y el obraje de Chillo que habían sido de los jesuitas, pero el decaimiento de la economía de la Audiencia y el pago de los impuestos le impuso una relativa estrechez.

En 1786 obtuvo la sucesión del marquesado de Selva Alegre y fue Situadista, es decir, remató el dinero de los impuestos que deberían ser conducidos hasta Cartagena de Indias para su embarque a España. Con tal motivo viajó a Nueva Granada, enterándose allí del súbito fallecimiento de su esposa. No volverá a contraer matrimonio, pues era un hombre tranquilo que amaba la comodidad por sobre todas las cosas. Su profesión: rentista.

Pasaba por ser uno de los más progresistas vecinos de Quito. Rico, industrioso, de buen físico y trato agradable. Al producirse en 1789 los primeros sucesos de la revolución francesa era más bien partidario de una monarquía tipo constitucional inglés y por sus lecturas y amistad con el precursor Eugenio Espejo continuó enterándose de los últimos sucesos europeos.

En 1790, por medio de su hermano Ignacio obtuvo la concesión del título de Caballero de la Real y Soberana Orden de Carlos III. En 1791 fue Intendentes Diputado de Alameda y de Comercio, en Noviembre asistió a la sesión inaugural de la “Sociedad Patriótica de amigos del País” que publicó “Primicias de la Cultura de Quito”, lamentablemente ese magno esfuerzo intelectual terminó en 1793 debido a las intrigas del Obispo José Pérez Calama, quien la denunció al Rey Carlos IV como peligrosa para el bien público.

En 1792 viajó nuevamente a Bogotá y visitó a Espejo que estaba desterrado, quien lo interesó en el conocimiento de las nuevas ideas y después escribirá de Montúfar: “Este joven, más ilustre por sus virtudes patrióticas que por el esplendor de su cuna, me honró desde su niñez con su amistad”, pues Montúfar – admirador del talento de Espejo – le había ayudado varias veces económicamente y con sus influencias, al punto que dos años más tarde, en 1794, pagó la colocación de las banderitas revolucionarias que aparecieron en varias esquinas de Quito.

En 1797 fue alcalde de Primer Voto. El 99, dada su apurada situación por falta de efectivo, obtuvo que su primo Gaspar Montoya y Montúfar le situara las rentas del mayorazgo de los Montúfar en Madrid, que éste administraba por encargo de los herederos del I Marqués y habiéndolas recibido con una información detallada, le agradeció mucho y pidió que continuara en dichos negocios.

Esos trabajos realizaba al margen de una vida intelectual activa, de útiles conversaciones científicas con los más notables talentos de la época entre los que no podían faltar José Mejía, Francisco José de Caldas, Anastacio Guzmán y Abreu, a quienes brindaba por largas temporadas su generosa hospitalidad en la casa hacienda del valle de los Chillos, que también compartía con las autoridades lugareñas y fue uno de Ios amigos y consejeros del ilustrado Barón de Carondelet, Presidente de la Audiencia.

En 1802 recibió a los sabios Alejandro de Humboldt y Aimé Bonpland y les hizo “obsequioso recibimiento” presentándoles a su hijo Carlos para que los acompañara en Quito y sus alrededores. Humboldt agradeció tales muestras de amabilidad bautizando una especie con el nombre de “Montúfari”. Después lo describirá de la siguiente manera: El gran señor, caballero ilustrado, que emprendía en la reconstrucción de las pirámides de Caraburo y Oyambaro, que vivía rodeado de libros, con exquisito buen gusto y que se portaba con extrema liberalidad en todo sus actos”.

Efectivamente, en su casa de los Chillos tenía Montúfar hasta una hermosa Capilla con cuadros y esculturas, utensilios del servicio religioso y muebles de estilo. Sin lugar a dudas, era el más distinguido vecino de Quito, al punto que años después fue calificado de “tener el aire de un hombre de Corte, más de lo que pudiere esperarse de una persona nacida en una comarca aislada”.

En dicha casa recibió en 1808 a sus amigos y discutieron los gravísimos sucesos políticos por los que atravesaba España, esto es el motín de Aranjuez y la destitución del todopoderoso Ministro General Manuel Godoy, el ascenso al trono del Príncipe heredero con el nombre de Fernando Vil y su viaje y prisión a Bayona, la invasión de tropas francesas a la península ibérica y coronación de José i Bonaparte como nuevo Rey.

Como dato curioso cabe anotar que por una denuncia realizada en su contra y presentada al Obispo de Quito, se sabe que para 1806 tenía en su casa de Quito un retrato de Napoleón, a quien parece que admiraba mucho pues era un afrancesado. En cambio no tenía los consabidos retratos de santos que tanto gustaban por entonces a la población.

Su pensamiento político era moderado, sin ambiciones personales, solo deseaba el bien de la Patria a través de un gobierno ejercido por los más capaces, amigo del espectáculo y el alarde pero incapaz de llegar al sacrificios para alcanzar ideales por su carácter timorato, vacilante, no era el personaje más apropiado para presidir una transformación política ni dirigir una revolución violenta.

i cuando ya se decidió el establecimiento de una Junta de Gobierno, surgió una denuncia (el realista Simón Sáenz de Vergara contó el asunto al mercedario fray Andrés Polo, quien lo refirió a su amigo el fraile Torresano y éste lo hizo público en la Audiencia) y el complot fue descubierto en Febrero de 1809 Montúfar y algunos más fueron apresados, recobrando su libertad pocas semanas después por falta de pruebas. Casi enseguida se conocieron en Quito las últimas noticias de la guerra de España, iniciada con el alzamiento del 2 de Mayo en Madrid por los Tenientes Daoíz y Velarde, y los próceres entraron nuevamente en conversación, elaborando un “Plan de defensa de Quito y sus provincias, destinado a conservar la provincia para nuestro soberano y su dinastía, en caso que tomada toda la España, los franceses intenten invadirnos y por lo que se podrá hacer cuando llegue esta infausta noticia” como paso previo para asumir el Gobierno; en la realización de este último punto Montúfar no estuvo de acuerdo y por eso no asistió a la reunión celebrada la noche del 9 de Agosto en casa de Manuela Cañizares, al lado del Sagrario.

En la madrugada del día 10 de Agosto de 1809 se realizó el golpe de estado instalándose la Junta Suprema Gubernativa que lo designó para ocupar su presidencia. A las doce del día entró en Quito con todos los honores y asumió el cargo “más por mantener la tranquilidad pública que por figuración, que su carácter no daba para eso”.

El día 16 se instaló la Junta en la sala de San Agustín, el 17 se celebró una solemne Misa y juraron por Rey al príncipe de Asturias don Fernando, con el nombre de Fernando Vil, adhiriéndose Quito a los principios de la Suprema Junta Central de Regencia con sede en Sevilla; esas muestras de adhesión y fidelidad a la monarquía no fueron comprendidas por la autoridades realistas que bloquearon los caminos de la capital.

Los Virreyes de Santa Fe y de Perú, Antonio de Amat y Borbón y José de Abascal y Souza y el Gobernador de Guayaquil Bartolomé de Cucalón y Villamayor, aunaron sus esfuerzos para aplastar a la Junta y decretaron la inmediata movilización de sus efectivos militares.

Entonces Montúfar “Hizo extrañas cosas” como iniciar un doble discurso pues por un lado seguía de Presidente de la Junta y por el otro realizaba actos insidiosos contra ella como dirigir el día 2 de Septiembre unas comunicación secreta al Virrey de Santa Fe pidiéndole no tomar medidas contra los quiteños a tiempo que hacía perseguir a los realistas opositores a la Junta y el 19 de Septiembre escribió al Virrey del Perú exponiendo las razones que le llevaron para aceptar la presidencia de la Junta de Gobierno, esto es, impedir los desórdenes tumultuosos, tranquilizar los ánimos y reponer el buen orden, confesando al mismo tiempo que mantenía un compromiso secreto con el Conde Ruiz de Castilla de hacer todos los esfuerzos más vigorosos para que se haga justicia a su mérito, reponerlo en su puesto y reconocerlo públicamente como Jefe legítimo. El 19 de dicho mes volvió a escribirle dando cuenta de la gravedad de la situación político – militar que estrechaba a la ciudad de Quito y renuncio tres días más tarde, el 22 de Septiembre, solicitando a sus colaboradores el restablecimiento del anciano Presidente Manuel Urríez, Conde Ruiz de Castilla, aunque con algunas condiciones que dejaran a salvo el honor y la seguridad de las cabezas del movimiento, pero los líderes barriales se exaltaron ante lo que veían como una felonía ya desembozada.

Esa actitud le malquistó con la mayoría de los próceres y fue acusado de traición. insistió en su renuncia y finalmente el 12 de Octubre se decidió la reposición de Ruiz de Castilla, no como Presidente de la Audiencia sino de la Junta de Gobierno. Montúfar había gobernado únicamente sesenta y cuatro días y se retiró a Latacunga, mientras en Quito se enseñoreaba el desorden y el pueblo ocupaba las calles dando mueras a los chapetones o españoles y vivas al buen Gobierno y a la religión. Entonces el Virrey Abascal le conminaba desde Lima a que destruyera la Junta por mala y ridícula, después le calificaría de irreflexivo.

En general el elemento aristócrata quiteño llegó a la revolución por simple novelería, encandilado por la novedad del asunto, convencido por el patriotismo de los ideólogos del movimiento (Quiroga y Morales) pero sin ánimo de rebelión por sus blandas costumbres. Se horrorizaban los nobles ante la violencia y en realidad de verdad estaban satisfechos con sus vidas.

El 24 de Noviembre entraban las Tropas del General Manuel Arredondo en Quito, sin oposición de ninguna clase y de inmediato este militar dominó la débil voluntad de Ruiz de Castilla quien había jurado no tomar retaliaciones, pero hizo apresar el 4 de Diciembre a los próceres, encerrándoles en el Cuartel Real de Lima. Esta debilidad del Conde, ignorar sus juramentos de respetar a los miembros de la Junta, le sindica ante la historia, como un gobernante débil y claudicante.

Montüfar estaba viviendo en su casa hacienda del valle de los Chillos, se enteró que había sido incluido entre los llamados reos de traición y se escondió. Su casa fue saqueada y tuvo que refugiarse en los montes; aunque por medio de sus parientes le hizo llegar dinero al Fiscal Dr. Tomas de Aréchaga y aunque siguió prófugo por varias haciendas (Suyu, Zilipuy y Tigua) pudo darse tiempo para redactar un escrito de defensa que envió al Virrey de Santa Fe. Así las cosas, pasaron siete meses, llegó el aciago 2 de Agosto de 1810 y el pueblo de Quito trató de liberar a los presos, asaltando el Cuartel donde aún les mantenían; pero fue rechazado por la soldadesca del Regimiento de Pardos de Lima con numerosos muertos y heridos, el consiguiente asesinato de los presos, saqueo de casas particulares y almacenes de comercio, así como todo clase de abusos y depravaciones. El sadismo, el crimen y la rapiña fue tan grande que la nobleza de Quito protestó y empezaron a formarse en los alrededores de la ciudad partidas armadas de indígenas, ante lo cual las tropas de Arredondo tuvieron que abandonar la ciudad, no sin antes llevar consigo un cuantioso botín.

Mientras tanto llegó el aviso a Quito que la Junta Suprema de Gobierno con sede en Sevilla había designado un Delegado para los territorios que componían la Audiencia de Quito y este era Carlos Montúfar, hijo del Marqués de Selva Alegre.

El 12 de Septiembre de 1810 hizo su solemne ingreso a la ciudad su hijo Carlos Montúfar y Larrea como Delegado de la Junta Suprema de Gobierno sujeta a la regencia hasta que el Príncipe de Asturias pudiera ocupar el trono de España, y concedió a la ciudad el derecho natural a organizar su gobierno autónomo en caso de que el monarca viniera a gobernar desde algún lugar de América; pero tanto él como la Junta de Regencia que representaba fueron desconocidos por las ciudades y sus autoridades realistas, y se volvieron a producir escaramuzas y encuentros que finalizaron dos años más tarde en 1812 con la total derrota de los insurgentes patriotas en San Antonio de Ibarra.

Entonces el Marqués y sus hijos Carlos y Javier se ocultaron en la hacienda Chillo. Semanas más tarde se presentaron al Presidente de la Audiencia Toribio Montes y lograron que les perdonara las vidas, saliendo al destierro. Carlos Montúfar viajó a España. Su padre partió al confinio en Loja el 5 de enero de 1813, pero un año después fue acusado de celebrar reuniones clandestinas en el obraje de la Ciénaga cerca de latacumba En Marzo estaba nuevamente en Quito bastante enfermo y achacoso pero así fue obligado a viajar a Guayaquil cargado de grillos; más, a la mitad del camino, logró fugar a Tumaco y el 8 de Septiembre renunció al marquesado a favor de su primogénito Javier, que vivía en Madrid con las rentas del Mayorazgo familiar, que seguía intacto mientras su padre sufría graves necesidades económicas pues las casas y haciendas habían sido varias veces saqueadas y luego confiscadas por orden del Presidente Montes.

En 1816 pasó en Quito por el dolor de conocer el fusilamiento de su hijo Carlos en Buga. El nuevo Presidente Juan Ramírez dispuso su prisión por mantener una correspondencia secreta con los próceres Antonio Nariño y José María Cabal, compañeros de su hijo Carlos en la Nueva Granada.

Apesadumbrado por tantos males y sintiéndose muy decaído logró que se le concediera pasaporte a España. En Enero de 1818 viajó con Manuel Matheu, Guillermo Valdivieso y el magistrado Rodríguez de Soto. En Quito quedaba su hija Rosa. En la capital española fue recibido cariñosamente por sus familiares y luego de un descanso viajó a Cádiz, ciudad considerada la más liberal de España por haber sido sede de las Cortes, donde se estableció definitivamente, gozando de las consideraciones de las autoridades y de la nobleza de esa ciudad.

Falleció dos años más tarde, el 15 de septiembre de 1818, de solo sesenta años de edad, de dolencias morales más que físicas, aunque aparentaba mucho más. Su cadáver recibió sepultura en la catedral ese mismo día.

Fue el primer presidente de la América Libre como bien lo ha anotado su biógrafo Neftalí Zúñiga, pero ni comprendió el momento histórico que le correspondió vivir ni fue comprendido por sus conciudadanos y aún hoy se discute enardecidamente sobre su hegemónica participación en nuestra independencia.

No brilló como docto ni erudito, ni como gran patriota; más, fue un generoso señor, ilustrado, magnánime, de trato exquisito y bondadoso en extremo, en síntesis, un hombre positivo para la sociedad y de bien para sus conciudadanos.

“Tenía la frente tersa y el cabello ensortijado hasta los hombros. Ojos claros y serenos, y nariz, aguileña. Su hermoso rostro reflejada franqueza, altruismo y lo lento pero acertado de su juicio”.

Sufrió persecuciones, confinios y destierros por haber actuado a favor de la Patria y si no estuvo siempre altivo y rebelde y si en algún momento flaqueó y hasta escribió cartas comprometedoras, culpa fue de esos tiempos iniciales de la Patria Boba, donde aún nuestros próceres no tenían una idea clara de lo que era la independencia de estas colonias y por eso actuaban con indecisión, moviéndose entre dos corrientes contradictorias que a veces les obnubilaba el sano entendimiento.

Ekkerart Kedding en su libro “Surge la Nación, la ilustración en la Audiencia de Quito” ha manifestado que la conducta de Montúfar ante los acontecimientos de Agosto de 1809, aunque aparentemente ambigua, bien pudo obedecer a su convicción de que los quiteños – en caso de una conflagración armada – no podrían enfrentar a las fuerzas de las autoridades realistas. Por ello esos gestos suyos, de aparente ambivalencia, eran motivados por la prudencia y el conocimiento de la inferioridad militar quiteña.