IÑIGUEZ VINTIMILLA JUAN

PRECURSOR DE LA LITERATURA REGIONAL AZUAYA.- Nació en Cuenca el 14 de Diciembre de 1876 a las ocho y media de la mañana. Sus padres fueron Juan Antonio Iñiguez Arteaga y Antonia Vintimilla Andrade, hija del canónigo Mariano Vintimilla que era muy acomodado. Nació en la casa materna de la calle Boyacá y Zea que era pequeña pero tenía un gran terreno.

“Cuando Juan Antonio Iñiguez Arteaga contrajo matrimonio era dueño de más de cuarenta mil pesos, tenía casa en San Sebastián, manzana de la Casa de los huérfanos, a la que fue incorporada en contra de su voluntad. “Un día se presentó como interesado el Dr. Miguel León, que llegó a Obispo, para que se la venda, ofreciendo solo mil pesos cuando costaba el doble. Mi padre se negó y León fraguó un simulacro de expropiación y el día que menos se esperaba se presentó acompañado de agentes de justicia para arrojar a los dueños a la calle. Mi padre se lanzó contra el clérigo garrote en mano pero no se realizó el hecho porque los acompañantes lo impidieron.I se consumó el despojo en la forma más inicua, poniendo en la calle los muebles que tenía y votandole la suma de seiscientos pesos. León es por esto un gran benefactor y mi padre, cuyo sudor amasó los muros de esa casa, la víctima. Desde entonces todo le salió mal, tuvo pérdida tras pérdida. Ocurrió por ese tiempo la muerte del Dr. Mariano Vintimilla, quien dejó toda la poca fortuna que le quedaba a sus hijos Modesto y Antonia. Modesto ya era abogado y enredó a mi padre en las tramas de un pleito y en transacción le dio a mi madre una casa en la calle Boyacá y Zea, con cuarenta metros de frente sobre la primera y sesenta sobre la segunda. Solo tenía fábrica en la parte de la esquina y el zaguán se abría a unos diez metros de esta, en la calle Boyacá. Partes de esa casa son ahora (1935) de don Isidro Andrade y todo lo demás hasta dar con la del Dr. Alfonso María Mora, en la calle Zea, hoy de Juan Jaramillo. Mi padre era de muy buen tipo y hasta viejecito conservaba el rosa de sus mejillas. Ordinariamente era alegre, expansivo y afectuoso. De carácter vehemente se inflamaba con facilidad pero le pasaba pronto. Se distinguía por la fidelidad con los amigos. Su honradez y buena fe le hicieron víctima de muchos bribones. Era de una actividad incansable en el trabajo, para él, el descanso no era sino cambio de ocupación, porque no podía permanecer sin hacer algo. Se distinguía por sus conocimientos en medicina, superiores al de muchos profesionales. Conocía por el pulso cada enfermedad y sus diagnósticos eran irrefutables. En Guachapala fue llamado a atender a una joven de lo granado del pueblo. Después de tomar el pulso y examinar los ojos le dijo al padre: Su hija sanará después de seis meses, lleva tres de embarazada. Al padre se le subió la sangre y le contestó: Es Ud. un calumniante, mi hija es una niña virgen, a la que no se le ha llegado un mosco. No la calumnio, se me ha llamado para que vea la enfermedad que tiene y por eso se lo he dicho. Precisamente porque le he llamado no le saco de aquí a palos. Meses más tarde el padre fue a darle satisfacciones llevando un obsequio pues había comprobado el aserto médico. Poco tiempo antes de morir el Dr. Julio Matovelle, pariente de mi madre por Orellana a quien visitaba cuando yo era niño, una vez que nos encontramos en la bajada del puente del Centenario, yo yendo a mi casa de la Avda. Solano y él bajando a hacer ejercicio, me dijo: Ud. no ha de recordar mucho de Antuquita. Linda Antuquita. I yo le aseguro a Ud. que en toda mi vida no he encontrado mujer de más talento y mejor juicio”.

“Mi primer vagido se mezcló al rumor de las campanas de la Catedral que anunciaban la elevación en la Misa mayor. En lenguaje pintoresco del pueblo, nací cuando alzaban el Santísimo. Entonces, como todo el mundo era creyente, no había hombre ni mujer que no se descubra y se arrodille donde le cogía la voz. Me recibieron, pues, los de esta tierra mía, con el sombrero en la mano y la rodilla en el polvo”.

“Fuimos nueve hermanos, yo el cuarto, pero solo quedamos seis pues Manuel había muerto antes que yo naciera y Francisco y Alberto murieron cuando yo tenía unos siete años, en un mismo día. Alberto a las once de la mañana y Francisco a las tres de la tarde. I fueron enterrados en un solo ataúd porque la pobreza de mi madre era entonces extrema. Mi padre se encontraba ausente”.

Fue el engreído de su madre, que lo idolatraba y sacaba de la casa siempre consigo. Ella era muy hermosa, “hija del Dr. Mariano Vintimilla, Arcediano de la Catedral de Cuenca, distinguido orador sagrado y émulo del padre Solano, y de Josefa Andrade, mujer de gran belleza y de un talento y gracia excepcionales. Por su devoción a San Antonio de Padua, le pusieron a mi madre el nombre de Antonia. Ella llevó en su partida matrimonial con mi padre el apellido materno, lo que me hace entender que no tomó el de Vintimilla sino después de la muerte de su padre. Su hermano de padre y madre fue el distinguido abogado Dr. Modesto Vintimilla Andrade. Mi abuela era hija legítima de Sebastián Andrade y Florencia Orellana. El era dueño del llano llamado de Taita Chamaco a orilla del río Tomebamba en la Avda. Tres de Noviembre, llano que conservó mi abuela hasta su muerte. Después de su unión con el Canónigo Vintimilla, casó con José Félix Valencia que fue mi abuelo político, comerciante prestigioso   y   muy    considerado en Cuenca y tuvo un solo hijo el sacerdote Roberto Maria Valencia”. Véanse su biografía en este diccionario.

“Estaba yo de siete años cuando mi padre me llevó a pasar vacaciones a la hacienda Sacre, parroquia Guachapala, propiedad de mi referido abuelo político. Era la primera vez que abandonaba el hogar y el viaje tuvo para mi la dolorosa intensidad de un arrancamiento”.

Cursó la primaria en una escuela privada. Huérfano de madre, la vida se le volvió triste, estudió la secundaria en el Colegio Seminario, donde también aprobó un año de teología. En 1895 publicó sus primeros versos recopilados en “Poemas del Alma”, cantos a la virgen en el mes de mayo.

Prosiguió estudios de Jurisprudencia, ocupó la secretaría de una simple Comisaría y siendo todavía estudiante fue designado Inspector del “Benigno Malo” y profesor de Filosofía en el sexto curso. En 1904 obtuvo su grado de abogado. Era de estatura mediana, rostro pálido y ojos soñadores, grandes y negros, aunque miopes. Un fino bigote, que el tiempo redondeó e hizo grande, daba al conjunto la seriedad necesaria y el marco adecuado para emprender importantes trabajos y sobre todas las cosas, amaba a su pueblo campesino y rural, eglógico y sencillo, al que siempre trató de salvar.

De 1903 data su iniciación como relatista en la revista “Cuencana” con varios cuentos con material autóctono que luego recogió en “Prosas de Arte”, “Jubiloso en las cosas de la morlarquía, cosas nuestras y reales, modelaba sus cuentos y leyendas sin reparar en extranjeros criterios, deseaba una literatura azuaya bien definida y por eso veían en su labor, entonces rara y desconcertante, la faena del cerdo que osa el albañal”, nadie comprendía su sensibilidad hacia el pueblo y la importancia del tratamiento de sus problemas íntimos.

En 1905 sacó “Notas y Colores” en 60 págs. poemario que ha conocido dos ediciones y que lo ubicó tardíamente en la generación de poetas anterior a la suya, figurando al lado de Quintiliano Sánchez, Roberto Espinosa Albán, Alfredo Baquerizo Moreno, Carlos Carbo Viteri, Leonidas Pallares Arteta, Vicente Pallares Peñafiel, Juan Abel Echeverría Munive, Antonio Toledo y los hermanos Emilio, Joaquín y Enrique Gallegos del Campo. Generación que nació del romanticismo y sirvió de puente al parnasianismo, que adoraba las “lids” de Heinrich Heine y las “rimas” de su discípulo Gustavo Adolfo Bécquer. Entonces Iñiguez declaró: “Soy Joven, pero no hay, ni en mucho, proporción entre lo que llevo de vivir y lo sufrido. Egoísta para el placer y el dolor, mis goces y mis padeceres han sido sólo míos” y con Adolfo Benjamín Serrano compartió en Cuenca un lirismo nostálgico muy singular, que tenía los sentimientos esenciales al poeta: libertad y belleza, poseía el alma de un sensualismo descubierto y la realidad de lo trágico y cotidiano de los humildes, pobres y enfermos y “su interés por su realidad y democratismo heiniano terminaron por conducirlo al campo profesional y sobresalió como el primer criminalista del Azuay, al lado de los oprimidos y los débiles, que cumplen por los caminos, condenas dictadas por el sino ineluctable o por la miseria espiritual de los hombres”.

En 1907 aparecieron varios de sus cuentos en la revista “Lapislázuli”, entre 1910 y el 16 colaboró en “La Unión Literaria”, el 15 en “Hacia el Ideal”.

En 1911 había formado parte de la Sección Preparatoria de la Academia Azuaya, centro auspiciado bajo el vuelo acogedor del manteo sacerdotal de Nicanor Aguilar, para despertar vocaciones literarias y avivar la llama del entendimiento.

El 23 de mayo de 1913 estrenó el drama “Primero el Honor” con motivo de una sesión del “Ateneo Solano” que había fundado en 1909 en el Colegio “Benigno Malo”. Su obra fue calificada de “drama hábilmente escrito y diestramente puesto en escena”, ya era considerado fecundo autor de dramas y poesías líricas. En 1.916 contrajo matrimonio con su prima Rosa Elena Arteaga y Crespo, tuvieron once hijos y un matrimonio feliz.

En 1920 publicó su poema “Gloria Suprema” en 37 págs. En 1926 editó “Prosas de Arte” con cuentos vernáculos. En 1932 se anotaban como suyos los dramas “Su Majestad la calumnia”, “Clemencia”, “Primero el Honor, “La Prueba de la Ocasión”, “Al borde del abismo” y “El 3 de noviembre de 1820” y la comedia “A ras de Tierra”. En 1929 dio a la luz pública sus “Primaverales” en 336 págs. con poemas, notas y colores.

En 1935 quiso tentar una autobiografía pero no lo logró pues solo alcanzó a escribir doce páginas. Lástima grande porque hubiera sido un documento humano de gran valor.

En 1938 vieron la luz sus “Discursos forenses en 155 págs., que escribiera dos años antes con 9 oraciones o alegatos más literarios que jurídicos, de poderoso contenido lírico y humano. Libro inimitable y extraño, apasionada defensa del cholo y el indio frente al abuso de los blancos.

En 1942 apareció su novela “Viento y Granizo” en 328 págs. donde el personaje principal es un arriero llamado Mariano Padilla, dentro del contexto del realismo social, tratado con morosa unción en paisaje andino de la comarca austral; y ya no produjo más. “Viento y Granizo” ha sido calificada de historia auténtica porque con su sencillez y candorosidad borra temores de inverosimilitud y lógicos cuidados para situarnos en punto que nos cubra de la censura. El narrador toma la defensa profesional de su personaje, empujado a la cárcel por su mala estrella, quien tuvo una valerosa actitud en la defensa de Cuenca cuando fue sitiada en 1896 por las tropas liberales del General Eloy Alfaro.

Envejecía en Cuenca reverdecido en sus laureles de fino poeta y literato cuando en 1949, a escasos siete meses de su muerte y ya atormentado por cruel dolencia, escribió su artículo “Cómo entiendo el criollismo en el arte”, donde con sonriente ironía, enseñando dijo: Hasta el año 1915 no había faltado en Cuenca quien cultive el cuento, flor de fantasía; pero ni el cuento criollo ni la leyenda popular, ni el cuento profesional, tuvieron otro devoto que el autor de estas líneas… y por ello fui acusado de criollista, como si eso fuera un demérito; y es que, a principios del presente siglo, se veía lo propio -autóctono o vernacular– desmerecido por una equívoca crítica que sólo miraba como bueno lo que nos llegaba tardíamente de fuera y por eso todavía se rimaba en coplas a lo Bécquer como se tentaba las nuevas formas parnasianas y modernistas, mientras el realismo social aún no se imponía, aunque – claro está – algunos autores como Roberto Andrade, nos habían dado novelas tan ecuatorianas y de tanto interés como “Pacho Villamar”.

Ese año “un destino injusto y cruel lo condenó a últimos días de inenarrable dolor y sufrimiento a causa de un cáncer lento, pero él se apagó el jueves 6 de Octubre de 1949 a las dos y cuarto de la tarde, de casi setenta y tres años de edad, cantando cosas infinitamente tristes, sí, pero, cantando, como el ave simbólica de las impolutas espumas; y cuando su voz calló para siempre y su alma partió a las regiones del silencio y el misterio, sucedió como en la Angélica de su maestro Heine; los violines también se callan, se callan también en la hora marchita y final de la melancolía.

Entonces José María Ortega dijo: “Detrás de él están mis huellas” y G. Humberto Mata agregó “Quien nos enseñó a mirar y enaltecer las cosas de la tierra fue Juan Iñiguez Vintimilla pese a la depresiva actitud con que miraban su faena los hombres ya entonces consagrados de la morlaquía” y por eso Alberto Andrade Arízaga expresó que “había experimentado la profunda eficacia de los laureles negativos”. Está sepultado bajo una placa de mármol blanco en la sección de Hombres Ilustres del Cementerio de Cuenca.

En 1958 apareció una selección de su poesía en 99 págs. realizada por sus hijos los Drs. Iñiguez Arteaga, con prólogo de Rigoberto Cordero y León, el 2007 sus “Leyendas Nacionales” en 130 pags pero aun quedan inéditas algunas de sus leyendas, su poema en 16 cantos “Gloria suprema” de ambiente regional y varios poemarios como “Para ti” y “Pequeños y grandes poemas” así como sus discursos y conferencias. Fue un criollista eglógico, no un realista social propiamente dicho y su mayor mérito es la creación de la literatura regional azuaya.

Sin fecha se editaron sus novelas regionales “Justicia” y “Ternura”, sus cuentos, artículos y leyendas “Prosas de Arte”, y aún permanece inédita una recopilación de sus “Leyendas indígenas”.

Al momento de su partida, Alfonso Andrade Chiriboga, su amigo desde la infancia, le invocó con los siguientes versos // Piadosa la muerte ha dado / término a tu padecer, / y de quemar y correr / tus lágrimas han dejado…

/ sobre tu huesa agobiado, / evoco tu nombre y lloro / contigo cesa el sonoro / raudal de la inspiración,

/ la canción, la alta canción / que arrancan los plectros de oro. // Tu como pocos, sentiste / de la inopia los rigores; tu infancia no tuvo flores / y tu juventud fue triste / hasta el día en que rendiste, / con las alas inflamadas / todas tus metas soñadas / y desde la cumbre adunca / Dijiste: el águila nunca, / al subir hace jornadas.

// Valiente y siempre sereno / te enfrentaste con la vida / y al recibir una herida, / sonriente, noble y bueno… / tuyo hiciste el mal ajeno, / sin alarde ni clamor / dando alivio a su dolor, / viste cumplido tu lema / que la piedad, ley suprema / fue en tu Código de amor. // Venga la quietud, la paz / a sosegar tu quebranto: / has llorado tanto, tanto / que sin lágrimas te vas / hoy, a la tierra le das / tu corazón sin mancilla, / tras la cual para otros brilla / una esperanza falaz…/ ya no te veré jamás / ni en esta, ni en la otra orilla. //